25 Julio 2002 Seguir en 
Días atrás, el diputado nacional por Santiago del Estero, José Oscar Figueroa, debió escapar en su propio hogar y refugiarse en un ropero ante la irrupción de un grupo de agresores que invocaron consignas políticas poniendo en peligro su vida. El gravísimo hecho siguió a una serie de circunstancias sin antecedentes desde la restauración democrática, donde la violencia está marcando también el tono discursivo de buena parte de la dirigencia.
Se trata de una retórica que coadyuva a la crisis, pues ha perdido el sentido constructor de la política optando por la destrucción del adversario hasta configurar un grosero estilo de mensaje que menosprecia reconocidos valores de nuestra sociedad. En esa competencia -al parecer sin limitaciones-, se ha llegado inclusive a denunciar sin mayores precisiones la posibilidad de un magnicidio por parte de algún precandidato presidencial, sumando así sin fundamento alguno nuevos motivos de desprestigio para la República, que contribuirán sin duda a los perjuicios que la afectan.
De poco ha valido la advertencia presidencial a esos aspirantes a los poderes públicos para que actúen prudentemente. Al menos, la retórica destemplada y el temor a las agresiones han seguido siendo parte de las incipientes campañas preelectorales, comprometiendo así las relaciones políticas que deberán seguir a las urnas.
Consecuentemente, es muy difícil para el ciudadano común que no dispone de tiempo e información suficiente para indagar sobre las ideas de los candidatos, acceder a las propuestas de esas tribunas, muy pocas veces más preocupadas por alcanzar los cargos en juego, que por contribuir a las soluciones y esperanzas de la ciudadanía.
Por cierto que el tiempo electoral tiene más de lucha que de discusión académica, pero esto no debe impedir que se advierta con firmeza que cuando la política demuele avanza hacia la promoción de la violencia, algo que se viene observando a partir del colapso institucional.
Seguramente que uno de los testimonios más inquietantes que hoy oscurecen los caminos de la vida pública nacional es la creciente descalificación inter pares, que no se detiene en la rivalidad de ideologías diferentes y afecta las relaciones internas de grandes partidos hasta agredir moralmente a sus propios correligionarios.
La sociedad argentina está demostrando frente a la realidad descripta una madurez política desconocida desde hace varias generaciones, pero no ocurre lo mismo entre significativa parte de su dirigencia, que prefiere extremar la violencia del discurso como método de seducción sin otra alternativa que descalificar al adversario.
El recurso del acuerdo, eje insustituible del sistema democrático, parece destinado al fracaso en puntos tan fundamentales como el trabajo, la salud o el respeto de los derechos esenciales, y así parece demostrarlo el denodado esfuerzo de la Mesa del Diálogo Argentino.
Frente a tan inquietante realidad histórica, la ciudadanía enfrenta una de sus más difíciles pruebas al tener que eludir la coyuntura para optar por sus decisiones políticas.
Es ella, inexcusablemente, la convocada con tiempo suficiente y demandas claras a exigir de sus dirigencias las conductas y coincidencias mínimas que pongan término al presente rumbo hacia el desencuentro y la violencia que algunos utilizan como bandera proselitista.
Se trata de una retórica que coadyuva a la crisis, pues ha perdido el sentido constructor de la política optando por la destrucción del adversario hasta configurar un grosero estilo de mensaje que menosprecia reconocidos valores de nuestra sociedad. En esa competencia -al parecer sin limitaciones-, se ha llegado inclusive a denunciar sin mayores precisiones la posibilidad de un magnicidio por parte de algún precandidato presidencial, sumando así sin fundamento alguno nuevos motivos de desprestigio para la República, que contribuirán sin duda a los perjuicios que la afectan.
De poco ha valido la advertencia presidencial a esos aspirantes a los poderes públicos para que actúen prudentemente. Al menos, la retórica destemplada y el temor a las agresiones han seguido siendo parte de las incipientes campañas preelectorales, comprometiendo así las relaciones políticas que deberán seguir a las urnas.
Consecuentemente, es muy difícil para el ciudadano común que no dispone de tiempo e información suficiente para indagar sobre las ideas de los candidatos, acceder a las propuestas de esas tribunas, muy pocas veces más preocupadas por alcanzar los cargos en juego, que por contribuir a las soluciones y esperanzas de la ciudadanía.
Por cierto que el tiempo electoral tiene más de lucha que de discusión académica, pero esto no debe impedir que se advierta con firmeza que cuando la política demuele avanza hacia la promoción de la violencia, algo que se viene observando a partir del colapso institucional.
Seguramente que uno de los testimonios más inquietantes que hoy oscurecen los caminos de la vida pública nacional es la creciente descalificación inter pares, que no se detiene en la rivalidad de ideologías diferentes y afecta las relaciones internas de grandes partidos hasta agredir moralmente a sus propios correligionarios.
La sociedad argentina está demostrando frente a la realidad descripta una madurez política desconocida desde hace varias generaciones, pero no ocurre lo mismo entre significativa parte de su dirigencia, que prefiere extremar la violencia del discurso como método de seducción sin otra alternativa que descalificar al adversario.
El recurso del acuerdo, eje insustituible del sistema democrático, parece destinado al fracaso en puntos tan fundamentales como el trabajo, la salud o el respeto de los derechos esenciales, y así parece demostrarlo el denodado esfuerzo de la Mesa del Diálogo Argentino.
Frente a tan inquietante realidad histórica, la ciudadanía enfrenta una de sus más difíciles pruebas al tener que eludir la coyuntura para optar por sus decisiones políticas.
Es ella, inexcusablemente, la convocada con tiempo suficiente y demandas claras a exigir de sus dirigencias las conductas y coincidencias mínimas que pongan término al presente rumbo hacia el desencuentro y la violencia que algunos utilizan como bandera proselitista.







