De la ilusión al baldazo de agua fría. Así, prácticamente sin escalas. San Martín jugaba un partido casi perfecto en Jujuy. Enfrente tenía a un gran equipo, uno de los mejores de la categoría, pero el “Santo” estaba dando la cara. Ejecutaba el encuentro tal como Alejandro Orfila lo había planeado: era vertical, efectivo y contundente. Sin embargo, en apenas dos minutos, ese triunfo que había construido a base de esfuerzo se le desvaneció como arena entre los dedos.
Para cualquier hincha “santo” resulta inevitable preguntarse qué pasó. ¿Qué le faltó al equipo para sostener la ventaja? ¿Pesó la jerarquía y el empuje de un rival obligado a reaccionar? ¿Podía hacer algo más el DT para evitarlo? Como tantas veces en el fútbol, no existe una única respuesta. Si San Martín no pudo pasar del empate en la “Tacita de Plata” fue por una combinación de factores que aparecieron justo cuando el partido empezó a exigirle máxima concentración.
En el primer tiempo casi todo funcionaba de maravilla. Orfila diagramó una suerte de 4-4-2 “mentiroso”, porque uno de esos dos supuestos delanteros era Gabriel Carabajal, encargado de retroceder cuando su equipo recuperaba la pelota para participar de la elaboración. Mauro Verón quedaba como referencia ofensiva, mientras Alan Cisnero y Bruno Cabrera atacaban por los costados. En el eje, Agustín Graneros y Santiago Briñone daban equilibrio y salida.
Una de las claves para explicar la superioridad de San Martín estuvo en la proyección de los laterales. Gimnasia, dirigido por Hernán Pellerano, partió de un 5-3-2 y cada vez que Víctor Salazar y Nahuel Gallardo se proyectaban generaban situaciones de dos contra uno sobre los carrileros locales. Así nació precisamente el 1-0: Gallardo llegó por izquierda, envió el centro y Verón apareció para definir.
Con el correr de los minutos, sin embargo, Gimnasia empezó a entender dónde podía lastimar. Cada vez que atravesaba la mitad de la cancha lo hacía con mucha gente y llegaba a posiciones ofensivas con seis futbolistas o más. Francisco Molina, principalmente desde la izquierda, se convirtió en una amenaza constante y el “Lobo” comenzó a poblar el área con cada centro. San Martín sufría, aunque Darío Sand aparecía para sostener la ventaja.
Pero el equipo de Orfila seguía vivo y encontraba espacios cuando lograba salir de la presión. Gimnasia acumulaba hombres para atacar y, naturalmente, también se desprotegía. Briñone aprovechó uno de esos huecos para asistir a Verón tras una gran combinación de pases de primera. El delantero definió para el 2-0 y completó su doblete. Por momentos, se estaba viendo una de las mejores versiones del “Santo” en mucho tiempo, nada menos que frente a uno de los equipos que pelea arriba en su zona.
Seguramente el entretiempo encontró sensaciones completamente opuestas en los dos vestuarios. Del lado de San Martín había motivos para estar satisfecho. Del otro, Pellerano entendió que debía modificar el escenario si pretendía mantener vivas sus aspiraciones de pelear por el primer puesto. Por eso movió el banco: ingresaron Octavio Bianchi y el tucumano Abel Argañaraz, ex San Martín. Gimnasia desarmó la línea de cinco, pasó a un 4-1-3-2 mucho más agresivo y llenó de futbolistas el área visitante.
La apuesta le salió a la perfección. Gimnasia empujó al “Santo” contra su arco y San Martín, casi por instinto de supervivencia, retrocedió cada vez más. Los defensores quedaron obligados a resolver duelos constantes dentro del área y los centros empezaron a multiplicarse. Allí apareció el principal déficit de la noche: el equipo perdió marcas, dejó de imponerse en los duelos aéreos y quedó demasiado hundido.
En apenas dos minutos se desmoronó todo lo que había construido. Entre los 54 y los 56 minutos, justamente Bianchi y Argañaraz, los dos ingresados en el entretiempo, marcaron de cabeza y establecieron el 2-2. Lo que parecía encaminado hacia un triunfazo como visitante se convirtió, de golpe, en una pelea por resistir el empate.
A partir de ahí, el partido terminó de romperse. Gimnasia, prácticamente sin medio campo, buscó darlo vuelta con una propuesta cada vez más ofensiva. San Martín aguantó como pudo y esperó encontrar alguna transición que le permitiera volver a lastimar. Y la tuvo: Diego Diellos llegó a convertir el tercero sobre el cierre, pero el asistente levantó la bandera y frustró lo que hubiera sido un triunfo agónico.
Así, el “Santo” dejó una sensación ambigua: mostró que puede competir de igual a igual con uno de los mejores, pero volvió a pagar caro no saber sostener la ventaja. A cinco fechas del final y a cuatro puntos del Reducido, ya no hay demasiado margen para esos descuidos.








