BUENOS AIRES.- Las cuentas están muy claras: entre el 40 y el 265% hay demasiada distancia. Cuarenta por ciento es, en cifras redondas, el aumento del costo de vida a nivel de precios al consumidor, no de precios mayoristas, que fue mucho más, cerca del 100%. Pero lo que interesa para medir la inflación son los precios al consumidor, y 265% es el aumento del dólar en términos de pesos, desde 1 a 3,65, mientras que su contrapartida es la caída en un 73% del valor del peso, es decir antes con un peso compraba un dólar y ahora compro 27 centavos de dólar.
Todo esto sucedió desde que se "destapó la olla" en enero de este año y comenzó el sinceramiento de variables que estuvieron aplastadas demasiado tiempo, once años con un pie encima, como el valor dólar o los precios de los productos y servicios.
Y fue lo principal que sucedió en la economía y en el país desde enero hasta agosto de 2002, dado que lo demás: lo que produjo el actual Gobierno, el lanzamiento de una campaña electoral confusa y los inacabables intentos para acodar con el FMI, más esquivo que agarrar un jabón de glicerina, todo es pura anécdota.
En base a esa excesiva distancia entre 40 y 265%, se puede dar una de tres cosas: 1) un estallido hiperinflacionario que hasta ahora no hemos tenido, ya que lo que hubo es una vuelta a una inflación digamos suave, a pesar de que golpea duramente, en especial en los bolsillos de los que menos tienen; 2) una nueva escalada del dólar porque quienes invirtieron en la divisa desde hace tres meses no están obteniendo rendimientos, dado que el dólar se planchó y, por lo tanto, están en condiciones de generar nerviosismo y rumores de inestabilidad que muchas veces se convierten en realidad; 3) si el Gobierno consigue mantener el precario equilibrio entre fuerzas opuestas, pero que ninguna de las cuales consigue dominar, se mantendría el actual amesetamiento, o sea, tranquilidad de variables, y proseguiría el relativo "veranito" que permite revivir algunas industrias, en especial de exportación, dando oxígeno o más tiempo para ver si el FMI se decide a firmar o quiere definitivamente hacer puré a la Argentina.
El escenario
Este último escenario, por supuesto, es el que más conviene para una salida menos traumática de la crisis, pero al mismo tiempo es el menos probable dada la exacerbación de tensiones políticas, económicas y sociales. Es una cuestión de poderes, o ver quién puede más. El freno a los precios se sustenta en el gran poder de la recesión, que sigue y que amenaza con dejar afuera del mercado a cualquiera que se autodesborde con sus precios.
La amenaza de escalada de precios se sustenta en el poder oligopólico de los formadores de precios, que están insatisfechos y antagonizados, especialmente los elaboradores y comercializadores de combustible, como también los prestadores de servicios públicos esenciales como el transporte público, la electricidad, el gas, el agua o el teléfono.
También, la bronca de los trabajadores porque no les corrigen el salario, dejando de lado pequeños retoques como la acordada de la Corte que restituyó el 13% a los estatales y jubilados, o el aumento de $100 para los privados hasta fin de año, que en muchos sectores no se pagó.
Los trabajadores en sí mismos no tienen poder, pero sí lo tiene la conjunción con la bronca de los desocupados y la amenaza de un nuevo estallido social a medida que se acerque el verano.
O la ira de los ahorristas por haberse dejado atrapar en el corralito y en el "corralón" bancarios, y cualquier solución que no sea dolarización total de sus devoluciones, la consideran estafa. (DyN)





