Una visita a Harvard

(De "Postales imaginarias. Viajes alrededor de la Tierra antes de Internet", por Ricardo Feierstein, Milá, Buenos Aires)

25 Julio 2002
"Cruzando un puente se llega a Cambridge, el lugar donde se despliega la mítica (para nosotros) Universidad de Harvard y, a su alrededor, barrios de estudiantes y residencias de obreros. A veinte minutos de automóvil se erige el Wellesley College, la ?universidad de señoritas? (¡sí, existe algo así!) más cara y aristocrática del país, Privada, por cierto. Y a otros veinte minutos -siempre en vehículo, no se concibe otra forma- la casa de Stephen Sadow, profesor de la Northeastern University...(...)...
La terrible experiencia de la Segunda Guerra Mundial, las visiones de cadáveres, mutilaciones y sinrazón humanas, movieron a buena parte de una generación (el padre de Stephen sirvió en el frente del Pacífico) para tratar de salir, en la posguerra, del ambiente asfixiante de las grandes urbes. Como tampoco querían dedicarse, por profesiones y costumbres, a una vida rural y agrícola, resolvieron su dilema existencial con un tipo de hábitat semiurbano que, ubicado a cuarenta o sesenta kilómetros de una ciudad densamente poblada donde conservaron sus lugares de trabajo, permitiera unificar las condiciones de confort (calefacción, supermercados, TV) y la necesaria cuota de aislamiento: tranquilidad, piscina, verde, silencio, vecino más cercano a cuarenta metros, aire descontaminado...
Quizá por casualidad, las viviendas de la docena de profesores con los que mantengo amistad en Estados Unidos pertenecen, casi unánimemente, a esta forma de vida. Viajan muy temprano -antes de que los embotellamientos hagan imposible el acceso de Washington, Gainesville, Nueva York o Boston- hasta sus universidades, vuelven en agotadores viajes hacia las seis de la tarde y, con escasa vida social tal como se la entiende en la gran ciudad, se acuestan muy temprano, acunados por los grillos.
En otoño, con días de sol pálido pero resuelto, pasto húmedo y follaje multicolor, la elección parece paradisíaca. No sé qué sucederá con la nieve del invierno, pero no es lo único incomprensible para un argentino: tampoco me explico los garajes dejados abiertos todo el día, las casas sin seguridad (¡ni siquiera cortinas de enrollar! Sólo vidrios) o la televisión funcionando las 24 horas del día, como un invitado más de la casa, al que nadie escucha pero necesitan tener encendido. Felizmente, siempre queda mucho por aprender. Un día miércoles enfilamos hacia Wellesley. Ingresar a la espaciosa universidad equivale a cruzar las fronteras del tiempo. Amplísimos parques cuidadosamente mantenidos, lago propio, caminos señalizados, policía y lugares de estacionamiento. Ardillas a granel -habituales en la zona norte del país- y pájaros de todos los colores. Y los edificios, un mundo aparte...(...)...
Los aranceles son muy altos, me explican, pero la intención supera una idea meramente clasista. Así, buena cantidad de becas permiten reunir una aristocracia intelectual que mantiene el renombre del College. Mientras estacionamos, Sadow me otorga, con paciencia, una breve explicación sobre la vestimenta universitaria: mocasines (que pueden ser sin medias) para los profesores de letras, traje y corbata rigurosa para los de otras materias (con dos variantes: cambios de color habituales para los titulares y corrección discreta para los adjuntos, como manera de señalar el ascenso profesional)".

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