08 Septiembre 2002 Seguir en 
"Entre 1972 y 1992, en el ámbito de la Organización de las Naciones Unidas, se celebraron las dos mayores cumbres ambientales del siglo XX. Dentro de la maraña de siglas que predomina en el seno de la burocratizada entidad internacional, la primera se recuerda como la CNUAH de Estocolmo (Conferencia de Naciones Unidas sobre Ambiente Humano) y la segunda como CNUMAD de Río de Janeiro (Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo). Esta última se hizo famosa como la ECO-92 (o RIO-92, según los brasileños).
Pese a la aparente aceptación internacional del tema ecológico como prioritario, la crítica situación ambiental de nuestro planeta -obra inequívoca de nuestra especie- a lo largo del último medio siglo fue paulatinamente vaciada de contenidos sociales y humanos, y fue saturada con metafóricas extrapolaciones. El énfasis pasó a ser puesto en el análisis y la manipulación de los efectos descritos por la comunidad científica, con creciente omisión de las causas de tanta anomalía global.
Paulatinamente, el foco de las negociaciones políticas al respecto tomó un tono descontextualizado, proyectándose hacia órbitas en cierto modo reales, pero en última instancia confusas para el ciudadano actual: los cambios climáticos y la diversidad biológica. Asuntos serios y contables, sin duda, pero cuya complejidad no cabe en los tiempos y las dificultades de las personas comunes prisioneras de problemas de coyuntura (la simple sobrevivencia cotidiana) y sin vocación de analizar asuntos de estructura (los poderes que digitan el Orden Establecido).
Este libro procura poner en evidencia una secuencia de falacias políticas y económicas que por un lado diluyeron el ímpetu que condujo a tales cumbres, y por otro deformaron el fondo del problema máximo que hipotéticamente se enfrentaba: la inviabilidad del Homo Tecnocraticus en el Planeta Tierra. Porque en una sociedad manipulada por tecnócratas, el hombre masificado interesa apenas como consumidor y como contribuyente mecánico, no como ser evolutivo. La propia naturaleza humana traba ese proyecto: de ahí las tragedias sociales del siglo actual.
En castellano, falacia implica engaño, mentira con que se intenta dañar a otro, hábito de emplear falsedades en perjuicio ajeno, argumentación viciosa, carácter de falaz o engañoso, fraudulento, quimérico, ilusorio, lleno de ardides. En inglés, fallacy indica toda idea u opinión basada en una lógica o percepción errónea, noción falsa, razonamiento o credo incorrecto, algo apuntado a embaucar. Sutilmente, durante los 25 años, el discurso ecológico de los gobernantes -cada vez más prisioneros de los intereses corporativos- manipuló reivindicaciones justas para mantener estructuras injustas.Los dos cónclaves mundiales de jefes de Estados en la CNUAH y la CNUMAD fueron precedidos por variados estudios encomendados a especialistas de primera línea: en su momento se publicaron, luego jamás se volvió a ellos, y en la actualidad son inencontrables pues no forman parte de catálogo editorial alguno. A saber: Una sola tierra, de Barbara Ward y René Dubos, y Nuestro futuro común, de la Comisión Brundtland".
Pese a la aparente aceptación internacional del tema ecológico como prioritario, la crítica situación ambiental de nuestro planeta -obra inequívoca de nuestra especie- a lo largo del último medio siglo fue paulatinamente vaciada de contenidos sociales y humanos, y fue saturada con metafóricas extrapolaciones. El énfasis pasó a ser puesto en el análisis y la manipulación de los efectos descritos por la comunidad científica, con creciente omisión de las causas de tanta anomalía global.
Paulatinamente, el foco de las negociaciones políticas al respecto tomó un tono descontextualizado, proyectándose hacia órbitas en cierto modo reales, pero en última instancia confusas para el ciudadano actual: los cambios climáticos y la diversidad biológica. Asuntos serios y contables, sin duda, pero cuya complejidad no cabe en los tiempos y las dificultades de las personas comunes prisioneras de problemas de coyuntura (la simple sobrevivencia cotidiana) y sin vocación de analizar asuntos de estructura (los poderes que digitan el Orden Establecido).
Este libro procura poner en evidencia una secuencia de falacias políticas y económicas que por un lado diluyeron el ímpetu que condujo a tales cumbres, y por otro deformaron el fondo del problema máximo que hipotéticamente se enfrentaba: la inviabilidad del Homo Tecnocraticus en el Planeta Tierra. Porque en una sociedad manipulada por tecnócratas, el hombre masificado interesa apenas como consumidor y como contribuyente mecánico, no como ser evolutivo. La propia naturaleza humana traba ese proyecto: de ahí las tragedias sociales del siglo actual.
En castellano, falacia implica engaño, mentira con que se intenta dañar a otro, hábito de emplear falsedades en perjuicio ajeno, argumentación viciosa, carácter de falaz o engañoso, fraudulento, quimérico, ilusorio, lleno de ardides. En inglés, fallacy indica toda idea u opinión basada en una lógica o percepción errónea, noción falsa, razonamiento o credo incorrecto, algo apuntado a embaucar. Sutilmente, durante los 25 años, el discurso ecológico de los gobernantes -cada vez más prisioneros de los intereses corporativos- manipuló reivindicaciones justas para mantener estructuras injustas.Los dos cónclaves mundiales de jefes de Estados en la CNUAH y la CNUMAD fueron precedidos por variados estudios encomendados a especialistas de primera línea: en su momento se publicaron, luego jamás se volvió a ellos, y en la actualidad son inencontrables pues no forman parte de catálogo editorial alguno. A saber: Una sola tierra, de Barbara Ward y René Dubos, y Nuestro futuro común, de la Comisión Brundtland".





