En nuestra vida diaria, muchas veces escribimos con un propósito inmediato: tomar un apunte, anotar un dato o recordar algo importante. En esas ocasiones, procuramos hacerlo con rapidez. Pero hay otras situaciones en las que podemos elegir un ritmo diferente y dedicar más tiempo a las palabras que escribimos. La taquigrafía me enseñó que registrar la palabra hablada requiere precisión y rapidez. Sin embargo, al trabajar con la caligrafía taquigráfica descubrí otra posibilidad: aquellos mismos signos que utilizaba para tomar apuntes podían realizarse sin prisa, con una finalidad distinta. En 2010, al realizar la lámina de la canción “A mi manera”, dibujé lentamente los signos, procurando que expresaran la belleza que había descubierto en ellos. Un año después, en 2011, al participar en París en el Campeonato Mundial de Taquigrafía a Lápiz, la situación fue muy diferente: allí debía escribir con la mayor velocidad posible. En una experiencia, la atención estaba puesta en la expresión estética de los signos; en la otra, en la exactitud y la rapidez del registro. Esto me llevó a comprender que la escritura no tiene un único ritmo. Cuando necesitamos tomar notas de una exposición, la velocidad resulta fundamental. En cambio, al preparar una dedicatoria, redactar una carta o realizar un trabajo caligráfico, podemos concedernos más tiempo. Cada situación plantea una necesidad diferente y nos permite relacionarnos de otra manera con lo que escribimos. También cambia nuestra forma de abordar la tarea. Cuando tomamos apuntes, ya sea en escritura común o en taquigrafía, procuramos recoger la información sin perder detalles importantes. Cuando escribimos sin apuro, podemos detenernos a elegir una palabra, revisar una frase o considerar si hemos expresado con claridad lo que pensamos. No se trata de convertir cada texto en una obra artística, sino de reconocer que algunas ocasiones merecen un cuidado especial. Esta diferencia permite entender mejor la relación entre la caligrafía y la taquigrafía. Aunque sus objetivos son distintos, ambas requieren práctica y dominio de sus respectivos procedimientos. La caligrafía presta especial atención a la forma, las proporciones y la disposición de las letras; la taquigrafía busca registrar la palabra hablada con precisión y rapidez. La caligrafía taquigráfica me permitió trabajar con los signos desde una perspectiva estética, sin perder de vista su función original. No necesitamos realizar un trabajo especializado para experimentar otro modo de escribir. Una carta, una nota en un diario personal, unas líneas en una agenda o una dedicatoria pueden ser suficientes. A veces, basta con disponer de unos minutos para escribir con cuidado, revisar lo realizado y decidir cómo queremos presentar nuestras palabras. Las herramientas digitales nos permiten registrar y transmitir información de manera ágil, y su utilidad forma parte de nuestra vida cotidiana. La escritura manual, por su parte, sigue ofreciéndonos distintas posibilidades. No es necesario elegir entre una y otra, sino reconocer que podemos recurrir a diferentes medios según nuestras necesidades y propósitos. Tal vez una de las enseñanzas de la escritura sea que no todas las tareas requieren la misma velocidad. Hay momentos en los que necesitamos actuar con celeridad y otros en los que conviene detenernos a considerar lo que hacemos. Saber distinguir esas situaciones nos permite encontrar el ritmo más adecuado para cada actividad. Escribir lentamente no significa renunciar a la escritura veloz ni considerar que una forma de escritura es superior a otra. Significa reconocer que podemos elegir distintos ritmos para distintas finalidades. Porque, a veces, el valor de escribir no está solamente en llegar al resultado, sino también en saber cuándo vale la pena tomarse un poco más de tiempo.
Martín E. Córdoba
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