Auschwitz, esto ha sucedido

Es difícil conciliar el sueño cuando a la mañana siguiente se caminará por el mismo lugar donde asesinaron a un millón cien mil inocentes; y mucho más difícil aún, volver a ser el mismo después de haberlo recorrido y visto de cerca, con un apretado nudo en la garganta, las huellas de una barbarie atroz y abrumadora. Ese lugar, una gigantesca herida aún abierta en la historia contemporánea, se llama Auschwitz, el mayor campo de exterminio nazi, una inmisericorde trituradora de seres humanos.

Auschwitz, esto ha sucedido
Hace 5 Hs

Por Walter Gallardo para LA GACETA

En realidad, eran tres: Auschwitz I, el campo principal, creado en 1940, que servía de oficina administrativa, prisión y recinto de ejecuciones; Auschwitz-Birkenau, el principal centro de aniquilación y de los monstruosos experimentos del doctor Josef Mengele con enanos, gemelos y romaníes, y Auschwitz-Monowitz, un campo de trabajos forzados al servicio de IG Farben, un grupo de empresas formado por BASF, Bayer y Hoeschst, responsable de financiar el ascenso de Hitler y fabricar el pesticida Zyklon B, empleado en las cámaras de gas.

Para llegar hasta allí se debe viajar unos 70 kilómetros desde Cracovia. En el autobús todos van en silencio, atentos al camino o a sus abstracciones. Se podría suponer que el escenario del tormento y la tragedia debe estar hecho de una fealdad escalofriante. Sin embargo, el trayecto nos muestra campos fecundos, de un verde intenso, y bonitas casas blancas con amplios jardines en un paisaje desdibujado por la bruma matinal, casi una copia de la campiña inglesa.

Pensando en ello, viene caprichosamente a mi mente un pasaje de Not dark yet, la canción de Bob Dylan: “detrás de cada cosa bella, hay algún tipo de dolor”. O puede que no sea una asociación casual; nos dirigimos a su encuentro. Y en efecto, después de una hora y media, y apenas llegar, ingresamos en una suerte de túnel de la mala conciencia que pronuncia con una voz surgida del centro de la tierra los nombres de quienes murieron allí. El pulso aumenta a la espera de lo que viene. Y lo que viene es el gran cartel del sarcasmo: “El trabajo nos hace libres”, leemos como bienvenida en hierro forjado. En este punto, atino a detenerme unos segundos y mirar alrededor: veo grandes barracas de ladrillo donde llegaron a hacinar a millares de prisioneros en espacios en los que no cabían todos de pie, alambradas de púa en su momento electrificadas y persuasivas torres de vigilancia que incluso hoy disuaden a quien imagina escapando de allí. Ante la falta de palabras propias, siento que Primo Levi me recuerda una frase de Si esto es un hombre: “Aquí sólo se sale por la chimenea”. La oyó al llegar al campo y en seguida logró entenderla. Llevo su libro como talismán, un viejo volumen que he leído decenas de veces. Al tocar el papel ya gastado confío en contar con un guía locuaz y sincero. Levi sobrevivió a la masacre después de un año como prisionero, pero no a la alargada sombra del Lager y a la profundidad de su herida. Se suicidó en 1987.

“Las cosas”

Hay realidades o sus vestigios que no cesan de provocar pesar y martirio, se empeñan en cumplir el papel de centinelas para señalar la pendiente desde donde el ser humano supo descender a las cloacas de sí mismo. Ahí están los objetos, lo que Borges llamaba “las cosas”, esas que obedecían a un nombre y a una rutina y ahora reposan sin dueño; esas que “durarán más allá de nuestro olvido”. En una larga galería y detrás de unos cristales, montículos de zapatos de todas las tallas, agrietados y retorcidos por su uso y por el tiempo, no hacen sino ahondar las ausencias. Separado como para generar un contraste, veo un par de botas de niño. O niña. Pienso que podrían pertenecer a Jacqueline Bernheim, cuya historia conocí en el museo judío de Bruselas. Allí, en el barrio de Sablón, está la bicicleta en la que paseaba cuando la Gestapo detuvo a toda su familia en Cahors, Francia, hasta donde había llegado huyendo desde Bélgica. La ejecutaron el mismo día que llegó a Auschwitz. Tenía cinco años. Sólo sobrevivió su madre, Olga, aunque esto es una manera precaria de decirlo.

También están las maletas, la mayoría con un nombre. Otra evidencia del perverso engaño: ¿quién iba a preparar un equipaje de saber que moriría pronto y desnudo? A cada paso, otras pruebas del despojo antes del exterminio: gafas, prótesis, ropas de adultos y de niños. Y cuando ya parecía suficiente para apabullar los sentidos, en el bloque 4 llega el mayor impacto: toneladas de pelo humano. ¿Qué hacían con él? Lo enviaban a Alemania para la fabricación de uniformes, calcetines térmicos o telas de colchones. Busco una palabra para definir esto y aún no doy con ella.

En las fotos hay historias personales. En ninguna se adivina la sospecha de un futuro infierno: rostros sonrientes, celebraciones, vacaciones en la playa, niños en sus juegos o haciendo alguna gracia, mujeres y hombres vestidos de verano o de invierno, en bares, parejas en un salón de baile, novios de la mano, abuelos, gente abrazándose o riendo a carcajadas. Instantáneas de la vida. De Aron Koplowicz y su esposa Rywka nos dicen que tuvieron siete hijos. Sólo Cesia, la del medio, salió con vida, o con lo que queda de ella luego de esta aberración. Y de Fela Roze, rubia, atractiva, y sonriente nos informan que provenía de una familia acomodada, dueña de una fábrica de velas en Będzin, en la Alta Silesia. En el reverso de una de esas imágenes se lee: “Para querida Fela como adelanto de tiempos mejores”. Firma su amiga Rózia. Fela sobrevivió al campo, pero no sabemos si a su memoria. Murió lejos de su tierra, en Sydney, el 22 de agosto de 1984, a los 64 años.

Camino oyendo cómo crujen mis pasos por la grava en Birkenau, el campo II. Allí está uno de los vagones de mercancías donde llegaron a transportar hasta 45 personas de pie, respirándose unos a otros en la cara, en viajes de miles de kilómetros. Cuesta asimilar la manera en la que transcurría la vida aquí. La comida no superaba las 1.200 calorías diarias y el plato más suculento era una sopa de coles y nabos para una jornada extenuante de trabajo; jornada que comenzaba con los prisioneros alineándose en pelotones en el patio del Pase de Lista frente a una horca presidiendo la ceremonia; sin agua potable, bebiendo un sucedáneo de café o infusión por las mañanas o agua de los charcos que formaba la lluvia o intentando derretir la nieve en la boca; duchándose con agua fría en inviernos de 15 grados bajo cero mientras no se debía perder de vista la ropa ante la proliferación de robos; siempre confundido o aturdido en la babel de voces, sin entender las órdenes y contraórdenes, en un mundo de esclavos aterrorizados y de amos criminales, donde todos son enemigos en la necesidad extrema, incluso el compañero ocasional de litera que empuja con sus rodillas para quedarse con medio metro más de jergón.

Reducidos a estas condiciones, se lograba vivir un día más sólo con la astucia para conseguir media ración extra de pan y la suerte de pasar la selección de cada mañana. Tal vez por ello, la palabra “nunca” en el campo se decía “morgen früh”, mañana por la mañana. Cumplir estrictamente las normas (trabajar a destajo y comer apenas lo asignado) era la mejor manera de ponerse una fecha de muerte. No más de tres meses. Lo que resultaba ilegal para las SS y se castigaba con rigor, en el Lager eran transacciones o acciones indispensables de supervivencia: cambiar media escudilla de sopa por una cuchara o robar una prenda para amortiguar el frío no requerían una discusión moral. En un sitio donde nadie tiene un nombre sino un número, el bien o el mal, lo justo o lo injusto, pierden todo sentido. Como advertencia o amenaza, allí estaban a la vista las chimeneas deshaciéndose a escala industrial de carne humana noche y día. De la cámara de gas, los cadáveres eran trasladados a los hornos por escuadrones de prisioneros, mayormente formados por judíos (otro modo de deshumanización) llamados “los cuervos del crematorio”. Cumplían con la tarea a sabiendas de que como testigos incómodos también les esperaba el mismo destino. La maquinaria era veloz y eficiente. Los hornos, como detalle a subrayar, habían sido especialmente diseñados por la empresa Topf & Söhne con el objetivo de acelerar el proceso y reducir el gasto de combustible. “Siempre felices de estar a su servicio”, decían las comunicaciones corporativas dirigidas a los oficiales nazis. Uno de los propietarios, Ludwig Topf, se suicidó el 31 de mayo de 1945; el otro, Ernst Wolfgang Topf, nunca fue juzgado y se dedicó a vender sistemas de calefacción.

Recordar

Al cabo de tres horas, ha terminado el recorrido. Del desasosiego de la víspera, del encuentro con las historias, los objetos y los dominios del horror, el viaje de regreso se convierte en una meditación callada y triste, llena de preguntas que se le hacen al paisaje boscoso que nos devuelve la ventanilla del autobús. Inquieta saber de antemano que ningún porqué tendrá una respuesta de alivio. Apelo entonces al libro que llevo conmigo en el intento de encontrar una frase que retrate lo que siento. Y ahí está Levi diciéndonos algo que puede ser una advertencia para este presente de fanatismos: “Pensad que esto ha sucedido”. 

© LA GACETA

Walter Gallardo – Periodista tucumano radicado en España.

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