La Cumbre de la Tierra

Cuidar los recursos naturales es una empresa difícil, pero no imposible.

02 Septiembre 2002
Está deliberando en Johannesburgo la denominada "Cumbre de la Tierra". Como es sabido, se trata de una reunión de vasta significación, a la que asisten 10.000 delegados -entre ellos varios jefes de Estado- como representantes de dos centenares de países del planeta.
El propósito de la Cumbre, en líneas generales, es ver la manera de que el mundo pueda desarrollarse económicamente sin que ello signifique el empobrecimiento y la postración de comunidades, ni la destrucción de sus recursos naturales y su medio ambiente.
Basta enunciar estos objetivos para advertir el tipo de desafío planteado; y también para reconocer que, a pesar de esa circunstancia, no hay más remedio que acometerlo.
Como lo hemos informado, en vísperas de la reunión se han llevado a cabo masivas protestas de organizaciones que nuclean a comunidades afectadas por la pobreza, las enfermedades y la carencia de servicios elementales. Ellas sostienen que su problemática debe reflejarse positivamente en las deliberaciones y en los documentos que finalmente se suscriban.
De más está decir que estas manifestaciones han servido para subrayar, por si hiciera falta, la urgencia que tiene encontrar un camino para dilemas que cada vez afectan a una mayor cantidad de pobladores del planeta.
A partir de la Cumbre de Río de Janeiro, efectuada en 1992, se produjo durante el resto de esa década una serie de conferencias, todas auspiciadas por las Naciones Unidas, buscando otorgar a las políticas de desarrollo un marco que las haga realmente "sustentables". Todo eso es lo que debe ponerse sobre el tapete, ahora, en la Cumbre de Johannesburgo, para tomar decisiones.
Se trata, como se advierte, de conciliar una suma muy importante de cuestiones. El cuidado del ambiente y de los recursos naturales es sin duda clave, ya que ninguna acción de desarrollo puede concebirse si no se cuidan estos delicadísimos puntos. Pero también es verdad que suena a utopía recomendar el cuidado de los recursos a comunidades cuya única preocupación está centrada en poder alimentarse, curar sus enfermedades y tener un techo. La acción necesaria, entonces, es una de características globales, donde se considere, junto al ambiente, el destino de las personas afectadas de modo dramático por la "globalización".
La Cumbre de la Tierra ha de deliberar hasta el 4 de setiembre próximo. Una ojeada a las agendas de cada delegación muestra una multitud de buenos propósitos, aunque el problema es cómo ellos puedan llevarse a cabo.
No puede discutirse que la cuestión nada tiene de sencilla. En realidad, posar las manos en ella equivale a encarar la empresa de mayor dimensión que pudieran haberse fijado las naciones. Pero tampoco puede decirse que resulte imposible si realmente se pone en marcha la cooperación internacional, y se suman así esfuerzos enderezados a empezar a cerrar, en el mundo que habitamos, la tremenda brecha entre países ricos y pobres.
Las reuniones internacionales, por lo general, no tienen demasiados efectos perceptibles. Producen minuciosas declaraciones y adquieren, de acuerdo con ellas, compromisos que luego no se cumplen sino muy parcialmente, en el mejor de los casos. Siempre hay argumentos para explicar estas falencias. No obstante, nos parece que a esta altura de los tiempos, ya ha llegado la hora de que cesen las palabras y se pase inmediatamente a la acción. Los seres humanos tienen que dejar de degradar el suelo que pisan, el agua que beben y el aire que respiran. Y al mismo tiempo, deben tener posibilidades de emerger de las situaciones de postración que hoy afectan a millones de personas.

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