Emprender no es tener éxito siempre: tres historias que inspiran a los jóvenes en Elevate 2026
Juan Bautista Terán, Maxi Bravo, Matías Páez y Daniela Hoyos compartieron sus experiencias en el cierre de Elevate Tucumán 2026. Ante cientos de estudiantes, hablaron de las caídas, los errores y la pasión que los llevó a empezar de nuevo.
Resumen para apurados
- En el teatro Mercedes Sosa, emprendedores tucumanos expusieron sus fracasos y logros ante cientos de estudiantes en el cierre de Elevate 2026 para motivar la resiliencia juvenil.
- Los disertantes relataron pérdidas económicas, estafas y crisis de producción, explicando cómo la persistencia y el uso de redes sociales les permitieron consolidar sus empresas.
- La iniciativa busca desmitificar el éxito inmediato y fomentar en las nuevas generaciones la capacidad de transformar adversidades en oportunidades de desarrollo productivo.
Hay una foto que Juan Bautista Terán no necesita buscar demasiado para recordar. En ella está sentado, a punto de llorar. La máquina que había comprado para aumentar la producción de sus barritas no había funcionado. Había invertido sus ahorros en una solución que prometía resolverle todos los problemas y, en cambio, se había quedado sin una sola barrita nueva para vender. Los clientes seguían esperando. La plata se había terminado y él no sabía cómo salir de esa situación.
El cofundador de Zanas, de 24 años, eligió esa escena para contar su historia ante cientos de estudiantes que participaron del cierre de Elevate Tucumán 2026, la iniciativa que contó con el apoyo del Ministerio de Educación y tuvo su gran cierre en el teatro Mercedes Sosa. No llevó una fórmula para alcanzar el éxito ni una lista de decisiones infalibles. Habló de lo que sucede cuando las cosas no salen como uno espera, incluso cuando el negocio parece marchar bien.
"Hay veces que cuesta", les dijo. Y en esa frase, sencilla y alejada de cualquier promesa de éxito inmediato, encontró el punto de partida para hablar de emprender.
La imagen del empresario que siempre acierta suele dejar afuera una parte importante de la historia. Terán lo comprobó cuando las 600 barritas que producía por día dejaron de alcanzar para abastecer la demanda. Hasta entonces había dedicado buena parte de su tiempo a imaginar todo lo que podía salir mal. Nunca se había preparado para que la gente quisiera comprar más de lo que él podía fabricar.
El problema lo obligó a buscar alternativas. La máquina que debía duplicar la producción terminó convertida en una frustración, pero no en el final del proyecto. Junto con su hermano, Santiago, decidió trabajar más horas y sostener la fabricación artesanal hasta encontrar una salida.
Hoy, asegura, su producto llega a miles de consumidores cada día. Pero cuando mira hacia atrás, no se detiene solamente en las cifras. Recuerda a ese joven que estuvo a punto de llorar y que, aun así, volvió a intentarlo.
"Creo que lo que caracteriza al espíritu emprendedor, sobre todo, son las ganas y el amor por lo que uno hace", expresó. Para él, esa pasión no se limita a los negocios. También puede estar en la música, el arte o el cine. Lo importante es encontrar aquello que moviliza a cada persona y animarse a perseguirlo, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
Empezar de nuevo
La historia de Maxi Bravo, de Xetro, también tuvo un momento en el que todo lo construido pareció desmoronarse. Antes de desarrollar su empresa actual, había creado un primer emprendimiento a partir de una dificultad cotidiana. Cuando tenía 18 años, viajar desde su barrio hasta el centro para estudiar en la Universidad Tecnológica podía demandarle alrededor de dos horas. A veces, incluso, llegaba a la parada y no tenía dinero para pagar el colectivo.
Aquella experiencia se convirtió en una oportunidad para desarrollar un software que llegó a ser utilizado por más de 500.000 personas, "Tucubondi". Después vinieron los viajes, el descubrimiento de otros mercados y la decisión de volver a Tucumán para construir una empresa con proyección internacional.
El crecimiento fue rápido. El equipo pasó de ser un pequeño grupo a reunir casi 120 personas. También aumentaron las responsabilidades y las dificultades que Bravo no había dimensionado al principio. Entre ellas, un conflicto que terminó con la pérdida del nombre de un proyecto en el que habían trabajado durante casi diez años. A eso se sumaron una estafa y problemas personales que, según contó, también repercutieron en su salud.
No ocultó esa parte de su recorrido. Al contrario, la puso en el centro de su relato para explicar que emprender implica aprender a atravesar situaciones que no siempre se pueden anticipar.
En su caso, la convicción de aquel chico que soñaba con tener una empresa permaneció intacta. "No abandonen sus sueños con todas las adversidades que tengan, y que nadie les diga que no pueden", les recomendó a los estudiantes.
Su historia también dejó otra idea sobre la mesa. Las dificultades que presenta el país no necesariamente impiden desarrollar proyectos que lleguen a otros mercados. Para Bravo, aprender a resolver problemas en un entorno complejo puede convertirse en una fortaleza.
De no poder comprar un sillón a dar trabajo a 30 familias
Matías Páez y Daniela Hoyos, fundadores de Chester Home, encontraron el origen de su empresa en una situación mucho más doméstica. Después de más de 15 años de experiencia emprendedora, la pandemia los dejó sin el negocio de indumentaria femenina que había sido su sustento. En ese mismo momento se estaban mudando y no tenían dinero para comprar un sillón.
La pregunta que se hicieron fue sencilla: ¿por qué no fabricar muebles lindos y económicos, al alcance de personas que estuvieran pasando por una situación similar?
Así nació Chester Home, a partir de una necesidad propia y con recursos limitados. Daniela comenzó a filmar su casa y a compartir su vida cotidiana en las redes sociales. No esperó a tener una vivienda impecable ni una fábrica equipada para mostrar lo que hacía. Se presentó tal como era, mientras estaba embarazada, criaba a sus hijas y trabajaba entre el polvo y las máquinas.
Las publicaciones empezaron a llegar a usuarios de distintas provincias. Las ventas crecieron y la pequeña fábrica quedó pronto chica para responder a los pedidos. Lo que había comenzado como una alternativa para recuperar el sustento familiar se transformó en una empresa que, según contaron, hoy ocupa una superficie de 3.000 metros cuadrados y da trabajo a más de 30 familias.
"Cuando uno se cae, el otro se levanta, y viceversa", dijo Daniela al recordar el camino que recorrieron juntos. La frase también resumió una de las condiciones que hicieron posible el proyecto: sostenerse mutuamente cuando las dificultades amenazaban con frenar el crecimiento.
A los estudiantes les habló, además, de una herramienta que estuvo presente desde el comienzo. El teléfono con el que filmaba su casa se convirtió en una vía para mostrar los productos y llegar a clientes de todo el país. No necesitaron esperar a tener un local físico ni una estructura de marketing para empezar a vender.
Matías, por su parte, recordó que el crecimiento también los enfrentó con problemas de producción. Cuando la demanda superó su capacidad de fabricación, tuvieron que revisar procesos y aprender a producir más rápido. Vender más no resolvía por sí solo el desafío de sostener la empresa.
La pasión
Las tres historias fueron distintas, pero compartieron una misma tensión. Los proyectos crecieron, encontraron clientes y generaron trabajo, aunque ninguno avanzó sin tropiezos. Hubo inversiones que no dieron resultado, negocios que se perdieron, dificultades para responder a la demanda y decisiones que debieron tomarse sin tener todas las respuestas.
En el escenario del Mercedes Sosa, ante jóvenes que durante el año habían trabajado en sus propios proyectos con el acompañamiento de empresarios, esas experiencias ofrecieron una mirada concreta sobre el mundo al que muchos aspiran a ingresar.
Terán volvió sobre el motivo que lo llevó a compartir el recuerdo de aquella máquina que no produjo ni una sola barrita. No se trataba de mostrar cuánto había crecido Zanas, sino de explicar qué hizo cuando el proyecto quedó al borde de una crisis. La respuesta no fue una fórmula de negocios. Fue volver a trabajar, buscar una solución y sostener las ganas de hacer aquello que le gustaba.
"Una vez que empiezan a sentir eso de estar haciendo lo que les apasiona y que a la gente le gusta, y a ustedes les gusta sobre todo, creo que por ahí va la felicidad a lo largo de la vida", reflexionó.







