11 Septiembre 2002 Seguir en 
Hace un siglo, Tafí Viejo fue un remanso de fincas. La apertura de los talleres ferroviarios en 1912 la convirtió en un nervio importante de la producción. Pero la ciudad ganó fama por sus juegos poéticos y florales, por sus artistas y creadores, y por la hospitalidad de su gente. Hasta mediados de los 90, los viernes y sábados por la noche, las familias solían encontrar esparcimiento en la larga avenida Alem, en sus bares, heladerías o en el ex cine Metro. Desde hace algo más de un lustro la realidad cambió abruptamente. Como un reflejo del estado de descomposición social en el que ha caído nuestra sociedad, la violencia nocturna invadió los fines de semana a la vecina ciudad y sus protagonistas son los delincuentes, los jóvenes y el alcohol.
El problema se focaliza principalmente en dos discotecas y en una bailanta, ubicadas sobre la avenida Alem. A la salida de los boliches, en la madrugada del domingo, se producen enfrentamientos de patotas con palos y botellas, se apedrean las casas, se vomita y se orina en las veredas. Una buena parte de los jóvenes que asiste a las discotecas es de la capital. Los vecinos viven un tormento semanal y por temor a ser escupidas en la vía pública por los adolescentes alcoholizados, las familias optan por encerrarse en sus casas o por exilarse en Yerba Buena, donde encuentran, al parecer, un ambiente más amable.
Ante estos hechos que se renuevan cada siete días, muchos taficeños se sienten impotentes porque, pese a los reclamos, la intendencia hace la vista gorda a estos escándalos; y los organismos provinciales, responsables del control, como el Instituto de Prevención y Lucha contra el Alcoholismo (IPLA), hacen esporádicos operativos, en el mejor de los casos, o brillan por su ausencia. De ese modo, comercios que han sido clausurados por vender bebidas alcohólicas a los menores, reabren al día siguiente y continúan con el expendio prohibido por la ley. De manera que chicos de 15 años pueden comprar sin problemas vino, fernet o cerveza. La nocturnidad siempre arranca a partir de la 1.
Esta situación, que padecen varias ciudades de la provincia, incluida la capital, está mostrando el estado de incultura en el que vivimos, y la falta de controles, no sólo al nivel de la autoridad, sino también del hogar.
Nuestra comunidad se está volviendo cada vez más violenta como consecuencia del estado permanente de desgobierno y de la dramática crisis económica y social que azota la realidad cotidiana. Si bien el hambre, la desocupación, la corrupción generalizada, los privilegios que una clase dirigente defiende hasta la desvergüenza, la ausencia de horizontes generan a veces en los ciudadanos una especie de escapismo desesperado, lo grave es que nuestros adolescentes pueden caer sin atenuantes en la violencia, el alcohol y la droga, porque esta sociedad está mostrando una incapacidad para darles respuestas a sus angustias y miedos. Desde hace años el sistema educativo se viene cayendo a pedazos, y estas manifestaciones de violencia juvenil son un reflejo de ello, del diálogo de sordos entre los distintos sectores, de la ineficacia de las autoridades de turno, que no sólo no hacen cumplir la ley, sino que tampoco gobiernan. Pero también la responsabilidad es de los profesionales, de los intelectuales, de los científicos, de quienes han tenido la suerte de estudiar una carrera universitaria, que no se comprometen activamente con la educación y no se animan de una vez por todas a apuntalar la labor del maestro.
Estas expresiones de violencia, alimentadas por el alcohol, se las combate con el control, con la aplicación de la ley, pero sobre todo con educación, A mayor educación, menor violencia, corrupción, delincuencia. A mayor educación, mejores gobernantes, mejores docentes, niños y jóvenes más sanos, mayor esperanza de que el cambio es posible. No se puede aspirar a tener un país digno sin educación y sin cultura.
El problema se focaliza principalmente en dos discotecas y en una bailanta, ubicadas sobre la avenida Alem. A la salida de los boliches, en la madrugada del domingo, se producen enfrentamientos de patotas con palos y botellas, se apedrean las casas, se vomita y se orina en las veredas. Una buena parte de los jóvenes que asiste a las discotecas es de la capital. Los vecinos viven un tormento semanal y por temor a ser escupidas en la vía pública por los adolescentes alcoholizados, las familias optan por encerrarse en sus casas o por exilarse en Yerba Buena, donde encuentran, al parecer, un ambiente más amable.
Ante estos hechos que se renuevan cada siete días, muchos taficeños se sienten impotentes porque, pese a los reclamos, la intendencia hace la vista gorda a estos escándalos; y los organismos provinciales, responsables del control, como el Instituto de Prevención y Lucha contra el Alcoholismo (IPLA), hacen esporádicos operativos, en el mejor de los casos, o brillan por su ausencia. De ese modo, comercios que han sido clausurados por vender bebidas alcohólicas a los menores, reabren al día siguiente y continúan con el expendio prohibido por la ley. De manera que chicos de 15 años pueden comprar sin problemas vino, fernet o cerveza. La nocturnidad siempre arranca a partir de la 1.
Esta situación, que padecen varias ciudades de la provincia, incluida la capital, está mostrando el estado de incultura en el que vivimos, y la falta de controles, no sólo al nivel de la autoridad, sino también del hogar.
Nuestra comunidad se está volviendo cada vez más violenta como consecuencia del estado permanente de desgobierno y de la dramática crisis económica y social que azota la realidad cotidiana. Si bien el hambre, la desocupación, la corrupción generalizada, los privilegios que una clase dirigente defiende hasta la desvergüenza, la ausencia de horizontes generan a veces en los ciudadanos una especie de escapismo desesperado, lo grave es que nuestros adolescentes pueden caer sin atenuantes en la violencia, el alcohol y la droga, porque esta sociedad está mostrando una incapacidad para darles respuestas a sus angustias y miedos. Desde hace años el sistema educativo se viene cayendo a pedazos, y estas manifestaciones de violencia juvenil son un reflejo de ello, del diálogo de sordos entre los distintos sectores, de la ineficacia de las autoridades de turno, que no sólo no hacen cumplir la ley, sino que tampoco gobiernan. Pero también la responsabilidad es de los profesionales, de los intelectuales, de los científicos, de quienes han tenido la suerte de estudiar una carrera universitaria, que no se comprometen activamente con la educación y no se animan de una vez por todas a apuntalar la labor del maestro.
Estas expresiones de violencia, alimentadas por el alcohol, se las combate con el control, con la aplicación de la ley, pero sobre todo con educación, A mayor educación, menor violencia, corrupción, delincuencia. A mayor educación, mejores gobernantes, mejores docentes, niños y jóvenes más sanos, mayor esperanza de que el cambio es posible. No se puede aspirar a tener un país digno sin educación y sin cultura.
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