“La llamada de Dios siempre contiene una misión: no somos llamados solamente para salvarnos, sino para trabajar en su viña y hacer presente su Reino en el mundo”.
Hay momentos en la vida en los que Dios sale a nuestro encuentro y nos invita a volver a Él: “Buscad al Señor mientras se deja encontrar”. Sus caminos no son nuestros caminos y sus planes superan muchas veces nuestros proyectos. La primera respuesta del cristiano, por tanto, es dejarse encontrar, convertirse y confiar.
Pero el Evangelio de los trabajadores de la viña nos recuerda algo más: quien ha sido llamado no fue solamente para sí mismo, sino para trabajar en la viña del Señor. Cada uno recibe una hora, una misión, unos dones y unas circunstancias concretas desde las cuales puede hacer presente el Reino de Dios.
La parábola nos obliga a preguntarnos hoy: ¿qué estoy haciendo con la llamada que Dios me ha hecho? ¿Estoy trabajando en su viña o simplemente contemplando desde fuera lo que sucede? No importa tanto a qué hora fuimos llamados, sino la respuesta que damos a esa llamada. El Señor igue diciendo: “Id también vosotros a mi viña”.
Esta responsabilidad no es solamente individual. También la Iglesia está llamada a responder hoy al desafío de la misión. Una Iglesia que ha recibido el Evangelio no puede encerrarse en sí misma. Está llamada a salir al encuentro de quienes todavía no han descubierto a Cristo, de quienes se han alejado, de quienes viven heridos, desorientados o indiferentes ante la fe.
Por eso, la misión de la Iglesia no puede reducirse a conservar lo que ya existe. Tiene que discernir dónde está hoy la viña del Señor y cuáles son las nuevas periferias humanas, culturales y espirituales a las que Él la envía. La Iglesia responde a la misión cuando cada bautizado descubre que también él es un trabajador de la viña.
Quizá uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea precisamente este: pasar de una Iglesia que espera a una que sale; de cristianos que reciben a los que se sienten enviados; de una fe que se conserva a una que se entrega y fecunda la realidad.
Dios sigue llamando. La pregunta decisiva no es si lo hemos escuchado, sino qué estamos haciendo. Y la pregunta para la Iglesia tampoco es qué hemos hecho hasta ahora, sino hacia dónde nos está enviando hoy el Señor.
La viña sigue siendo grande y los trabajadores siguen siendo pocos. Cada cristiano tiene una responsabilidad. Cada comunidad tiene una misión. Y la Iglesia entera está llamada a escuchar nuevamente la voz del Señor.





