La patria ignorada y la traición moderna

Los "soldados" del alperovichismo, tras consagrar una Carta Magna a la medida de su señor (gobernador), ahora van por el Colegio de Abogados. Y contra todo opositor. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.

13 Julio 2006
“La Patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo.
Nadie es la Patria,
pero todos la somos”.
Jorge Luis Borges


La noción de patria no conoce la modernidad. Al menos, no en el subtrópico. Esta particularidad es denunciada por la propia crónica histórica. Por ejemplo, cuando refiere una anécdota inquietante, ocurrida durante las guerras napoleónicas. Un archiduque y general austríaco, por medio de una proclama, convocó a sus soldados a pelear por la patria. La corte imperial no demoró en censurarlo: la patria, adujeron, era un peligroso concepto revolucionario francés (por ejemplo, supone hombres libres en lugar de súbditos). Así que al militar y noble arengador le explicaron que los soldados austríacos tenían que ser llamados a luchar por la casa de Habsburgo. Para más detalles, por su señor.
Los actos del domingo demostraron cuán equiparable es la política, hoy, aquí, con aquel pasado. En su mayoría, los tucumanos que estuvieron en la plaza Independencia arriados por el aparato estatal no fueron exhortados a celebrar otro aniversario de la Declaración de la Independencia. Por el contrario, fueron -en muchos casos- conminados a asistir al acto que el gobernador organizó para el Presidente. No tenían que ir porque era el Día de la Patria sino porque así lo demandaba la Casa de Gobierno. La casa de Alperovich. El señor gobernador. Fue una pena que no hayan avisado que estaba planeado ignorar y anular al vicegobernador, Fernando Juri, para que no se incurriera en la irreverencia de aplaudirlo más que al anfitrión.
Luego, que el paso de los funcionarios por la Casa Histórica durara apenas ocho minutos, apenas para cantar el Himno Nacional y firmar un libro de visitas a modo de formalismo vacío, es infelizmente coherente: no hay que perder el tiempo con la patria, si a unos pocos metros hay un acto político que atender.

La Justicia, al paredón
El mandatario, complementariamente, tiene otros soldados, como a él mismo le gusta llamar, en privado, a muchos representantes populares. Y ellos también conocen que no se pelea por la provincia, por la “patria chica”, sino por el imperio. La muestra más cabal fue dada por el “batallón” de convencionales constituyentes del oficialismo, que cambió la Carta Magna de Antonio Bussi por la Carta Magna de Alperovich. El resultado fue otra anticonstitución provincial.
Las consecuencias del nuevo digesto son otro síntoma de que a la patria, como universo de sentido, nunca le llegó la modernidad. Porque -para decirlo en los términos del democristiano José Páez-, estamos igual que en 1816: hay certeza de que se quiere la independencia, pero hay dudas respecto del sistema de gobierno. Justamente, la Ley de Leyes local alumbró una república desequilibrada. Una en la que se plasmó que el gobernador, el señor, es más importante que un miembro de la Corte Suprema de Justicia, porque para deponerlo se necesitan más votos condenatorios del Tribunal legislativo que los requeridos para destituir a un juez.
Las repercusiones de la legalización de esta inequidad ya son operativas. Los políticos se rasgan los vestiduras exigiendo a los jueces que sólo hablen por sus sentencias. Pero no respetan la contraprestación: ellos, a cambio de su demanda, deberían abstenerse de hablar sobre los jueces. Sin embargo, hablan. Y dicen barbaridades de la Justicia, ya sea verbalmente (para decir lo que Alperovich quiere decir, pero no puede), o mediante sus actos; por ejemplo, el atropello de derogar trágicamente el CAM y luego resucitarlo como una farsa. O mediante la creación del jurado de enjuiciamiento, de mayoría política y dudosa constitucionalidad.

Guardias, a él
¿Por qué parece tan sencillo ignorar la patria y pelear por el señor? Porque la noción de traición sí se modernizó. Durante toda la segunda mitad del Siglo XX, es decir, tras la II Guerra Mundial, en EE.UU. no hubo un solo juicio por traición a la patria. En la otra vereda, Alemania abolió el crimen de traición en su sentido tradicional y consagró el que la resignifica como delito de sedición. Nada menos. Nada más. La Argentina siguió una senda similar. Por ello, a nadie le preocupa que el artículo 29 de la Constitución nacional diga que el Congreso no puede conceder al Ejecutivo nacional -ni las legislaturas a los gobernadores- facultades extraordinarias, ni la suma del poder público; ni otorgarles sumisiones o supremacías. Total, violar esta directriz hace que los responsables sean pasibles de las penas correspondientes a los infames traidores a la patria. Y esa patria, parece ser, es historia.
Eso sí, nada de enfrentar al señor. Para quien lo haga, todo el rigor de la ley. Lo sabe, otra vez, el Colegio de Abogados. En 1990, quisieron herirlo de muerte derogando la colegiación obligatoria. En la siguiente reforma constitucional, la consumada el día 6, del mes 6, del año 6, viendo que el veneno no había surtido efecto, repusieron esa condición. La estocada llega ahora de la mando del bloque del PJ, que quiere quitarle a la institución el manejo de la matrícula profesional, con fuerza de ley. Es decir, vaciarla y ahogarla.
La bancada oficial demuestra así, con espíritu de soldadesca, que no importan las instituciones, sino la casa de Alperovich. Y por ello enarbolan como estandarte de guerra una Carta Magna atravesada por vicios y nulidades.
“El Estado soy yo”, proclamó Luis XIV, rey de Francia. Coherentemente, para buena parte de los parlamentarios peronistas (muchos de los cuales no iban a firmar el proyecto anti-abogados hasta la noche del martes), la patria es el gobernador.
Borges, entonces, debe haber avizorado un futuro muy lejano cuando dijo que la patria somos todos porque, justamente, nadie es la patria. Maldita modernidad, que nunca llegas.