Llegó al rugby por sus amigos, se convirtió en un emblema de Los Tarcos e hizo historia con la Naranja
Marcelo “Pescao” Ricci empezó a jugar a los 12 años después de una invitación que cambió su vida. Fue protagonista de una época dorada de Los Tarcos, capitán del primer Tucumán campeón argentino y llegó a vestir la camiseta de Los Pumas. Décadas después, conserva aquel recorrido en una caja repleta de recortes pegados sobre hojas numeradas.
Resumen para apurados
- Marcelo Ricci es recordado hoy en Tucumán por su legado deportivo, tras haber sido capitán del primer seleccionado provincial campeón y referente de Los Tarcos y Los Pumas.
- Iniciado en el rugby a los 12 años por invitación de amigos, Ricci protagonizó la era dorada de su club y del seleccionado tucumano durante las décadas de 1970 y 1980.
- Su legado documental y deportivo preserva la memoria de la época que transformó el rugby tucumano, consolidándose como referente histórico para las futuras generaciones.
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La caja parece demasiado pequeña para guardar una vida. Marcelo “Pescao” Ricci levanta la tapa y empieza a sacar hojas N.º 6 de dibujo. Una, otra, otra. Sobre ellas aparecen fotografías, títulos y recortes de diarios que el tiempo comenzó a amarillear. Cada hoja tiene un número. Nada está librado al azar. Durante años, su esposa cortaba los recortes y él los pegaba. “Para que te acuerdes cuando seas más viejo”, le decía. El método funcionó, aunque quizás nunca hizo demasiada falta. Ahora Ricci mira una página, reconoce una camiseta y enseguida aparecen nombres, partidos y viajes. La caja terminó guardando algo más grande que su carrera: una época en la que el rugby tucumano dejó de mirar desde abajo a las potencias del país.
El comienzo está varias hojas antes de cualquier vuelta olímpica. Ricci tenía alrededor de 12 años y vivía en San Lorenzo al 400. Algunos amigos de la infancia, que residían sobre Buenos Aires, pasaban por la puerta de su casa jugando con una pelota. Un día apareció la invitación. “Marcelo, ¿querés jugar al rugby?”, le preguntaron. El sábado siguiente lo fueron a buscar.
Así llegó a Los Tarcos. No existía tradición rugbística en su familia. “Soy el primero y sigo siendo el único”, cuenta. Su padre era médico y tampoco estaba demasiado convencido con aquella elección. “Decía que era un juego de brutos”, recuerda entre risas. Ricci había jugado al fútbol con amigos y más tarde llegó a anotarse en Medicina. Nunca avanzó demasiado. “Me quería dedicar al rugby, la verdad”, reconoce “Pescao”. Su padre no alcanzó a presenciar hasta dónde llegaría aquella decisión: murió cuando Marcelo tenía 15 años y nunca pudo verlo jugar en Primera.
Los Tarcos se convirtió entonces en una parte central de su vida. Para entrenarse debía tomarse un colectivo, bajarse sobre la avenida y atravesar caminando el Parque 9 de Julio. El club tenía una cancha de rugby frente al reloj y una de hockey. Allí conoció a jugadores que hasta entonces observaba como ídolos y terminó compartiendo equipo con varios de ellos. Su estreno en Primera tuvo una particularidad. Ricci era octavo, pero faltaba un fullback. Pablo Abelardo “Cacho” Zelarayán le preguntó si se animaba. “Sí, Cacho, cómo no”, contestó.
Tenía buena recepción, pateaba bien y aceptó. Fue apenas una escala. Volvió al puesto de octavo y desde allí construyó su carrera. El scrum terminó siendo una de sus fortalezas y también uno de los rasgos de aquella generación.
Los Tarcos creció hasta encadenar cinco campeonatos consecutivos: 1983, 1984, 1985, 1986, y 1987. Ricci explica aquella supremacía desde la cantidad y la competencia interna. “Teníamos un plantel supernumeroso, de jugadores de un nivel medio parejo”, señala. También destaca el trabajo de Juan Carlos “Pavo” López y de los entrenadores que formaban a los jugadores desde infantiles y juveniles. El éxito tuvo una consecuencia que todavía reconoce en el rugby tucumano. Todos querían ganarle a Los Tarcos.
Pero entre las hojas numeradas aparece otra camiseta. La naranja. Cuando Ricci comenzó, las distancias todavía eran evidentes. Córdoba era una referencia. Mendoza y Rosario estaban más arriba. Buenos Aires parecía pertenecer a otro universo. Tucumán tuvo que aprender primero a competir contra unos para después animarse contra el otro. “Del 73 en adelante empezamos a meterle. Ya éramos un equipo duro”, recuerda. Para él, aquella evolución tuvo menos secretos tácticos que humanos. “Era el hambre de gloria que teníamos nosotros y el compromiso. Tenías que tirarte de cabeza contra el piso y nos tirábamos”, relata.
La convivencia hizo el resto. Jugadores que durante el año defendían clubes enfrentados construyeron una intimidad propia cuando se ponían la camiseta de Tucumán. “Era un grupo muy unido. Esa ha sido una fortaleza”, asegura.
En 1982 llegó otro empujón. Tucumán venció a Los Pumas y comprobó que las fronteras podían moverse. Ricci acepta aquella victoria como otro paso en la construcción de confianza. Si podían derrotar al seleccionado argentino, también podían aspirar a algo que durante años había parecido demasiado lejano. “Ya veníamos teniendo un crecimiento importante. Entonces llega un momento en que vos decís: ‘Ya está, esta es la nuestra’”, explica.
La suya llegó en 1985. Ricci era parte de una Naranja que llevaba años aproximándose al gran objetivo. Para entonces ya no alcanzaba con competir. Querían ser campeones argentinos. Y para conseguirlo había que derribar la última pared: Buenos Aires.
La final se disputó en cancha del club San Martín, de Buenos Aires. Ricci recuerda un plantel concentrado y convencido antes de salir. “Estábamos comprometidos a muerte a dejar toda la vida. Era la única forma de ganarles”, señala. Tucumán ganó 13-9.
De todo lo sucedido aquella tarde, el capitán no elige primero una jugada. El recuerdo que aparece es un sonido. “Cuando suena el pito final, sentís todas las emociones juntas por haber logrado uno de los objetivos”, dice. Habían conseguido lo que generaciones enteras habían perseguido. Después llegaron los abrazos, los festejos y un aeropuerto repleto cuando regresaron a la provincia. Algo también cambió puertas adentro. “De ahí ya nos empezamos a agrandar”, resume. No era soberbia. Era convencimiento.
Y aquella transformación produjo otra consecuencia. Durante años, para un jugador tucumano llegar a Los Pumas había parecido casi imposible. Ricci tiene una explicación directa. “El interior no existía para los porteños, me parece. El rugby era Buenos Aires”, afirma. Pero los títulos hicieron imposible seguir ignorando lo que ocurría en el norte. “Cuando empezamos a ganar los campeonatos argentinos, se abre la puerta para Los Pumas”, asegura.
En alguna parte de su archivo todavía está el sobre que terminó de demostrarlo. Ricci ya sentía que su mejor momento había pasado cuando recibió la citación para integrar Los Pumas. “No podía creer. Yo ya estaba de vuelta, digamos. No estaba en la curva ascendente. Ya estaba en el llano”, recuerda.
En 1987 jugó frente a España. El hombre que había empezado siguiendo a unos amigos que pasaban frente a su casa con una pelota había llegado al seleccionado argentino.
Un año después decidió retirarse del rugby. Los entrenamientos en La Naranja eran cada vez más exigentes y detrás aparecía una nueva generación. Agustín Macome comenzaba a reclamar su lugar. “Había que dejar paso a la juventud”, explica. La decisión dolió, pero no significó alejarse.
Entrenó juveniles. Después llegó a Primera y en 1994 volvió a ser campeón con Los Tarcos, esta vez desde afuera de la cancha. Más tarde fue dirigente. Y cuando dejó esas funciones siguió haciendo lo mismo que hace hasta hoy: volver. “Por el amor al club”, explica. “El club me dio todo. Me enseñó y me dio la posibilidad de trascender, jugar en el seleccionado, ser capitán, ser campeón y llegar a Los Pumas”, dice.
Los miércoles todavía se encuentra allí con antiguos compañeros. Se reúnen, recuerdan alguna jugada y, según admite entre risas. Pasaron las décadas, pero aquel grupo continúa reconociéndose.
Antes de guardar las hojas, Ricci vuelve a mirar algunas. Resulta curioso: conserva cientos de recortes sobre su carrera, pero cuando le preguntan por algún try que recuerde especialmente no encuentra ninguno. “Siempre me gustó más hacer la jugada yo y darle a los compañeros”, explica.
Quizás por eso la caja tenga tanto sentido. Su esposa comenzó a recortar diarios para que Marcelo pudiera recordar cuando fuera viejo. Él los pegó sobre hojas N.º 6 y las numeró una por una. Décadas después, aquellas páginas terminaron cumpliendo otra misión.
Ricci vuelve a acomodarlas y las guarda dentro de la caja. Allí no está solamente la historia del “Pescao”. Entre papeles amarillentos, números y fotografías quedó archivado también el recorrido de una generación que aprendió a competir, después a creer y finalmente a ganar. Una parte de la historia de la Naranja cabe en esa caja.







