El Día del Niño

Los deberes que van más allá del agasajo.

11 Agosto 2002
Hoy se celebra el Día del Niño. Desde que se instituyó, la fecha moviliza en toda la comunidad una intensa acción de agasajo hacia los menores. Ella se ve reflejada tanto en una serie de espectáculos y actividades recreativas programadas para ellos en esa jornada, así como en la entrega de regalos, de acuerdo con las posibilidades adquisitivas de cada progenitor.
Sin duda que las dificultades económicas de la provincia y del país en estos momentos (que incluyen, por ejemplo, la falta de pago de la planilla salarial oficial), así como la apreciable alza del costo de la vida o los problemas derivados de la inexistencia de dinero en efectivo, conspiran para la existencia de los regalos o para la importancia de los mismos.
Lo que importa, claro está, es la actitud de cariño que todo el movimiento de esta fecha revela hacia quienes están recorriendo las candorosas etapas iniciales del camino de la vida; y que, por esa misma causa, concitan comprensiblemente lo mejor de nuestras esperanzas. No es exagerado afirmar, entonces, que el Día del Niño está revestido de una auténtica simpatía para la totalidad de la población. Nadie puede sentirse indiferente hacia una celebración que apela, en última instancia, a los sentimientos más profundos y legítimos del ser humano en general.
Pero, más allá de estas apreciaciones -obvias y sin duda compartidas por todos- nos parece que la fecha plantea también otras cuestiones, bastante más serias y bastante más arduas de resolver que la compra de un regalo o la organización de un espectáculo. Nos referimos, concretamente, al cúmulo de obligaciones que la sociedad tiene respecto de sus niños, y cuyo cumplimiento dista de ser optativo para adquirir el carácter de premioso y de obligatorio.
El niño depende del adulto, es decir de todo el cuerpo social constituido por los mayores. A estos les incumbe darle techo, alimento, vestimenta y educación, en el más amplio sentido de la palabra. Los tristes casos de desnutrición registrados en nuestra provincia, así como la pobreza generalizada que testimonian tantos niños que mendigan por las calles, están mostrando de modo concluyente la deuda que tenemos en cuanto a atender sus necesidades elementales.
En lo que a la educación atañe, conocidas son las fallas que nuestra sociedad exhibe en este sentido. Nos referimos tanto a la deserción escolar, como a las extensas interrupciones del aprendizaje, que han vuelto a hacerse frecuentes a causa de la reclamación salarial de los docentes.
Y no pueden dejarse de lado las deficiencias de la educación hogareña, que es algo clave y que no es posible transferir a la escuela. El auge de la drogadicción y del alcoholismo, así como de las acciones delictivas de los menores -que tienen una alarmante incidencia en las estadísticas policiales- están revelando también una despreocupación de los progenitores acerca de su deber elemental, que es educar. Resulta indudable que una adecuada atención de los padres acerca de lo que hacen sus hijos fuera de la casa, así como el consejo y la comunicación constantes, resultan decisivos en la formación de la infancia y de la adolescencia. Es algo que, reiteramos, no puede de ningún modo ser suplido por la escuela, por dedicados que sean los docentes.
Encarada desde este punto de vista, la celebración del Día del Niño debe servir, pensamos, en dos niveles. Uno es el del agasajo y del regalo, que son expresiones muy nobles y legítimas del cariño. El otro, que es mucho más necesario y de vigencia permanente, reside en la reflexión sincera sobre el cumplimiento efectivo de los deberes del adulto hacia el menor, y la toma de un compromiso sobre los cambios que la comunidad tiene obligación de practicar para mantener y guiar debidamente a sus miembros menores.

Tamaño texto
Comentarios