Túneles ocultos, paredones de ladrillo y un chalet señorial: las ruinas de uno de los ingenios más grandes de Sudamérica se esconden en Tucumán

Fue considerado uno de los establecimientos azucareros más importantes de Sudamérica. Diseñado a fines del siglo XIX como una vanguardista ciudad-fábrica con parques de Carlos Thays, hoy resguarda entre sus ruinas historias de opulencia, mitos populares y el recuerdo de un pueblo que debió reinventarse tras el cierre.

El ingenio Santa Ana fue el cnetro económico de Tucmán y Sudamérica a fines del siglo XIX.
El ingenio Santa Ana fue el cnetro económico de Tucmán y Sudamérica a fines del siglo XIX. Imagen web
Por Luisina Acosta Hace 2 Hs

Resumen para apurados

  • En Río Chico, Tucumán, las ruinas del Ingenio Santa Ana evocan hoy el esplendor y ocaso del polo azucarero fundado por Clodomiro Hileret, clausurado por el régimen militar en 1966.
  • Concebido en 1889 como ciudad-fábrica con parques de Carlos Thays y túneles, sufrió deudas, estatizaciones y despidos hasta el cese total de sus operaciones fabriles.
  • Declarado patrimonio cultural, el predio subsiste como un sitio de arqueología industrial y memoria colectiva que busca resignificar el pasado económico de la región.
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Los vestigios del máximo esplendor industrial de Tucumán se aprecian en los paredones de ladrillo a la vista, la imponente estructura señorial del Chalet del Administrador y algunos restos de mampostería que contrastan con el jardín botánico de árboles inmensos. El trazado del pueblo, que alguna vez se erigió bajo el ritmo incesante del Ingenio Santa Ana, uno de los complejos agroindustriales azucareros más importantes de Sudamérica, se ubicó al sur de nuestra provincia, en el departamento de Río Chico, y convirtió a esta localidad en el centro de la actividad económica a fines del siglo XIX. Hoy los restos de “El Coloso” se mantienen desafiantes a las demoliciones, el avance de la vegetación y las crisis sociales y económicas.

Hacia el sur de la provincia, en el departamento de Río Chico, las ruinas del Ingenio Santa Ana se mantienen entre paredones de ladrillo imponentes y las leyendas que sobreviven atribuyendo el éxito colosal de aquel complejo a un pacto con una bestia mítica en forma de perro negro. Entre el relato popular y la memoria física del complejo hay una historia de crisis, de golpes de Estado, demoliciones y malestar social de un polo económico que transformó a todo el pueblo de Santa Ana, dependiente de los ritmos de la producción masiva de azúcar y alcohol. Fundado en 1889, el ingenio llegó a su máximo apogeo en 1895 y configuró toda una ciudad a su alrededor empleando a miles de trabajadores en épocas de zafra.

En torno a la fábrica de Santa Ana se construyeron viviendas, comercios y espacios comunitarios. Sin embargo, aquel mundo se derrumbó durante la década de 1960. El cierre del establecimiento dejó estructuras vacías y obligó a un éxodo social sin precedentes que obligó a cientos de familias a buscar un nuevo destino.

La visión de Hileret y el diseño vanguardista de Carlos Thays

Los inicios de Santa Ana pueden identificarse en la adquisición de 27.000 hectáreas por parte del empresario francés Clodomiro Hileret, quien en 1889 adquirió esa porción del sur tucumano. Allí instaló un complejo azucarero que llegó a ser considerado uno de los establecimientos más importantes del país. Hileret había llegado a la Argentina siendo joven y encontró en la expansión azucarera tucumana una gran oportunidad. Su proyecto más ambicioso fue la construcción de este establecimiento en el departamento de Río Chico.

Así se erigió el Ingenio Santa Ana, que se diseñó bajo el concepto de una ciudad-fábrica. Allí no solo se disponían sectores de destilería y refinería, sino que se compuso todo un trazado urbano que se completó con parques, chalets y sectores divididos en estratos sociales donde obreros y peones se ubicaban en extensos pabellones o “canchones”, diferenciándose de administradores y técnicos que residían en los complejos de alta categoría.

El Parque de Santa Ana diseñado por Carlos Thays, el mismo paisajista que planificó el parque 9 de Julio, fue declarado patrimonio cultural de Tucumán en 2004 El Parque de Santa Ana diseñado por Carlos Thays, el mismo paisajista que planificó el parque 9 de Julio, fue declarado patrimonio cultural de Tucumán en 2004 LA GACETA / OSVALDO RIPOLL

Belle Époque, prosperidad y la leyenda del "Familiar"

El trazado de esta vanguardista urbe agroindustrial no fue librado al azar. Hileret convocó al renombrado paisajista francés Carlos Thays —creador del Jardín Botánico de Buenos Aires— para diseñar el entorno verde de la mansión y la fábrica. Surgió así el Parque María Luisa, concebido como un deslumbrante jardín botánico que albergó galerías, un lago artificial con paseos en bote y exóticas especies de árboles traídas de diversos rincones del mundo. En el plano productivo y arquitectónico, el predio destacaba por su infraestructura de vanguardia: una monumental estructura de acero y vidrio, talleres de mantenimiento, redes ferroviarias internas e ingeniería hídrica con diques montañosos para garantizar el abastecimiento. Incluso, relatos de pobladores e investigaciones locales coinciden en la existencia de túneles y pasajes subterráneos que interconectaban la fábrica con las residencias principales y las calderas.

La bonanza y el refinamiento de la "Belle Époque" azucarera sirvieron de escenario para que florecieran relatos singulares de opulencia, pero también para que echara raíces la mitología popular. La rutina del pueblo, estrictamente pautada por el estruendo de la sirena fabril, convivía con el temor a la figura del "Familiar", el enigmático perro negro que la creencia colectiva asociaba a la prosperidad de la planta a cambio de la desaparición de los trabajadores más rebeldes.

Declive financiero, cierre en 1966 y el impacto en la comunidad

A pesar de su magnificencia, el esplendor de Santa Ana comenzó a debilitarse tras el fallecimiento de su fundador. Durante la década de 1930, severas dificultades financieras llevaron al establecimiento a la quiebra, quedando en 1932 bajo la tutela del Banco de la Nación Argentina. Más adelante, en 1957, el complejo pasó a la órbita de la provincia de Tucumán. Sin embargo, el sobreendeudamiento, el incremento ininterrumpido de costos y los vaivenes políticos y sindicales obstaculizaron cualquier intento de estabilización definitiva.

El desenlace inevitable llegó en agosto de 1966. En el marco del plan de reestructuración y clausura masiva de plantas azucareras dispuesto por el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, el gigante del sur tucumano cesó sus operaciones definitivamente. La medida significó la parálisis de su principal motor económico y desencadenó una profunda crisis social marcada por el desempleo masivo y una masiva migración de familias hacia centros urbanos como Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Décadas más tarde, la paranoia de la dictadura militar de 1976 intentó borrar físicamente la memoria del lugar al dinamitar su emblemática chimenea, una estructura de doble anillo de acero que resistió el primer impacto antes de desplomarse.

Testimonio vivo de la arqueología industrial tucumana

En la actualidad, recorrer Santa Ana es adentrarse en un escenario de arqueología industrial. Entre senderos rurales y cañaverales subsisten galerías del imponente Chalet del Administrador, vestigios de mampostería devorados por la vegetación, el histórico arbolado del parque y túneles subterráneos que resguardan la memoria de la época dorada. Aunque sus calderas apagaron el fuego hace más de medio siglo, las ruinas de Santa Ana permanecen como el testimonio vivo de una comunidad que nació, creció y se reinventó a la sombra de su gigante azucarero.

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