¿Cómo suena un balazo dentro de un aula, disparado entre tizas, pizarrones, carpetas y pupitres? ¿Tendrá algo de distinto? ¿Implicará una atenuada vergüenza la profanación de un espacio consagrado al saber? ¿O la naturaleza de su furia no entiende de razones? ¿Qué hace un arma dentro de la escuela -gatillada o lista para hacerlo-? Lejos de ser nuevas, las preguntas se reiteran, reaparecen, como sucedió esta semana por partida doble. Y nada indica que haya sido la última vez, tratándose de profecías autocumplidas. Lo importante, siempre, es mantenerse alertas y preparados.
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Lo injusto es responsabilizar a la escuela por el hecho de que un estudiante lleve un arma, la muestre o la dispare. Es injusto, pero a la vez es fácil, por más que se corra el eje del problema. La escuela está ahí, podemos verla, es tangible, un edificio, un sistema de reglas, autoridades a cargo. “La familia”, en cambio, remite a una abstracción. La escuela Congreso (donde un chico jaló el gatillo) o la de Los Gutiérrez (donde una chica llevó un arma cargada) quedan sumergidas en un obligado protagonismo y pasan a simbolizar el todo de la educación media en Tucumán. Es un blanco forzado y a la vez sencillo. En contrapartida, aceptar que es el seno familiar la génesis de todas estas conductas resulta incómodo, porque expresa lo mal que estamos como sociedad. Y a nadie le gusta mirarse al espejo sin maquillaje. Que la culpa sea de la escuela entonces.
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Durante una reciente visita a Tucumán -relámpago, pero no por eso menos provechosa-, Graciela Krichesky dejó algunas definiciones valiosas. Doctora en Educación, investigadora y docente, conoce la realidad de la escuela secundaria de pe a pa. Advierte lo fundamental que es construir comunidad entre la escuela y la familia, pero acepta que cuesta horrores. “Ese vínculo es súper importante -enfatiza-. En algunos casos funciona y en otros está un poco roto”. Ese “poco” obedece a numerosas razones. Tal vez sea “mucho”.
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Si la escuela es un depósito en el que muchos padres dejan en consignación a sus hijos durante un puñado de horas, desentendidos de lo que allí sucede, hay un patrón fácil de seguir. ¿Por qué pensar que se ocupan de esos chicos en casa si salta a la vista que no están pendientes de su desempeño educativo? Esto es como los padres que se empeñan en prohibirles a sus hijos que miren una pantalla mientras ellos no se despegan del celular. Pura hipocresía. Pues bien, hay un sinfín de estudiantes que la escuela intenta monitorear, con el ojo puesto en detectar potenciales conductas nocivas -para los chicos y para el ámbito al que pertenecen-. A veces se puede prevenir, a veces no. No hay forma de diseccionar cada una de esas subjetividades para determinar si el día de mañana alguno/a aparecerá con un arma en clase. Lo que hay son gabinetes, protocolos, equipos interdisciplinarios, pero para todo existe un límite. Si en una casa hay una pistola cargada al alcance de un chico, ¿quién es responsable?
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Lo sorprendente es cómo estamos perdiendo la capacidad de separar lo anecdótico de lo trascendente. De repente, una pavada como las batallas de “farmear aura” se convirtieron en una cuestión de Estado, foco de debates pretendidamente sesudos acerca del futuro de la juventud. Pasó hace poco con los “therians”. Y volverá a pasar con cualquier otro “fenómeno”, porque si de algo se retroalimentan las redes sociales es de los retos virales que ellas mismas difunden e impulsan. La victoria de las redes -victoria indiscutida, por fulminante nocaut- es haber arrastrado a buena parte de la sociedad a su propia lógica, hasta convencerla de que la realidad es eso que los algoritmos multiplican. Los chicos que “farmean aura” representan una porción infinitesimal, casi invisible de tan minúscula, pero las redes lo venden como una práctica masiva y allá va la opinión pública por detrás. Con sentencias de toda clase, incluso las consabidas -que resultarían simpáticas si no fueran tan patéticas- reclamando el regreso del servicio militar como remedio para todos los males de la juventud argentina. Mucha más madura es la postura de esos mismos chicos que “farmean aura”, convencidos -tal como se los escuchó en varias entrevistas- de que están divirtiéndose a costa de una bobada. Cuando se aburran pasarán a otra cosa, que es como funcionan la adolescencia y la niñez desde que el mundo es mundo.
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El problema no es farmear aura, sino farmear balas, tal como experimentaron las comunidades educativas de barrio Sur y de Los Gutiérrez. Si los chicos conviven en el hogar con la manipulación de armas es comprensible que hayan naturalizado su uso. Hubo un siguiente paso -hacerse de la pistola y llevarla a la escuela-. ¿Qué sigue? En el caso de Los Gutiérrez, trascendió que la estudiante en cuestión (¡12 años!) se sentía amenazada por algunos compañeros y había llevado el revólver para protegerse. “Era una chica tranquila”, le dijo a LA GACETA otra alumna de la escuela, perteneciente a un curso mayor. Esta es una particularidad que se aprecia en numerosos episodios similares. Chicos “tranquilos” que de pronto estallan.
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Demasiado complejos y cambiantes son los tiempos que vivimos. Las brechas generacionales se han transformado en abismos. Los chicos de hoy poblarán un mundo que intentamos intuir, pero sigue siendo de ciencia ficción. Y además son distintos. Por caso, los nativos digitales de 2010 tienen poco en común con los nativos digitales pospandemia. Gabriela Dueñas lleva más de 30 trabajando en la articulación de la salud mental con el campo educativo y señala que las nuevas tecnologías modelaron una subjetividad infantojuvenil que ni siquiera los profesionales alcanzan a comprender del todo. “¿Observaron en los últimos años la ‘epidemia’ de niños etiquetados de autistas? Uno realmente no puede pensar que esto se deba a déficits neurocognitivos de origen innato -enfatiza-. Estos niños nuevos desarrollaron otras maneras de prestar atención, con tiempos más acotados, con múltiples focos en simultáneo”. En otras palabras: para los parámetros habituales la sintomatología remitiría al espectro autista, pero lo que en realidad estamos apreciando es la emergencia de otras formas de habitar el mundo.
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Frente a esto la escuela intenta aggiornarse, pero parece condenada a correr siempre de atrás. Demasiados problemas tiene la institución, déficits que vienen de arrastre y también tropiezos propios de la gestión, que sumarle responsabilidades que no le caben resulta arbitrario. “¿Cómo imagina la escuela dentro de 20 años?”, le preguntó LA GACETA a Graciela Krichesky. “Me gustaría una escuela que genere en los pibes el deseo de estar, de participar, de aprender; con programas que los habiliten para la vida, para el trabajo, para la universidad, para vivir mejor”, resumió. Lo ambicioso no quita lo valiente.
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¿Cómo suena un balazo dentro de un aula? Seguramente como un lamento, un sollozo ahogado. Un ruido funesto, construido desde la desorientación. Como la angustia.










