Las respuestas de la ciencia

Análisis. Por Juan Manuel Montero - Redacción de LA GACETA

04 Julio 2006
In dubio pro reo”. La definición jurídica del latín determina que, ante la duda de los jueces, el beneficiado debe ser el acusado, que será absuelto. Desde el primer momento, los defensores de Carlos Conti sostienen que, si ellos no consiguen probar que él no fue, por lo menos habrán sembrado una duda razonable en los jueces para que Conti quede libre. Los jueces  aún no están seguros. No de que Conti sea culpable o inocente, ya que aún no evaluaron esto, sino de las pruebas que llevaron a la fiscal de Instrucción Adriana Reinoso Cuello a acusarlo por ambos crímenes. La investigación fue duramente cuestionada por los defensores, quienes lograron que no haya certezas sobre un punto crucial: la identidad de los cadáveres. ¿Qué pasaría si se comprobara que los cuerpos encontrados en Lules y en La Ciénaga no son los de Pereyra y Salazar? Habría dos cuerpos sin identificar, y no se sabría qué pasó con los remiseros. Sería desastroso en todo sentido. Habría que comenzar todo de nuevo y la Policía y la Justicia y sus sistemas investigativos quedarían otra vez en el ojo de la tormenta, cuando ya están bastante vapuleados por casos como el de Paulina Lebbos o el de María Fernanda Chaila, los dos todavía sin resolución. La duda, en este caso, no es compartida por la fiscal de Cámara, Marta Jerez de Rivadeneira, quien pidió el máximo de la pena para Conti ya que está segura de que él fue el homicida. A ella no le hicieron falta los exámenes de ADN. Cualquiera que fuese el resultado del juicio, habrá polémica. ¿Es Conti un impiadoso asesino que lo único que quería era dinero para comprar droga o es un chivo expiatorio? Ahora la ciencia debe resolver el dilema.