Messi, el ídolo del susurro

Hace 4 Hs

Esta semana, nuestro país volvió a vivir un episodio con pretensiones épicas. El martes al anochecer, las calles de todas las ciudades parecieron las de un domingo, pocos negocios abiertos, caminantes distraídos y televisores encendidos detrás de cada ventana. Messi jugaba su último partido en la Selección y Argentina entera se preparaba para el último baile.

Pero el adiós ya había ocurrido.

Messi no necesitó de la exposición pública para explotar en emoción. Su despedida había sido mucho antes, en el entorno privado, donde más cómodo se siente. En tiempos de exhibición permanente, cuando todo se anuncia con reels, hashtags y streamings, el argentino más famoso del país eligió hacer su despedida a través de la palabra. Una carta de puño y letra, escrita en su casa, lejos de las cámaras.

Un gesto casi tan atrevido como los desplantes que le hizo a cada rival que enfrentó en la cancha. En épocas de desconfianza de lo que no se muestra y donde pareciera que una emoción que no se transmite no existe, Messi propuso lo contrario. Mostró que lo más importante puede decirse en voz baja.

Los argentinos tenemos una relación particular con nuestros ídolos. No nos conformamos con admirarlos, los necesitamos como espejos, como bandera, como excusa para sentirnos parte de algo. Les pedimos goles, pero también gestas, que nos representen, que nos expliquen, que nos digan algo sobre quiénes somos. Y cuando se van, les exigimos un cierre a la altura del mito.

Esa exigencia suele traducirse en una expectativa de show, una ceremonia con estadio colmado, con un discurso que quede grabado para siempre. Esperamos que el ídolo se despida como se despiden los héroes en las películas, con una frase que podamos repetir en la mesa familiar durante décadas.

Messi nunca jugó ese juego. No irrumpió a lo largo de su carrera con citas que luego quedarían marcadas en el inconsciente colectivo. No fue un hombre de consignas ni de arengas. Su lenguaje fue la cancha, y cuando fuera de ella tuvo que hablar, lo hizo con una sencillez que muchas veces fue confundida con timidez. Es que la coherencia suele andar más en tono de susurro que de grito.

Lo del martes fue una exhibición casi de compromiso. Un pacto que Messi quizás sentía que debía cerrar con los hinchas, que aún no lo habían visto regresar después del subcampeonato conseguido en julio de este año. Un cierre protocolar, porque el duelo, para él, ya estaba casi saldado.

Y es allí donde su figura plantea una pregunta incómoda sobre nuestro vínculo con las emociones públicas. ¿Quién decide cómo debe despedirse un ídolo? ¿Hay un ritual para ese momento? Durante años exigimos que el capitán debía tener otra impronta, debía cantar, debía pelear, debía llorar. Todo eso además de jugar como nadie. Pero Messi demostró que existe otro estándar, el de la emoción que se procesa en privado y que sólo después, y por decisión propia, se comparte. Rasgos de un ídolo que se pareció a pocos pero que al mismo tiempo pensó como muchos.

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