Del comer en exceso

(De "El lunes empiezo. Cuándo, cómo y dónde encarar el sobrepeso y la obesidad", por Rosita Varín, Centro Editor Latinoamericano, Buenos Aires).

07 Septiembre 2002
"Cuando una recién casada comenzaba, con el correr del tiempo, a engordar, la familia y los amigos cuchicheaban acerca de lo bien que le tenía el marido y la buena vida que este le daba. Ser gordo era el sinónimo de una buena y próspera vida.
Las madres, que desde siempre han deseado lo mejor para sus hijos, soñaban con tener hijas con mofletes gorditos y rulos en el pelo. La maravilla del cine había comenzado a cambiar los paradigmas de la imagen, y las nenas debían ser parecidas a Shirley Temple. ¡Se imaginan a mi pobre mamá, la frustración que habrá sentido con una nena flaca y de pelo lacio! Pero un gran invento surgió cuando yo tenía alrededor de un año y medio: la máquina eléctrica para hacer permanentes. Mi mamá me llevaba a la peluquería y me aplicaban unas pinzas calientes de hierro, que sacaban de un horno eléctrico. Como pesaban mucho tenían que sostener mi pequeña cabecita. Era realmente una tortura. Menos mal que los rulos duraban unos cuantos meses. Mi mamá salía orgullosa de la peluquería: tenía una hija digna del séptimo arte. Por suerte para ella después, con el tiempo, pude engordar, pero ya todo había empezado a cambiar y ni ella ni yo estábamos contentas. La vida tiene esas cosas.
Cuando me recibí de Psicóloga Social, yo sabía que quería dedicarme a ayudar a las personas que tenían problemas de conducta frente a la ingesta. En el último año de la carrera uno va tomando decisiones con respecto al área en la cual quiere trabajar. Educación y concientización de la salud eran mi fuerte; hasta ese entonces, yo había tenido una escuela de música donde enseñaba iniciación musical a chicos; luego trabajé en una fundación, y estuve muy cerca de los problemas comunitarios. Tratar con personas en riesgo social, en cuanto a la salud, me ayudó a abrir mi cabeza. Mi propia experiencia, como persona con kilos de más, me facilitó este camino. Investigué durante mucho tiempo y estudié técnicas de superación a través de Programación Neurolingüística (PNL). Todo lo que estudiaba lo relacionaba con una posible solución dentro del campo de la obesidad. Tuve grupos de contención de obesidad y decidí dar un testimonio escrito de lo que, al pasar los años, pude ver. Comencé a mirarme para adentro, a subirme al balcón de mi vida, a ver qué pasaba conmigo y a darme cuenta, por ejemplo, de que no me divertían las fiestas en mi casa. La inseguridad que me daba tratar de que todo salga perfecto me traía una profunda desazón. Cuando la gente se retiraba, después de que todo había salido muy bien, yo me quedaba sola conmigo y no me gustaba lo que sentía. Yo atendía las fiestas, pero no participaba de ellas. A pesar de que no me faltaba dinero, no ponía personal para servir la cena. No se me ocurría que podía hacerlo. En definitiva, yo creía que eso era lo que me correspondía hacer a mí. Era buena anfitriona, pero en ese momento me sentía humillada.
Entonces se producía ese agujero difícil de llenar: me comía todo lo quedaba en las fuentes y así me convertí en una bulímica con todos los síntomas. Cuando alguien, muy allegado a mí, escuchó que yo comentaba mi enfermedad con otros, llegó a decirme que eso era una vergüenza.
Entonces no se lo dije a nadie más. Todo esto sucedió hasta que cumplí 50 años. Pasé por una terrible depresión y dormí durante ocho meses. Cuando desperté, yo era distinta".

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