31 Agosto 2002 Seguir en 
"La historia del Colegio Santa Rosa está íntimamente vinculada a la Congregación de las Hermanas Dominicas del Santísimo Nombre de Jesús. El punto de referencia obligado es, sin lugar a dudas, la figura de Elmina Paz de Gallo, mujer de profunda religiosidad que pertenecía a la élite tucumana. En el ámbito local, su actuación expresó un modelo femenino de catolicidad signado por la devoción y la caridad, virtudes relevantes que la cultura decimonónica asignada principalmente a las mujeres. En Tucumán, este arquetipo femenino fue aceptado y promovió un conjunto de actividades centradas en las prácticas religiosas y benéficas, que permitieron modelar patrones de sociabilidad que distinguieron especialmente a las mujeres de la élite. El ejercicio sistemático y regulado de la vida espiritual se manifestaba en la participación de las cofradías, las hermandades de oración, los rituales religiosos. Asimismo fueron las promotoras de las principales asociaciones caritativas y filantrópicas de la provincia.
La epidemia del cólera que se abatió en Tucumán en 1886, fue especialmente cruenta en virtud de las condiciones de vida de los sectores populares y del precario sistema urbano, que no contaba aún con un servicio de aguas corrientes. El médico Benjamín Aráoz, comisionado sanitario nacional para las provincias del norte, calculaba en 6.000 el número de víctimas, aunque estimaba que esta cifra podía ser mayor debido a la resistencia de la población a denunciar los casos. En ese contexto de catástrofe social, no sólo el Estado provincial cuya capacidad de asistencia estaba rebasada, sino también un conjunto de instituciones como la Sociedad de Beneficencia, Asociación San Vicente de Paul y La Cruz Roja aunaron esfuerzos para ayudar a los damnificados. El saldo más elocuente de los estragos del cólera se reflejó en el inusitado incremento de la cantidad de niños huérfanos y abandonados.
En 1886 la provincia carecía de una casa de niños expósitos, por lo que la afligente situación de los huérfanos generados por la epidemia, adquirió una singular relevancia para el Estado y para la sociedad. En tales circunstancias, Elmina Paz de Gallo, alentada por el fraile dominico Angel Boisdron, su confesor y director espiritual, decidió convertir su vivienda de la calle 24 de Setiembre al 500, de San Miguel de Tucumán, en asilo para acoger a estos niños. Para ese entonces, Elmina era viuda y había perdido a su única hija, que falleció a los tres años de edad. Su decisión generó la adhesión de un grupo de mujeres de la élite, que secundaron de manera entusiasta tal iniciativa. Hasta entonces su comportamiento se encuadra dentro del modelo que la Iglesia tenía reservado a las mujeres devotas; no obstante, profundizó este rol dedicándose íntegramente a la atención de los huérfanos y consagrándose posteriormente a la vida conventual.
En consecuencia, el asilo Santísimo Nombre de Jesús fue el primer orfanato que se formó en la provincia y comenzó a funcionar el 28 de diciembre de 1886 albergando a 60 menores de ambos sexos. Se trataba de un grupo infantil heterogéneo respecto de sus edades que oscilaban desde los tres meses hasta los doce años. En algunos casos, se trataba de niños absolutamente desamparados, carentes de lazos familiares y que incluso desconocían su nombre y apellido. El 53% era del sexo femenino, mientras que el 47% eran varones".
La epidemia del cólera que se abatió en Tucumán en 1886, fue especialmente cruenta en virtud de las condiciones de vida de los sectores populares y del precario sistema urbano, que no contaba aún con un servicio de aguas corrientes. El médico Benjamín Aráoz, comisionado sanitario nacional para las provincias del norte, calculaba en 6.000 el número de víctimas, aunque estimaba que esta cifra podía ser mayor debido a la resistencia de la población a denunciar los casos. En ese contexto de catástrofe social, no sólo el Estado provincial cuya capacidad de asistencia estaba rebasada, sino también un conjunto de instituciones como la Sociedad de Beneficencia, Asociación San Vicente de Paul y La Cruz Roja aunaron esfuerzos para ayudar a los damnificados. El saldo más elocuente de los estragos del cólera se reflejó en el inusitado incremento de la cantidad de niños huérfanos y abandonados.
En 1886 la provincia carecía de una casa de niños expósitos, por lo que la afligente situación de los huérfanos generados por la epidemia, adquirió una singular relevancia para el Estado y para la sociedad. En tales circunstancias, Elmina Paz de Gallo, alentada por el fraile dominico Angel Boisdron, su confesor y director espiritual, decidió convertir su vivienda de la calle 24 de Setiembre al 500, de San Miguel de Tucumán, en asilo para acoger a estos niños. Para ese entonces, Elmina era viuda y había perdido a su única hija, que falleció a los tres años de edad. Su decisión generó la adhesión de un grupo de mujeres de la élite, que secundaron de manera entusiasta tal iniciativa. Hasta entonces su comportamiento se encuadra dentro del modelo que la Iglesia tenía reservado a las mujeres devotas; no obstante, profundizó este rol dedicándose íntegramente a la atención de los huérfanos y consagrándose posteriormente a la vida conventual.
En consecuencia, el asilo Santísimo Nombre de Jesús fue el primer orfanato que se formó en la provincia y comenzó a funcionar el 28 de diciembre de 1886 albergando a 60 menores de ambos sexos. Se trataba de un grupo infantil heterogéneo respecto de sus edades que oscilaban desde los tres meses hasta los doce años. En algunos casos, se trataba de niños absolutamente desamparados, carentes de lazos familiares y que incluso desconocían su nombre y apellido. El 53% era del sexo femenino, mientras que el 47% eran varones".





