12 Agosto 2002 Seguir en 
"El primer recuerdo que tengo de Victoria Ocampo está muy atrás en mi memoria; ha pasado tanto tiempo que el episodio me parece más soñado que vivido.
Cuando uno piensa en su propia adolescencia, se da cuenta de que pertenece a alguien que ya no existe, aunque de vez en cuando una melodía o cierta luz en las hojas de los árboles o la visión de una playa, idéntica a sí misma en sucesivos veranos, traigan el recuperado temblor de otra edad, no más feliz pero sí mas turbulenta, despreocupada, y en la que suele confundirse cierta mezcla de aturdimiento, timidez y arrogancia, con pasión.
La primera vez que vi a Victoria Ocampo, acababa de cumplir dieciséis años y ella -de esto me enteré bastante después- tenía dos más que mi abuela. Sin embargo, en aquella tarde, que ha quedado fija en mí como la secuencia de una película, me pareció sin edad, sin pasado y sin futuro, recién creada para ese momento y, no obstante, inmortal.
Fue en la vieja casa de la calle México al quinientos, donde por entonces tenía su sede la Sociedad Argentina de Escritores. Se trataba de una casona colonial de zaguán profundo y rejas labradas con una sucesión de cuartos alineados a la derecha de los patios de baldosones blancos y negros y umbrales de mármol y techo altos cruzados por vigas.
En el último patio, inaccesible a las miradas indiscretas que pudieran llegar de la calle, florecía detrás de la balaustrada de mampostería una gloriosa Santa Rita, cuya sombra amparaba la gran pajarera. Una enamorada del muro cubría de verde oscuro, casi negro, la medianera desde el zaguán hasta el fondo.
En esa casa, en cuyo salón principal escuché a Victoria una tarde de invierno, había nacido en 1866 Ramona Aguirre, la Morena, madre de Victoria y sus cinco hermanas. En aquellos años yo ignoraba todo esto, pero era visitante asidua del salón de lectura del antiguo edificio de la Biblioteca Nacional, que quedaba al lado. Probablemente aquella tarde habré salido de la Biblioteca, habré caminado los veinte pasos que la separaban de la SADE y habré entrado, llevada por no sé qué impulso. La de Victoria debe de haber sido la primera conferencia que oí en mi vida. Cuando acabó, salí en un estado de gracia y aunque, por más que he tratado, no he podido recordar cuál fue el tema de la charla, no he olvidado la imagen de aquella mujer alta y majestuosa. Llevaba sobre los hombros un abrigo y en la solapa unas florcitas pendidas como al descuido (con los años supe que ese descuido era solo aparente). Hablaba de pie. Detrás de ella, en la pared, se veía uno de los retratos de serie de Helleu en que el rostro, joven para siempre e idealizado en su hermosura, está coronado por una capelina lánguida que cae hacia un costado. Quedé deslumbrada; no sabía qué admirar más, si a ella o su retrato.
Con el pasar del tiempo, tuve ocasión de conocerla; Borges me llevó a Sur. Victoria me invitó a San Isidro, a su casa de Mar del Plata; compartí algunas comidas con ella; tomé el té algunas tardes en Villa Ocampo. me convocó en 1970 para que la encuesta sobre la mujer...(...)... No puedo jactarme realmente de haber sido amiga suya y lo lamento; ella no perdió nada, yo perdí demasiado".
Cuando uno piensa en su propia adolescencia, se da cuenta de que pertenece a alguien que ya no existe, aunque de vez en cuando una melodía o cierta luz en las hojas de los árboles o la visión de una playa, idéntica a sí misma en sucesivos veranos, traigan el recuperado temblor de otra edad, no más feliz pero sí mas turbulenta, despreocupada, y en la que suele confundirse cierta mezcla de aturdimiento, timidez y arrogancia, con pasión.
La primera vez que vi a Victoria Ocampo, acababa de cumplir dieciséis años y ella -de esto me enteré bastante después- tenía dos más que mi abuela. Sin embargo, en aquella tarde, que ha quedado fija en mí como la secuencia de una película, me pareció sin edad, sin pasado y sin futuro, recién creada para ese momento y, no obstante, inmortal.
Fue en la vieja casa de la calle México al quinientos, donde por entonces tenía su sede la Sociedad Argentina de Escritores. Se trataba de una casona colonial de zaguán profundo y rejas labradas con una sucesión de cuartos alineados a la derecha de los patios de baldosones blancos y negros y umbrales de mármol y techo altos cruzados por vigas.
En el último patio, inaccesible a las miradas indiscretas que pudieran llegar de la calle, florecía detrás de la balaustrada de mampostería una gloriosa Santa Rita, cuya sombra amparaba la gran pajarera. Una enamorada del muro cubría de verde oscuro, casi negro, la medianera desde el zaguán hasta el fondo.
En esa casa, en cuyo salón principal escuché a Victoria una tarde de invierno, había nacido en 1866 Ramona Aguirre, la Morena, madre de Victoria y sus cinco hermanas. En aquellos años yo ignoraba todo esto, pero era visitante asidua del salón de lectura del antiguo edificio de la Biblioteca Nacional, que quedaba al lado. Probablemente aquella tarde habré salido de la Biblioteca, habré caminado los veinte pasos que la separaban de la SADE y habré entrado, llevada por no sé qué impulso. La de Victoria debe de haber sido la primera conferencia que oí en mi vida. Cuando acabó, salí en un estado de gracia y aunque, por más que he tratado, no he podido recordar cuál fue el tema de la charla, no he olvidado la imagen de aquella mujer alta y majestuosa. Llevaba sobre los hombros un abrigo y en la solapa unas florcitas pendidas como al descuido (con los años supe que ese descuido era solo aparente). Hablaba de pie. Detrás de ella, en la pared, se veía uno de los retratos de serie de Helleu en que el rostro, joven para siempre e idealizado en su hermosura, está coronado por una capelina lánguida que cae hacia un costado. Quedé deslumbrada; no sabía qué admirar más, si a ella o su retrato.
Con el pasar del tiempo, tuve ocasión de conocerla; Borges me llevó a Sur. Victoria me invitó a San Isidro, a su casa de Mar del Plata; compartí algunas comidas con ella; tomé el té algunas tardes en Villa Ocampo. me convocó en 1970 para que la encuesta sobre la mujer...(...)... No puedo jactarme realmente de haber sido amiga suya y lo lamento; ella no perdió nada, yo perdí demasiado".







