La franja del Pacífico y cordillerana de América del Sur atraviesa una secuencia sísmica que enciende todas las alarmas. La fractura tectónica no entiende de fronteras, pero la vulnerabilidad sí entiende de gestión pública, planificación urbana e infraestructura básica. Lo que comenzó con un doble y trágico sismo en Venezuela, prosiguió con fuertes temblores en Colombia y luego Perú y recientemente golpeó con fuerza a Panamá, no es un hecho aislado, es un recordatorio feroz de que habitamos una región dinámicamente viva y potencialmente destructiva. Frente a esta cadena de eventos surge una pregunta inevitable y urgente, ¿cuánto falta para que esa energía se manifieste con fuerza en la Argentina y qué tan preparados estamos para responder? La respuesta breve es incómoda, no se trata de si va a ocurrir, sino de cuándo. La Argentina no es ajena al fenómeno. Aunque el sentido común colectivo suele asociar el riesgo sísmico únicamente a las provincias cuyanas como San Juan y Mendoza, la realidad geotectónica muestra que la influencia de la placa de Nazca deslizándose debajo de la Sudamericana afecta una porción extendida de nuestro territorio, alcanzando el Noroeste (Salta, Jujuy, La Rioja, Catamarca) e incluso registrando actividad en zonas atípicas. El verdadero problema radica en la falsa sensación de seguridad y en la marcada asimetría de la prevención. Salvo en las provincias históricamente afectadas, la población general ignora las pautas básicas de autoprotección, los protocolos de evacuación y la preparación de kits de emergencia. No soy geólogo, ni geofísico, pero durante una visita a mi hijo y mi nuera en Ciudad de México, cinco meses después del fatídico sismo del 19 de septiembre de 2017, del que gracias a Dios resultaron ilesos, me tocó un par de veces sentir la tierra moviéndose bajo mis pies como el Samba del Italpark. Previo a la sacudida, en mi celular sonó la app de alerta sísmica, al igual que los altavoces ubicados en las bocacalles anunciaban con sirena de fondo la proximidad del fenómeno. Esa experiencia directa marca un antes y un después en cómo se percibe el peligro. El modelo de Ciudad de México, desarrollado desde la tragedia de 1985, demuestra que la tecnología de alerta temprana no sirve de nada si no está acoplada a una población educada que sabe reaccionar en cuestión de segundos. En la Argentina existe una desconexión peligrosa, asumimos que como el fenómeno no es cotidiano en la mayor parte del país, no vale la pena invertir en educación ciudadana masiva. Sin embargo, la cultura de prevención no debería ser un privilegio regional de San Juan o Mendoza, sino un hábito nacional básico. Así como se pauta en medios y redes sobre prevención de dengue o campañas de vacunación, el Estado debería difundir de forma continua las pautas elementales como identificar zonas seguras en interiores, cortar suministros de gas y luz, y mantener la mochila de emergencia lista. En México o Chile, los simulacros son ejercicios que involucran escuelas, oficinas, comercios y transporte público. Acá, en la gran mayoría de las provincias, son eventos excepcionales o inexistentes fuera del ámbito escolar cuyano. Pero la alerta solo gana tiempo si la persona sabe exactamente qué hacer en los 30 o 45 segundos previos a la onda sísmica. La diferencia entre el pánico destructivo y una evacuación ordenada es sencillamente la información previa. Cuando el protocolo se vuelve acto reflejo se salvan vidas. La tierra ya dio sus avisos al norte del continente. Pretender que la cordillera se detiene en nuestros límites internacionales es una negligencia política y social. La prevención sísmica no debe ser una prioridad que se recuerde únicamente cuando las paredes tiemblan o la tierra cruje, sino una política de Estado permanente.
Francisco Manuel Silva
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