Por Sergio Silva Velázquez
Para LA GACETA - ARACATACA (Colombia)
Sobre el relieve de un banco del Camellón de los Almendros hay una palabra emblemática y extraña: Macondo. Sobre otro banco, otra: Comala. Las tierras fundacionales de la literatura grande latinoamericana aparecen en este espacio intervenido por un artista. Los ríos de tinta de Cien años de soledad y Pedro Páramo se cruzan en este punto, en el que me encuentro a media mañana, bajo el calor abrasante caribeño, mientras pretendo capturar la atmósfera que inspiró nada menos que un monumento literario.
He viajado en una carcacha artesanal desde Santa Marta y me he encontrado con la referencia de un camino para llegar a mi destino: Aracataca-Macondo, Colombia. Vengo a intentar desunir lo real de lo ficticio. No puedo imaginar un lugar más periférico e improbable para un Premio Nobel, pero aquí es donde nació Gabriel García Márquez, el genio literario más adorado por la diosa fortuna: el hombre del que nadie creyó que llegaría a ser sino lo que terminaría siendo, venciendo cualquier mal augurio.
La obra maestra más imitada tiene su hálito inicial aquí, en Aracataca, y cada esquina se encarga de recordárnoslo con murales de mariposas amarillas, ascensos inexplicables atribuidos al milagro y la cara paternal sonriente del autor. La casa museo, la que daría el primer título a la novela, La Casa, es exactamente lo que imaginamos: las cunas y camas metálicas, un pequeño horno de la época para calentar el pan, un acordeón para las parrandas vallenatas y las imágenes religiosas de Tranquilina Iguarán Cotes, su abuela, que según el gran autor-y habrá que creerle, por supuesto- le sopló al oído las historias de sus libros mientras crecía. Sin ella no hay familia Buendía, no existiría esta propiedad ni en la historia ni en la realidad. Tranquilina -Úrsula en la novela- es Colombia: la mujer que sostiene generaciones enteras mientras los hombres hacen guerras, pierden fortunas, se enamoran o se vuelven locos.
En la historia, el primer José Arcadio Buendía sale de Riohacha, se introduce obstinado en la selva y avanza en paralelo por toda la costa de Santa Marta hasta bajar aquí: Aracataca-Macondo.
De manera que el Gabo habla de su propia casa al citar el frondoso castaño en el que queda amarrado el primero de la estirpe, cuando pierde la cordura: el árbol que ahora veo en el fondo de la propiedad. Aunque eso suene absurdo, es imposible no preguntarse si es un objeto incorporado a partir de la ficción que ha alterado la realidad. La casa en la que nace en 1927 se ofrece a los visitantes con referencias que citan su novela y reflexiones. La propiedad funciona como un lugar de transmisión de la memoria: una ironía cruel si se tiene en cuenta que el autor, que se pasó la vida recordando y reconstruyendo la historia, terminaría sus días perdiendo la memoria.
Aquí debieron tener lugar las historias en las que los muertos hablaban, los presagios eran normales y los milagros sucedían inexorablemente. Aquí vivieron generaciones de José Arcadios y de Aurelianos sucesivamente, junto a las Amarantas y Remedios. ¿Fue así? Por ahí también aparece un baúl con instrumentos llegados de tierras lejanas que inevitablemente remite a Melquíades. El gitano representa la irrupción del conocimiento en Macondo: imanes, lupas, mapas, lenguas desconocidas y aquel hielo que el coronel Aureliano Buendía habría de recordar muchos años después frente al pelotón de fusilamiento. Representa también la curiosidad por conocer aquello que existe más allá del pueblo y el primer contacto de Macondo con el resto del mundo. Un gramófono completa esa arqueología doméstica de un mundo en el que cada objeto llegado de afuera parecía traer noticias de otro planeta. Abuelos, padres, hijos, tíos y primos urdidos como redes sociales que contarían lo que los niños conocerían sin haberlo jamás visto.
Los muertos también tienen memoria
Llego entonces al cementerio San José. Y resulta inevitable pensar que aquí los muertos se resisten a entrar. Aquí debería entenderse por qué Prudencio Aguilar -muerto en un duelo con José Arcadio Buendía- dejó, al cabo de un tiempo de atormentarlo y se volvió al final una compañía imprescindible.
Una costumbre del Caribe colombiano: hablar de los muertos como si estuviesen presentes.
La tragedia de las bananeras
Dice la novela, que enhebra con sortilegio infinito hechos históricos y ficticios, que a Macondo llegaría algo que lo cambiaría todo: el ferrocarril. Y ahí vemos la polvorienta estación de Aracataca que nos muestra una vez más lo real. En la ficción, el tren es traído por Aureliano Triste, uno de los 17 hijos del coronel Aureliano, luego de meses de espera y con dinero de su primo Aureliano Segundo, un tren amarillo adornado de flores, en el que llegarían después el cine, el teléfono, los gringos de la compañía bananera y una tragedia durante un día de diciembre.
Extraño pensar que se hable de 3.000 muertos en la novela. La masacre de las Bananeras, un episodio real y oscuro, cuando el ejército abrió fuego contra un grupo de trabajadores huelguistas de la United Fruit Company, marca el inicio del fin de Macondo. Extraño, sobre todo, porque nadie sabe cuántos murieron en verdad aquella noche del 6 de diciembre de 1928, en Ciénaga, a un puñado de kilómetros de aquí: el general que mandó a disparar habló de nueve, el embajador norteamericano admitió que podían ser más de 1.000 y un dirigente sindical juró que fueron 5.000.. Nadie se puso de acuerdo. Al escribir, García Marquez no buscó la cifra real-sabía que no existía- sino un número que le hiciera justicia a la escala de lo que había pasado: 3.000, dijo, porque en un libro donde todo es descomunal, una masacre de nueve o de 40 muertos no alcanza a contar el tamaño de la tragedia. Tuvo que inventarse un número más grande que la verdad para que el olvido oficial resultara, por fin, creíble como lo que fue: un crimen.
Compruebo también que el río sigue ahí, con sus “piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”, tal como lo describe la novela. En otro tiempo fue también una suerte de autopista natural para una Colombia fragmentada por tres cordilleras.
Veo en la plaza Simón Bolívar, la Iglesia San José, cuya construcción se inició en 1910 y fue inaugurada en 1928, un lugar inexistente en la fundación de Macondo cuando la gente negociaba en directo con Dios, sin intermediarios. Con la iglesia llegaron las normas, los matrimonios y los pecados. En la novela se narran matrimonios entre primos o entre sobrinos y tías, que son la razón del terror de Úrsula a que los descendientes nacieran con cola de cerdo: hay una estatua de un niño así, a metros de la iglesia.
Detrás de la iglesia está la Casa del Telegrafista, con su pulcra fachada blanca y sus puertas rojas de madera. Ahí, dicen, llegó el telégrafo en 1894, y por primera vez un mensaje pudo cruzar distancias enormes en minutos. Ahí, dice la realidad y también la leyenda familiar, se conocieron los padres del Nobel.
Miro, por último, un edificio abandonado que todavía dice “Palacio Municipal” en letras que el tiempo empieza a comerse como las hormigas coloradas al bebé de Amaranta Úrsula. Sirvió también de notaría, alguna vez. Ahí entró la política al pueblo, con nombre y apellido: liberales contra conservadores, uno de los nudos del libro.
Las guerras perdidas del coronel
El coronel que recuerda el hielo frente al pelotón de fusilamiento no nació aquí, pero tampoco es del todo inventado. Nicolás Márquez, el abuelo real de GGM, peleó del lado liberal en la Guerra de los Mil Días -1.130 días de una guerra que dejó, dicen, entre 60.000 y 100.000 muertos, aunque no haya certeza de eso tampoco- y su final contribuyó a que Colombia perdiera Panamá en 1903. De esa guerra, y un poco del general Rafael Uribe Uribe, nació el coronel Aureliano Buendía, que en la ficción pelea 32 guerras y las pierde todas. El coronel y la desaparición propia de Macondo por eso tal vez encarnan el fracaso de siete generaciones que creyeron, una vez tras otra, que la próxima cambiaría algo, sin saber que la historia detallada de la estirpe estaba escrita en sánscrito antes de que sucediera.
Comala y Macondo. Los ríos de tinta vuelven a cruzarse cuando emprendo, resignado, la salida del pueblo por el Camellón. Me embarga entonces una extraña sensación de derrota, después de caminar Aracataca durante horas: haber intentado en vano entender dónde empieza y termina Macondo.
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Sergio Silva Velázquez - Periodista.







