Las elecciones brasileñas constituyen un episodio de la actual guerra mundial. Someter a América Latina a un protectorado político de Estados Unidos, como ya lo es Venezuela. Por sí mismas no resuelven ningún aspecto de esta crisis histórica, como lo pretenden quienes elevan al voto popular a la categoría de manifestación inquebrantable de soberanía política. El resultado del primer turno, el domingo 4 de octubre pasado, dio lugar a disputas y provocaciones acentuadas, que se agravarán con el triunfo de Lula. Podrían desatar, en sus variantes más extremas, una intervención militar. En Brasil se encuentra instalada una tendencia paraestatal, relativamente fuerte, que se manifestó, el año pasado, en el asalto a las favelas de Río de Janeiro por parte de milicias movilizadas por gobernadores de ultraderecha al margen de las autoridades federales y de las Fuerzas Armadas. El cuadro electoral señala un hecho incontrastable: el futuro Poder Ejecutivo no contará con una mayoría federal de estados ni del Congreso Nacional. Es lo que le ocurre ahora al gobierno actual del Frente Amplio (confundido como Gobierno del Partido de los Trabajadores). Los patrocinadores internacionales de Bolsonaro, la camarilla de Trump, tienen también una agenda contradictoria. Para Marco Rubio, el secretario de Estado, una derrota o derrocamiento del Frente Amplio era necesaria para apuntalar su propósito de asalto militar a Cuba. La pertenencia a los Brics no ofrece a Brasil ni al Frente Amplio una defensa internacional. China en particular pretende continuar su instalación inversora en América Latina a la sombra de la tutela política militar de Estados Unidos; lo prueba la concesión de su primacía en el canal de Panamá, la tolerancia con el asalto militar de Trump a Venezuela y la aceptación de una coexistencia inestable con Keiko Fujimori en Perú. Lo mismo ocurre con Rusia, que se ha visto desalojada sin resistencia de la cuenca petrolera venezolana del Orinoco. Lula ha acogido favorablemente el planteo de reincorporar al protectorado venezolano al Mercosur, efectuado por Santiago Peña, el presidente de Paraguay. Pero con una deuda pública de corto plazo (cuatro años) de 1.8 billones de dólares, un déficit fiscal de 0,9 billones y un nivel enorme de insolvencia en cuanto a deudas bancarias personales, el Frente Amplio pagaría su victoria electoral con un ajuste de cuentas severo. La cúpula Lula se encuentra dividida en cuanto al ajuste, que es apoyada por una mayoría. La clase obrera de Brasil no ha dejado de luchar por sus reivindicaciones, en especial en la gran industria y en la Educación Nacional. En la memoria histórica de los trabajadores de Brasil permanece viva la lucha que libró para desalojar a la última dictadura, mediante manifestaciones de masas. La remontada no fue de Lula sino del pueblo que se movilizó para que no gane Bolsonaro. La movilización de los trabajadores, cuando se rememoraba el pasado de Lula como un obrero clasista, es la perspectiva de una movilización política por un gobierno de trabajadores. Así de extremas están planteadas las cosas. La hora de la moderación institucional es parte del pasado.
Pedro Pablo Verasaluse
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