01 Abril 2006 Seguir en 
Dicen que en las manos de una persona se refleja su edad. Pero las de Encarnación de Jesús Palavecino son tan cuidadas, que necesita mostrar su libreta cívica para que le crean que tiene 105 años. Sus dedos, rectos y de inmaculadas uñas cortadas al ras, no sufrieron los estragos de la artritis, y su piel se mantiene suave.
En sus manos también está el secreto de una larga vida. Desde que quedó ciega, hace 17 años, confecciona bolsas de arpillera plástica, que borda con hilos de colores. “Hice más de 300, pero no las puedo vender; por eso las regalo a la gente que quiero”, cuenta. Con motivo de su cumpleaños, más de 100 familiares se reunieron a celebrarlo. Entre ellos, 11 hijos, 20 nietos, 39 bisnietos y una tataranieta.
“No me siento vieja”
Encarnación no sólo hace pan y se baña y viste sola, sino que circula por su casa de Carbón Pozo tanteando el camino. Cuando encuentra a alguien, acaricia sus manos. Entabla así una particular comunicación con su interlocutor. “No me siento vieja”, dice mientras toma leche de soja, la única bebida que le gusta. “Soy delicada para las comidas. No me gustan los guisos ni los helados baratos, pero puedo comer mazamorra todo el día”, cuenta.
A medida que el festejo avanza, Encarnación besa a cuanto invitado llega a su casa. Sus hijos contrataron a un grupo folclórico, pero también está prevista la presencia de un cura que dará la bendición y una torta digna del festejo. Antes de soplar las velitas, pide su deseo en voz baja: “vivir más años es cosa de Dios. Sólo le pido que mis hijos me sigan acercando hilo, agujas y bolsitas de maíz para que yo arme las mías”.
En sus manos también está el secreto de una larga vida. Desde que quedó ciega, hace 17 años, confecciona bolsas de arpillera plástica, que borda con hilos de colores. “Hice más de 300, pero no las puedo vender; por eso las regalo a la gente que quiero”, cuenta. Con motivo de su cumpleaños, más de 100 familiares se reunieron a celebrarlo. Entre ellos, 11 hijos, 20 nietos, 39 bisnietos y una tataranieta.
“No me siento vieja”
Encarnación no sólo hace pan y se baña y viste sola, sino que circula por su casa de Carbón Pozo tanteando el camino. Cuando encuentra a alguien, acaricia sus manos. Entabla así una particular comunicación con su interlocutor. “No me siento vieja”, dice mientras toma leche de soja, la única bebida que le gusta. “Soy delicada para las comidas. No me gustan los guisos ni los helados baratos, pero puedo comer mazamorra todo el día”, cuenta.
A medida que el festejo avanza, Encarnación besa a cuanto invitado llega a su casa. Sus hijos contrataron a un grupo folclórico, pero también está prevista la presencia de un cura que dará la bendición y una torta digna del festejo. Antes de soplar las velitas, pide su deseo en voz baja: “vivir más años es cosa de Dios. Sólo le pido que mis hijos me sigan acercando hilo, agujas y bolsitas de maíz para que yo arme las mías”.







