24 Julio 2002 Seguir en 
La petrolera argentina Perez Companc acaba de ser comprada por la empresa estatal brasileña Petrobras, por 1.124 millones de dólares y la asunción de un pasivo de 2.000 millones. De esa manera, Petrobras se convierte en el segundo productor de petróleo de la Argentina y en el cuarto del rubro gas. Parece haber constituido una circunstancia decisiva para empujar a Perez Companc a vender, su deuda de 2.300 millones de dólares, que resultaba impagable en el actual cuadro de la economía argentina.
La operación permite apuntar algunas reflexiones generales. Es verdad que la actualidad del mundo ha arrasado con muchos de esos nacionalismos que fueron, durante tantos años, el recurrente "caballito de batalla" de influyentes sectores políticos argentinos. Y que hoy los capitales cruzan velozmente las fronteras para detenerse donde les conviene (sin perjuicio de emigrar rápidamente a las primeras señales de inseguridad).
Pero, aun entendiendo esos movimientos y modificaciones inevitables, parece evidente que un país necesita tener un empresariado genuino; es decir, aquel cuyos capitales sean nacionales. Porque resulta indiscutible que las empresas que, siguiendo la tendencia, se "mundializan", en la misma proporción -y no podía ser de otra manera- se "desargentinizan", lo que no puede considerarse de ningún modo bueno para nuestra República.
En el caso de Perez Companc, la situación de liderazgo que tenía en el rubro hace que el impacto se sienta especialmente. En algo tan fundamental como es el negocio petrolero, los capitales de nuestro poderoso vecino han asumido el control. La causa, como decimos arriba, es de las más comprensibles: una deuda de 2.300 millones de dólares constituye, para cualquier empresa, una auténtica brasa ardiente en las manos de sus dueños, y sacársela de encima resulta imperioso.
Todo esto se vincula estrechamente, como resulta obvio, con la política económica nacional, que debe considerar como un inquietante toque de alerta la operación de Perez Companc, no por nada constituida en la principal noticia de la jornada de ayer, y fuente de las más variadas conjeturas y profecías. En efecto, si los empresarios argentinos optan por deshacerse de sus activos, quiere decir que no encuentran perspectivas para poder subsistir. De allí que una prioridad de nuestra conducción económica debe ser, necesariamente, la de crear las condiciones para que el empresario genuino no se desaliente y pueda progresar razonablemente.
Para nadie es un secreto que esas condiciones no podrán implementarse si no existe una serie de requisitos previos: en especial, una verdadera banca nacional, con la que en estos momentos no puede decirse que contemos. Hay que recordar que no es un esquema sencillo el que encuadra todas estas cosas. Puede decirse que uno de los hechos que retraen a los inversores es su falta de confianza, sin duda, así como la inexistencia de excedentes financieros que les permitan operaciones de esa naturaleza.
La realidad ha demostrado que la devaluación que impulsó el gobierno de Duhalde, lejos de ser una solución para los graves problemas económicos y sociales del país, ha contribuido a profundizar la debacle en todos los niveles, hasta el punto de que las pocas empresas nacionales que quedan en el país, están dando prácticamente manotazos de ahogado para no cerrar su puertas o para evitar ser adquiridas por compañías multinacionales. La devaluación, que no fue acompañada por medidas eficaces, sólo ha conducido al empobrecimiento de los argentinos.
En suma, es una temática amplia y difícil de abarcar en el breve espacio de un comentario periodístico. Pero nos parece que el núcleo del asunto queda subsistente. Debe considerarse del máximo interés contar con un empresariado nacional y han de crearse las condiciones para que este pueda existir y pueda crecer.
La operación permite apuntar algunas reflexiones generales. Es verdad que la actualidad del mundo ha arrasado con muchos de esos nacionalismos que fueron, durante tantos años, el recurrente "caballito de batalla" de influyentes sectores políticos argentinos. Y que hoy los capitales cruzan velozmente las fronteras para detenerse donde les conviene (sin perjuicio de emigrar rápidamente a las primeras señales de inseguridad).
Pero, aun entendiendo esos movimientos y modificaciones inevitables, parece evidente que un país necesita tener un empresariado genuino; es decir, aquel cuyos capitales sean nacionales. Porque resulta indiscutible que las empresas que, siguiendo la tendencia, se "mundializan", en la misma proporción -y no podía ser de otra manera- se "desargentinizan", lo que no puede considerarse de ningún modo bueno para nuestra República.
En el caso de Perez Companc, la situación de liderazgo que tenía en el rubro hace que el impacto se sienta especialmente. En algo tan fundamental como es el negocio petrolero, los capitales de nuestro poderoso vecino han asumido el control. La causa, como decimos arriba, es de las más comprensibles: una deuda de 2.300 millones de dólares constituye, para cualquier empresa, una auténtica brasa ardiente en las manos de sus dueños, y sacársela de encima resulta imperioso.
Todo esto se vincula estrechamente, como resulta obvio, con la política económica nacional, que debe considerar como un inquietante toque de alerta la operación de Perez Companc, no por nada constituida en la principal noticia de la jornada de ayer, y fuente de las más variadas conjeturas y profecías. En efecto, si los empresarios argentinos optan por deshacerse de sus activos, quiere decir que no encuentran perspectivas para poder subsistir. De allí que una prioridad de nuestra conducción económica debe ser, necesariamente, la de crear las condiciones para que el empresario genuino no se desaliente y pueda progresar razonablemente.
Para nadie es un secreto que esas condiciones no podrán implementarse si no existe una serie de requisitos previos: en especial, una verdadera banca nacional, con la que en estos momentos no puede decirse que contemos. Hay que recordar que no es un esquema sencillo el que encuadra todas estas cosas. Puede decirse que uno de los hechos que retraen a los inversores es su falta de confianza, sin duda, así como la inexistencia de excedentes financieros que les permitan operaciones de esa naturaleza.
La realidad ha demostrado que la devaluación que impulsó el gobierno de Duhalde, lejos de ser una solución para los graves problemas económicos y sociales del país, ha contribuido a profundizar la debacle en todos los niveles, hasta el punto de que las pocas empresas nacionales que quedan en el país, están dando prácticamente manotazos de ahogado para no cerrar su puertas o para evitar ser adquiridas por compañías multinacionales. La devaluación, que no fue acompañada por medidas eficaces, sólo ha conducido al empobrecimiento de los argentinos.
En suma, es una temática amplia y difícil de abarcar en el breve espacio de un comentario periodístico. Pero nos parece que el núcleo del asunto queda subsistente. Debe considerarse del máximo interés contar con un empresariado nacional y han de crearse las condiciones para que este pueda existir y pueda crecer.







