22 Julio 2002 Seguir en 
Como lo informamos oportunamente, los gremios docentes resolvieron la no iniciación de las clases en los establecimientos educativos de Tucumán, por la falta de cancelación de los sueldos del mes de junio. La medida, está de más decirlo, preocupa a la población en general, dado el perjuicio que causa en la formación de sus hijos.
Es por todos conocido que los problemas salariales de referencia tienen que ver con la crisis económica que sacude al país y por cierto a la provincia. La falta de moneda, el desempleo y la pobreza son cuestiones que están a la vista de todos y que afectan a todas las actividades; entre ellas, la normalidad de los pagos del Estado a los docentes.
Pero pensamos que, de todas maneras, debieran buscarse los caminos para que la educación no sufra interrupciones, y se constituya siempre en una verdadera prioridad del gasto público, por grandes que sean las dificultades vigentes. La experiencia internacional así lo indica claramente. Los países más desarrollados del mundo han llegado a esa situación y la mantienen, porque atienden debidamente los diversos niveles de la instrucción pública, y aseguran el dinero necesario para que ella crezca de modo constante.
No debe olvidarse que la educación representa siempre una inversión a futuro. Se trata de un esfuerzo que, si tiene carácter de sostenido y de creciente, fructifica a lo largo del tiempo. Ni bien se organizó la Argentina, sus constituyentes de 1853 demostraron tanta preocupación por el terreno educativo, que incluyeron a la instrucción pública, en pie de igualdad con la administración de Justicia y el régimen municipal, entre los requisitos obligatorios de los estatutos de las provincias, para que estas pudieran disfrutar de la garantía federal en sus instituciones.
El país moderno se formó, así, en la segunda mitad del siglo XIX, gracias a la pasión que muchos de nuestros próceres, como Sarmiento y Avellaneda, pusieron en aquel rubro, cuyo crecimiento y expansión cuidaron de mantener por encima de las circunstancias más críticas. Sembraron, de tal modo, una semilla cuyos frutos pronto pudo recoger la nación. El entusiasmo y la decisión que aquellos prohombres pusieron en todo lo que significara educar al pueblo, creó la conciencia de un aval oficial a la enseñanza.
No puede decirse que ocurra lo mismo en la actualidad. Comprendemos que no es sencillo. Tenemos una sociedad mucho más numerosa y compleja, y las acciones que reclama educar a sus hijos revisten mucha mayor magnitud; con el agravante de un contexto económico cargado de dificultades a las cuales todavía no se les encuentra salida. Pero nos parece que, de todas maneras, el sistema educativo dista de haber perdido su carácter fundamental. Al contrario, tal carácter ha adquirido mucha mayor fuerza.
Puesto que estamos en una crisis, solamente podremos salir de ella creando un clima de progreso a través del conocimiento. A pesar de las ostensibles dificultades materiales, no puede aceptarse que se detenga u obstaculice el progreso de la educación. Como el alimento, el techo y la salud, la formación de la niñez constituye uno de esos aspectos que ninguna dificultad autoriza a descuidar.
Ha de buscarse, entonces, una urgente salida a la situación planteada, tanto para solucionarla hoy como para que no vuelva a repetirse mañana. Hay que tener claro que hasta que la educación no ocupe un lugar central, resultará difícil contener la decadencia que aflige a nuestro país y a nuestra provincia en estos últimos tiempos.
Urge alentar un resurgimiento a partir de la inteligencia, y ello no puede lograrse sino a través de la educación. Obtendremos así ese recurso humano insustituible, que nos permitirá ubicarnos entre los mejores en un mundo signado por la alta e intensa competencia.
Es por todos conocido que los problemas salariales de referencia tienen que ver con la crisis económica que sacude al país y por cierto a la provincia. La falta de moneda, el desempleo y la pobreza son cuestiones que están a la vista de todos y que afectan a todas las actividades; entre ellas, la normalidad de los pagos del Estado a los docentes.
Pero pensamos que, de todas maneras, debieran buscarse los caminos para que la educación no sufra interrupciones, y se constituya siempre en una verdadera prioridad del gasto público, por grandes que sean las dificultades vigentes. La experiencia internacional así lo indica claramente. Los países más desarrollados del mundo han llegado a esa situación y la mantienen, porque atienden debidamente los diversos niveles de la instrucción pública, y aseguran el dinero necesario para que ella crezca de modo constante.
No debe olvidarse que la educación representa siempre una inversión a futuro. Se trata de un esfuerzo que, si tiene carácter de sostenido y de creciente, fructifica a lo largo del tiempo. Ni bien se organizó la Argentina, sus constituyentes de 1853 demostraron tanta preocupación por el terreno educativo, que incluyeron a la instrucción pública, en pie de igualdad con la administración de Justicia y el régimen municipal, entre los requisitos obligatorios de los estatutos de las provincias, para que estas pudieran disfrutar de la garantía federal en sus instituciones.
El país moderno se formó, así, en la segunda mitad del siglo XIX, gracias a la pasión que muchos de nuestros próceres, como Sarmiento y Avellaneda, pusieron en aquel rubro, cuyo crecimiento y expansión cuidaron de mantener por encima de las circunstancias más críticas. Sembraron, de tal modo, una semilla cuyos frutos pronto pudo recoger la nación. El entusiasmo y la decisión que aquellos prohombres pusieron en todo lo que significara educar al pueblo, creó la conciencia de un aval oficial a la enseñanza.
No puede decirse que ocurra lo mismo en la actualidad. Comprendemos que no es sencillo. Tenemos una sociedad mucho más numerosa y compleja, y las acciones que reclama educar a sus hijos revisten mucha mayor magnitud; con el agravante de un contexto económico cargado de dificultades a las cuales todavía no se les encuentra salida. Pero nos parece que, de todas maneras, el sistema educativo dista de haber perdido su carácter fundamental. Al contrario, tal carácter ha adquirido mucha mayor fuerza.
Puesto que estamos en una crisis, solamente podremos salir de ella creando un clima de progreso a través del conocimiento. A pesar de las ostensibles dificultades materiales, no puede aceptarse que se detenga u obstaculice el progreso de la educación. Como el alimento, el techo y la salud, la formación de la niñez constituye uno de esos aspectos que ninguna dificultad autoriza a descuidar.
Ha de buscarse, entonces, una urgente salida a la situación planteada, tanto para solucionarla hoy como para que no vuelva a repetirse mañana. Hay que tener claro que hasta que la educación no ocupe un lugar central, resultará difícil contener la decadencia que aflige a nuestro país y a nuestra provincia en estos últimos tiempos.
Urge alentar un resurgimiento a partir de la inteligencia, y ello no puede lograrse sino a través de la educación. Obtendremos así ese recurso humano insustituible, que nos permitirá ubicarnos entre los mejores en un mundo signado por la alta e intensa competencia.







