06 Julio 2005 Seguir en 
La semana pasada, el Senado de los Estados Unidos aprobó por 54 votos contra 45, o sea ajustadamente, el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre ese país y seis naciones de América Central y el Caribe: Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y la República Dominicana, al que se conoce como CAFTA. Falta todavía la ratificación por parte de la Cámara Baja, lo que promete no ser tarea simple.
Pero lo ya ocurrido en el Senado acerca ciertamente al CAFTA a convertirse en una realidad. Lo cierto es que sin que se apruebe este tratado, nuestro aún lejano LAFTA, o ALCA, probablemente no podría avanzar. El CAFTA liberará sustancialmente de restricciones a unos U$S 32.000 millones de intercambio comercial anual entre sus miembros. Para América Central esto supone promover especialmente su industria de la indumentaria, que utiliza materia prima norteamericana y es mano de obra intensiva, por lo que genera una importante cuota de ocupación. En este capítulo, Estados Unidos destinará unos U$S 160 millones a lo largo de los próximos cuatro años para que en América Central se cumplan y se respeten las normas laborales.
El CAFTA también ayudará a incrementar las exportaciones agropecuarias de América Central hacia Estados Unidos. En este segundo capítulo, el gran obstáculo -como se preveía- ha sido el sector azucarero norteamericano, que opera fuertemente protegido por restricciones a la importación. En rigor, el comercio del azúcar no se liberará -en el marco del CAFTA- hasta dentro de dos años. Pero los norteamericanos pagarán por ello a la industria azucarera centroamericana unos U$S 150 millones anuales -en productos rurales- por "no exportar" a Estados Unidos. En 2007, este rubro será nuevamente analizado, aunque se apunta a que desde entonces -paulatinamente- quede liberado de las restricciones convenidas.
Si la apertura comercial generada por el CAFTA provoca alguna desocupación en sectores particulares del agro centroamericano, habrá unos U$S 150 millones disponibles para re-entrenar a sus titulares en otras ocupaciones o cultivos.
En el transcurso de la sesión legislativa que se ocupó del CAFTA ocurrió algo también importante en un andarivel diferente. A pedido del secretario del Tesoro, John Snow, y del presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, el Senado decidió postergar la votación del proyecto de ley de los senadores Lindsey Gram y Charles Schumer, que propone que -salvo que China revalúe su moneda, el "renminbi", de inmediato- todos los productos de origen chino queden sujetos automáticamente a un fuerte derecho de importación a EE.UU., del 27,5%. Esto porque voceros del Poder Ejecutivo informaron del avance positivo que parecen estar teniendo las conversaciones bilaterales sobre el reajuste del valor de cambio del signo monetario chino, lo que sugiere que el proceso de corrección del valor del "renminbi" estaría ya avanzado. Para dos potencias comerciales del tamaño de Estados Unidos y de China siempre es mejor poder actuar por la vía de la persuasión y el diálogo, que por la de la coacción y el enfrentamiento. El tiempo dirá si el optimismo que hoy transmite la administración norteamericana está, en esto, justificado o no. (Exclusivo para LA GACETA)
Pero lo ya ocurrido en el Senado acerca ciertamente al CAFTA a convertirse en una realidad. Lo cierto es que sin que se apruebe este tratado, nuestro aún lejano LAFTA, o ALCA, probablemente no podría avanzar. El CAFTA liberará sustancialmente de restricciones a unos U$S 32.000 millones de intercambio comercial anual entre sus miembros. Para América Central esto supone promover especialmente su industria de la indumentaria, que utiliza materia prima norteamericana y es mano de obra intensiva, por lo que genera una importante cuota de ocupación. En este capítulo, Estados Unidos destinará unos U$S 160 millones a lo largo de los próximos cuatro años para que en América Central se cumplan y se respeten las normas laborales.
El CAFTA también ayudará a incrementar las exportaciones agropecuarias de América Central hacia Estados Unidos. En este segundo capítulo, el gran obstáculo -como se preveía- ha sido el sector azucarero norteamericano, que opera fuertemente protegido por restricciones a la importación. En rigor, el comercio del azúcar no se liberará -en el marco del CAFTA- hasta dentro de dos años. Pero los norteamericanos pagarán por ello a la industria azucarera centroamericana unos U$S 150 millones anuales -en productos rurales- por "no exportar" a Estados Unidos. En 2007, este rubro será nuevamente analizado, aunque se apunta a que desde entonces -paulatinamente- quede liberado de las restricciones convenidas.
Si la apertura comercial generada por el CAFTA provoca alguna desocupación en sectores particulares del agro centroamericano, habrá unos U$S 150 millones disponibles para re-entrenar a sus titulares en otras ocupaciones o cultivos.
En el transcurso de la sesión legislativa que se ocupó del CAFTA ocurrió algo también importante en un andarivel diferente. A pedido del secretario del Tesoro, John Snow, y del presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, el Senado decidió postergar la votación del proyecto de ley de los senadores Lindsey Gram y Charles Schumer, que propone que -salvo que China revalúe su moneda, el "renminbi", de inmediato- todos los productos de origen chino queden sujetos automáticamente a un fuerte derecho de importación a EE.UU., del 27,5%. Esto porque voceros del Poder Ejecutivo informaron del avance positivo que parecen estar teniendo las conversaciones bilaterales sobre el reajuste del valor de cambio del signo monetario chino, lo que sugiere que el proceso de corrección del valor del "renminbi" estaría ya avanzado. Para dos potencias comerciales del tamaño de Estados Unidos y de China siempre es mejor poder actuar por la vía de la persuasión y el diálogo, que por la de la coacción y el enfrentamiento. El tiempo dirá si el optimismo que hoy transmite la administración norteamericana está, en esto, justificado o no. (Exclusivo para LA GACETA)






