Cuando analizamos el gasto público, debemos tener en cuenta al menos tres elementos:
El nivel del gasto público: resulta insoslayable compararlo con el nivel de recursos y el consiguiente resultado fiscal. Y en este punto, lo importante es el déficit o superávit total (el que resulta de computar los pagos por servicios de la deuda) y no el superávit primario como suele insinuarse desde hace algún tiempo. Si bien Tucumán tiene superávit primario, no es suficiente para hacer frente a los pagos de los servicios de la deuda por lo que debe incurrir en nuevo endeudamiento.
La dinámica del gasto: aparecen algunas luces de alarma ya que en los últimos dos semestres la tasa de crecimiento del gasto corriente es superior a la de los recursos corrientes. Este tipo de comportamiento fiscal es un "clásico" en la historia argentina: el gasto público aumenta hasta llegar a niveles que no son sostenibles cuando sobreviene una recesión y entonces la crisis es inevitable. En el gasto creciente durante las fases de expansión de la economía está la semilla de la próxima crisis.
El destino de los fondos públicos: lo primero que hay que remarcar es que la estructura estatal no ha sufrido mengua en los últimos años, sino que, por el contrario, aumentó el número de reparticiones y tal vez de agentes estatales. Este es un dato que suele pasar desapercibido en los análisis fiscales. La gran diferencia respecto del Estado tucumano de fines de los 90 es que los salarios han sufrido una fuerte caída como consecuencia de la devaluación de 2002. En la medida que los salarios se recuperen (como está ocurriendo) volveremos a la acostumbrada situación en la que el Estado invierte poco y gasta mucho.
24 Diciembre 2005 Seguir en 
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