Seguro de vida: proteger también es una forma de amar

Seguro de vida: proteger también es una forma de amar

Septiembre es el Mes Internacional de Concientización sobre el Seguro de Vida y quizás sea una buena oportunidad para hablar de un tema que muchas veces postergamos. No porque no nos importe. Todo lo contrario.

Cuando somos padres pensamos permanentemente en nuestros hijos. Trabajamos para que estudien, para darles oportunidades, para que tengan una casa, salud, educación y, en definitiva, para que puedan construir su propio futuro. Pero hay una pregunta que no siempre nos animamos a hacernos: ¿Qué pasaría con ellos si mañana nuestros ingresos dejaran de estar?

No hace falta pensar solamente en la muerte. También puede aparecer una enfermedad grave, una incapacidad o una situación inesperada que nos impida continuar trabajando durante un tiempo. Como padres podemos acompañar, educar, trabajar y planificar. Lo que no podemos hacer es controlar todo lo que va a suceder. Y allí aparece el verdadero sentido de un seguro de vida.

No se trata de ponerle un precio a nuestra vida. Nuestra vida no tiene precio. Se trata de ponerle un valor económico a nuestra capacidad de generar ingresos y preguntarnos cuánto necesitaría nuestra familia para continuar adelante si esos ingresos desaparecieran. Una familia tiene compromisos todos los meses: vivienda, alimentos, colegio o universidad, servicios, salud, actividades, créditos y proyectos. Muchos de ellos dependen directamente de los ingresos de uno o de ambos padres. Por eso, cuando asesoramos sobre seguros de vida, una de las primeras preguntas debería ser: ¿quiénes dependen económicamente de vos?

A partir de allí podemos comenzar a dimensionar la protección necesaria. Además, los seguros de vida actuales pueden ir mucho más allá del fallecimiento. Existen coberturas que permiten proteger económicamente al propio asegurado frente a determinadas enfermedades graves y alternativas que incorporan ahorro y permiten construir un capital a lo largo del tiempo. Es decir, podemos proteger a nuestra familia, protegernos nosotros mismos y, al mismo tiempo, planificar nuestro futuro.

Durante más de 30 años trabajando en materia previsional he visto innumerables familias atravesar situaciones que jamás imaginaron. Pensiones que resultan insuficientes para reemplazar los ingresos que ingresaban al hogar, enfermedades que interrumpen una vida laboral y familias que deben reorganizar completamente su economía de un día para otro.

Por eso insisto tanto en una palabra: previsión. Prever no significa vivir pensando que algo malo va a ocurrir. Significa exactamente lo contrario: vivir tranquilos porque, si algo ocurre, dejamos algunas cosas resueltas. Ahorramos para viajar. Invertimos para crecer. Compramos una casa. Planificamos nuestra jubilación. Pensamos en dejarles algo a nuestros hijos.

Pero la planificación patrimonial debería comenzar mucho antes: protegiendo aquello que hace posible todo lo demás, nuestra capacidad de trabajar y generar ingresos. Quizás por eso, cuando hablamos de seguro de vida, deberíamos dejar de hablar solamente de pólizas, primas y sumas aseguradas. Como asesora puedo explicar técnicamente cada una de esas cosas. Pero como padres la explicación es mucho más sencilla: queremos proteger a nuestros seres queridos, incluso ante nuestra ausencia.

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