Derivaciones del coimagate

La secuela política le aflige al mirandismo.

14 Agosto 2002
Por Juan Manuel Asis

Si los acusadores no pueden encontrar culpables y los acusados no quieren demostrar su inocencia, algo está fallando en el sistema. Entre la imposibilidad de unos y la negación de los otros, entre el cruce de acusaciones y de excusas de ambos lados, a la sociedad sólo le queda juzgar y apostar por lo que le parece más creíble. O por lo que más se aproxima a la verdad, según la intuyen, ya que ni unos ni otros pueden demostrar culpas ni inocencias a la sombra de las actuales reglas de la democracia.
Hoy, la ciudadanía no está preocupada por distinguir entre liberales o conservadores, peronistas o radicales, derechos o zurditos, independientes o politizados. Privilegió la división moral y trazó una línea entre probos y réprobos. Algunos políticos de olfato fino han advertido este nuevo escenario y quieren subirse a la tribuna de los acusadores y no jugar en la cancha de los sospechados. Si bien el desprestigio y la falta de credibilidad alcanzan a toda la clase política, el coimagate sirvió para exponer un nuevo panorama político, con nuevos probables buenos y antiguos supuestos malos. Esto puede hundir a unos y salvar a otros.
Así, los que votaron y los que se beneficiarían con una eventual reforma de la Constitución pasaron a ser, por la fuerza de las circunstancias, los acusados. Los que no lo hicieron y los que son ajenos a la función pública (léase todas aquellas agrupaciones y partidos políticos en constitución) quedaron, también por la fuerza de los hechos, en la franja de los probos. Tucumán puede convertirse otra vez en la provincia de las plazas del sí y del no, en las de "los 27" y en las de "los 13".

Nadie es inocente
En medio de esta historia no faltarán los que tratarán de explotar la indignación ciudadana. Todo lo que se diga y se haga estará influenciado por el tiempo electoral, más allá de que se apunte, por cohecho, contra el grupo que dio el sí a la reforma. Detrás de los que dijeron "no" también hay dirigentes o personas interesadas en abrirse camino en la política desde nuevos ámbitos sociales. Cada cual arrimará agua para su molino aprovechando el coimagate, porque nadie es ingenuo ni inocente a la hora de hacer política.
En ese cuadro, el Gobierno ofrece los mejores flancos para la pedrea de la oposición y de los independientes. Hasta algunos peronistas -reconocidos mirandistas- prefieren hacerse los distraídos y no defender lo que parece indefendible. Entre los compañeros se hizo carne una frase reveladora en las últimas horas: "Yo acompaño sólo hasta la puerta del cementerio".
El mirandismo está desconcertado y desorientado. El silencio es obligado. No encuentra el motivo para dar la cara y replicar las acusaciones. Se siente débil, pero no teme tanto a los reclamos de intervención como a la derivación política de las denuncias por coimas.
Supone que la demanda del remedio federal puede prosperar en la Cámara de Diputados -si se resuelve en el marco de la interna justicialista, ya que el menemismo jugaría en contra de Miranda-, pero naufragar en el Senado -con la bendición del duhaldismo-. La secuela política aflige más porque se debilitan las aspiraciones políticas del mirandismo, especialmente las de la reelección.
La reforma se convirtió en mala palabra y sería todo un riesgo convocar a elección de convencionales constituyentes cuando la división que se impone en la sociedad, por los hechos, no es política sino moral. ¡Que campaña más fácil para la oposición que sugerir que la reforma es inmoral!
El oficialismo no se arriesgará a perder una votación antes que la elección provincial. Está obligado a pensar en 2003, pero sin reelección. Y, encima de este clima adverso político-institucional, tiene que gobernar en medio de la crisis económico-social.

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