Por Fabián Gautero
Para LA GACETA - TUCUMÁN
Homero, en el canto XIX de la Odisea, cuenta que, cuando Ulises es corneado por un jabalí, los hijos de Autólico le colocan una venda en la pierna y recitan un ensalmo mientras lo hacen. No dice que la herida sanó por magia. Dice que “con cantos cortaron el flujo de la sangre”. La palabra no era un adorno: era parte del tratamiento.
Antes del diván
Los primeros cristianos tomaron la palabra cura y la elevaron. Hablaron de la cura animarum: el cuidado de las almas. En la Edad Media, en Francia, el párroco empezó a ser llamado curé. El nombre del oficio pasó a designar a la persona: el que cuidaba se convirtió en el cura. Y el cura no curaba con bisturíes, sino con la palabra. Escuchaba, aconsejaba, absolvía, consolaba. Su consultorio era el confesionario. Su técnica, la atención sostenida sobre un alma que sufría.
El pharmakon griego
El filósofo Gorgias, en el siglo V a. C., comparó los fármacos con las palabras: el logos es una droga que puede sanar o envenenar el alma. La palabra nunca es inocente. La interpretación que libera puede ser también la que aprisiona. La frase que consuela puede ser la que humilla. Quienes ejercemos la psicología debemos tener siempre presente esa ambivalencia. No hay técnica que nos vacune contra ese riesgo. Solo la conciencia de que manejamos, cada vez que hablamos, un pharmakon.
Cuando la palabra encuentra el tono justo, cuando el relato se organiza y alguien lo escucha sin juzgar, ocurre algo que ninguna píldora puede replicar. Ocurre que el caos se vuelve historia. Y una historia, a diferencia de un síntoma, tiene principio, nudo y -esto es lo decisivo- un final posible.
La “voz” que le faltaba a la medicina
Durante siglos, la medicina hizo del cuerpo su territorio. Lo abordó y, no sin resistencias, logró colonizarlo dándole nombres a cientos de afecciones. Pero fueron las heridas que nunca cicatrizaban las que obligaron a la medicina a abrirle sus puertas a la psicología.
El sistema judicial también hizo lo propio. Los tribunales descubrieron que un niño que declara en una causa de abuso no puede ser interrogado como un adulto; que una mujer que denuncia violencia necesita ser escuchada sin ser revictimizada. El psicólogo forense entró a los juzgados para traducir lo que las víctimas no podían expresar con palabras.
La educación hizo lo mismo. Los gabinetes psicopedagógicos se multiplicaron. El psicólogo entró al aula no para patologizar a nadie, sino para recordar que detrás de cada boletín hay una historia, y esa historia importa.
Hoy el psicólogo trabaja en hospitales, tribunales y escuelas, pero también en empresas, clubes y cárceles. Fue convocado a esos ámbitos porque todos, en algún momento, se toparon con un límite: el límite de la técnica sin escucha, del protocolo sin palabra, de la institución sin alma.
La paradoja argentina
Vivimos una época extraña. Argentina tiene más psicólogos por habitante que cualquier otro país del mundo. Nunca antes se habló tan abiertamente de ansiedad, depresión o trauma. Y, sin embargo, más de la mitad de los argentinos que atraviesan una crisis emocional no puede acceder a un tratamiento por razones económicas o de otro tipo.
A esto se suma una amenaza inusitada: aplicaciones y chatbots que prometen orientación psicológica las 24 horas. Estas herramientas no pueden reemplazar el vínculo terapéutico, pero están ahí, al alcance de la mano. Es necesario recordar que lo que ninguna inteligencia artificial puede replicar es el acto de estar con otro en su sufrimiento.
Lo que realmente celebramos
Lo que celebramos no es meramente una profesión sino un linaje. Somos herederos de antiguas prácticas: del cura medieval y su cura animarum, de los sanadores que curan con las manos, de la creación a través de la palabra.
Somos las historias que podemos contar sobre nosotros mismos. Cuando una experiencia queda fuera del relato, nos habita como un síntoma, como una sombra. Cuando encuentra palabras, cuando alguien la escucha y la sostiene, deja de ser un agujero en la identidad y se convierte en un capítulo más de una vida que sigue teniendo sentido.
La puerta abierta
La terapia no es un lujo ni una debilidad. Más allá de las orientaciones teóricas, es un espacio donde alguien te escucha sin juzgarte, sin apurarte, sin recetarte respuestas automáticas. Es un lugar donde tu historia, por fin, puede ser contada. En ese acto, la recuperación del sentido abre un horizonte de vida posible y de esperanza en un futuro ajeno a la predestinación.
La palabra, cuando es respetada en todos sus alcances, es capaz de construir lo imposible. Cuando es silenciada y olvidada, nos arroja a una existencia sin sentido.
Cada 13 de octubre celebramos estar ahí, escuchando y dándole espacio a la palabra.
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Fabián Gautero - Psicólogo, filósofo y escritor.







