11 Agosto 2002 Seguir en 
"Periódicamente, con intervalos de pocos años, algún investigador en el mundo busca descubrir si lo que realmente queremos del amor es que cambie. Y en cada una de esas ocasiones llega una respuesta clara y contundente: sí. Cada vez buscamos más un amor romántico; es decir, la pasión y el placer. Y eso sucede incluso en sociedades en las que una relación amorosa se entabla a partir de las expectativas de la familia, de la sociedad, de los dioses o los ancestros.
Puesto que no existe una receta única para la felicidad humana, un ingrediente necesario, para casi todo el mundo, es algún tipo de relación satisfactoria y cercana. Para la mayoría de los adultos, esto adquiere la forma de un vínculo basado en el sexo. Y lo que cuenta es su calidad. Las encuestas demuestran que la gente que vive en malas relaciones de pareja, se desempeña peor que aquellos que viven solos. Las malas relaciones tornan a personas perfectamente amables y simpáticas en demonios horripilantes, y luego aumentan los gastos en la salud pública enfermándolos. Por el contrario, la gente involucrada en relaciones de amor tiene un mejor desempeño, en promedio, que aquellos que viven solos; no sólo son capaces de cuidarse uno al otro, sino que pueden cuidarse mejor a sí mismos y, en general, logran criar hijos saludables y felices.
Hace cuarenta años, resistir penosamente en relaciones infelices y autodestructivas era la norma; ahora es algo poco común. La explosiva tasa de divorcios de fines de los sesenta y principios de los setenta fue claramente una reacción a esa miseria humana; y, hoy, sólo el 7 por ciento de las parejas viven desdichadamente juntos sin encontrar una salida a través de la separación o el divorcio. Ya no estamos dispuestos a hacer heroicos sacrificios para presentar un frente unido, que es lo que se llama en este libro ?me seguirás amando mañana? (y no ?estarás conmigo mañana?).
Un verdadero rasgo sobresaliente de nuestra cultura del divorcio es que estamos estableciendo parámetros para el amor más elevados que los habituales. Una de las razones por las que la tasa de divorcio en sitios como los Estados Unidos y los países del norte de Europa es alta es que los ciudadanos no están dispuestos ya a tolerar el mal comportamiento de sus parejas. Y cuando las antiguas certezas se desvanecen tenemos que crear nuevas reglas. El cambio de nuestras expectativas en torno de hombres y mujeres nos da mucho tema de discusión: ¿Quién manda aquí? ¿Quién cuidará a los niños? ¿Quién ganará el dinero? ¿En qué se gastará? A medida que nuestras familias de origen se vuelven más pequeñas y nosotros nos apartamos de ellas, y a medida que comenzamos a vivir cerca de treinta o cuarenta años después que los hijos se van de casa, nos vemos obligados a enfrentarnos cara a cara con nuestros compañeros de toda la vida a cada rato. La muerte temprana ya no libera las almas miserablemente encadenadas, y comienza a importarnos mucho más el grado de satisfacción que obtenemos de nuestro vínculo más cercano".
Puesto que no existe una receta única para la felicidad humana, un ingrediente necesario, para casi todo el mundo, es algún tipo de relación satisfactoria y cercana. Para la mayoría de los adultos, esto adquiere la forma de un vínculo basado en el sexo. Y lo que cuenta es su calidad. Las encuestas demuestran que la gente que vive en malas relaciones de pareja, se desempeña peor que aquellos que viven solos. Las malas relaciones tornan a personas perfectamente amables y simpáticas en demonios horripilantes, y luego aumentan los gastos en la salud pública enfermándolos. Por el contrario, la gente involucrada en relaciones de amor tiene un mejor desempeño, en promedio, que aquellos que viven solos; no sólo son capaces de cuidarse uno al otro, sino que pueden cuidarse mejor a sí mismos y, en general, logran criar hijos saludables y felices.
Hace cuarenta años, resistir penosamente en relaciones infelices y autodestructivas era la norma; ahora es algo poco común. La explosiva tasa de divorcios de fines de los sesenta y principios de los setenta fue claramente una reacción a esa miseria humana; y, hoy, sólo el 7 por ciento de las parejas viven desdichadamente juntos sin encontrar una salida a través de la separación o el divorcio. Ya no estamos dispuestos a hacer heroicos sacrificios para presentar un frente unido, que es lo que se llama en este libro ?me seguirás amando mañana? (y no ?estarás conmigo mañana?).
Un verdadero rasgo sobresaliente de nuestra cultura del divorcio es que estamos estableciendo parámetros para el amor más elevados que los habituales. Una de las razones por las que la tasa de divorcio en sitios como los Estados Unidos y los países del norte de Europa es alta es que los ciudadanos no están dispuestos ya a tolerar el mal comportamiento de sus parejas. Y cuando las antiguas certezas se desvanecen tenemos que crear nuevas reglas. El cambio de nuestras expectativas en torno de hombres y mujeres nos da mucho tema de discusión: ¿Quién manda aquí? ¿Quién cuidará a los niños? ¿Quién ganará el dinero? ¿En qué se gastará? A medida que nuestras familias de origen se vuelven más pequeñas y nosotros nos apartamos de ellas, y a medida que comenzamos a vivir cerca de treinta o cuarenta años después que los hijos se van de casa, nos vemos obligados a enfrentarnos cara a cara con nuestros compañeros de toda la vida a cada rato. La muerte temprana ya no libera las almas miserablemente encadenadas, y comienza a importarnos mucho más el grado de satisfacción que obtenemos de nuestro vínculo más cercano".







