10 Septiembre 2002 Seguir en 
"No está en las bibliotecas de los amigos. Se lo da por sentado, por sobreentendido. Nadie se bate con él en ninguno de esos supremos actos de lectura y reescritura que constituyen la vida de la tradición poética. Leopoldo Lugones está muerto. Ha corrido una suerte parecida a la que le seguramente le espera, en un futuro no muy lejano, a su unigénito parricida literario, Borges, quien también llegó a ser considerado alguna vez como nuestro único escritor.
Autor del Centenario, Lugones fue por cuatro décadas el escritor nacional argentino. Un joven ambicioso codiciaba esa gloria. El joven emprendió contra él una drástica operación literaria, rayana en el magnicidio seguido de usurpación: primero lo satirizó (Roman-cero) y parodió, transformando en injuria, su Nocturno; luego lo asimiló, apropiándose de sus palabras recurrentes, de sus metales preciosos favoritos (significativamente, el oro) y al fin lo reivindicó póstumamente: maestro, lo llama en el prólogo de su libro de 1961 El Hacedor. pero nada de esto hizo mella en Lugones, que se cavó su propia fosa al instigar el derrocamiento de Yrigoyen. Aunque la conjura ganó, su vida terminó con una ingesta de veneno para ratas el 18 de febrero de 1938 en el hotel El Tropezón, en la isla de El Tigre.
Leopoldo Lugones nació el 13 de junio de 1874, ?en la villa de María del Río Seco, al pie del cerro del Romero? en una familia cordobesa descendiente de aquellos conquistadores españoles que habían entrado a Tucumán desde el Perú (como Bartolomé Sandoval, y otros a los que cantará en su Oda a los antepasados). Su madre devota y patricia, Custodia Argentina, no debe haber mirado con alegría la rebeldía juvenil con que el hijo desertó del catolicismo y de la escuela secundaria, haciéndose anticlerical, libre pensador, periodista y liberal rojo. A los 22 años, Lugones migró a Buenos Aires. Fue redactor de La Tribuna y de El País, y subdirector de El Diario del senador Láinez, cultivando un género que entonces se llamaba ?periodismo de combate?, al servicio de la oposición política contra Figueroa Alcorta. Su primer libro de poemas. Las montañas del oro, cuya publicación en 1897 coincidió con el nacimiento de su único hijo, le valió los más altisonantes elogios y el espaldarazo de su amigo Rubén Darío, por entonces el pope de la poesía hispanoamericana. Fue inspector de enseñanza media y renunció, luego de lo cual publicó su primer libro en prosa, La reforma educacional (1903). El socialismo lo expulsó ese mismo año, cuando apoyó la candidatura presidencial de Manuel Quintana y expresó su simpatía por el general Roca. Cuenta Carlos Obligado: ?alrededor de él todo olía a pólvora?.
Contra lo que sostienen las versiones más divulgadas de su biografía, no fue desde un ateísmo liberal que Lugones se opuso a la Iglesia Católica, sino desde un paganismo esotérico a la usanza antigua, del cual tanto el culto a Dionisio como la religión cristiana serían variantes degradadas. En similares razones se funda su desprecio a la magia. Es que en la Argentina profunda, en su vertiente señorial (el otro polo de un mismo mundo cultural con la otra, la de los campesinos) es donde Lugones estaba instalado y vivía, en conflicto con el medio intelectual urbano y en perfecta armonía consigo mismo, con su terruño y con su clase".
Autor del Centenario, Lugones fue por cuatro décadas el escritor nacional argentino. Un joven ambicioso codiciaba esa gloria. El joven emprendió contra él una drástica operación literaria, rayana en el magnicidio seguido de usurpación: primero lo satirizó (Roman-cero) y parodió, transformando en injuria, su Nocturno; luego lo asimiló, apropiándose de sus palabras recurrentes, de sus metales preciosos favoritos (significativamente, el oro) y al fin lo reivindicó póstumamente: maestro, lo llama en el prólogo de su libro de 1961 El Hacedor. pero nada de esto hizo mella en Lugones, que se cavó su propia fosa al instigar el derrocamiento de Yrigoyen. Aunque la conjura ganó, su vida terminó con una ingesta de veneno para ratas el 18 de febrero de 1938 en el hotel El Tropezón, en la isla de El Tigre.
Leopoldo Lugones nació el 13 de junio de 1874, ?en la villa de María del Río Seco, al pie del cerro del Romero? en una familia cordobesa descendiente de aquellos conquistadores españoles que habían entrado a Tucumán desde el Perú (como Bartolomé Sandoval, y otros a los que cantará en su Oda a los antepasados). Su madre devota y patricia, Custodia Argentina, no debe haber mirado con alegría la rebeldía juvenil con que el hijo desertó del catolicismo y de la escuela secundaria, haciéndose anticlerical, libre pensador, periodista y liberal rojo. A los 22 años, Lugones migró a Buenos Aires. Fue redactor de La Tribuna y de El País, y subdirector de El Diario del senador Láinez, cultivando un género que entonces se llamaba ?periodismo de combate?, al servicio de la oposición política contra Figueroa Alcorta. Su primer libro de poemas. Las montañas del oro, cuya publicación en 1897 coincidió con el nacimiento de su único hijo, le valió los más altisonantes elogios y el espaldarazo de su amigo Rubén Darío, por entonces el pope de la poesía hispanoamericana. Fue inspector de enseñanza media y renunció, luego de lo cual publicó su primer libro en prosa, La reforma educacional (1903). El socialismo lo expulsó ese mismo año, cuando apoyó la candidatura presidencial de Manuel Quintana y expresó su simpatía por el general Roca. Cuenta Carlos Obligado: ?alrededor de él todo olía a pólvora?.
Contra lo que sostienen las versiones más divulgadas de su biografía, no fue desde un ateísmo liberal que Lugones se opuso a la Iglesia Católica, sino desde un paganismo esotérico a la usanza antigua, del cual tanto el culto a Dionisio como la religión cristiana serían variantes degradadas. En similares razones se funda su desprecio a la magia. Es que en la Argentina profunda, en su vertiente señorial (el otro polo de un mismo mundo cultural con la otra, la de los campesinos) es donde Lugones estaba instalado y vivía, en conflicto con el medio intelectual urbano y en perfecta armonía consigo mismo, con su terruño y con su clase".
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