Los que fuimos testigos de las profundas transformaciones sociales de las últimas décadas sabemos bien que la memoria argentina es un animal de letargo impredecible. A veces parece dormida, sepultada bajo el peso de la urgencia cotidiana, hasta que un destello la despierta de golpe. Eso fue exactamente lo que ocurrió en la épica semifinal del Mundial de Estados Unidos 2026. Ver a nuestra Selección Nacional doblegar a Inglaterra fue una vez más un viaje a nuestras fibras más íntimas. A sus 39 años, Lionel Messi nos regaló una actuación descollante, demostrando por qué el tiempo parece no hacer mella en su genio. Sus asistencias a Enzo Fernández y Lautaro Martínez nos hicieron delirar con la misma intensidad con la que hace cuarenta años, Diego Armando Maradona gambeteaba a medio equipo británico para firmar el Gol del Siglo bajo el sol azteca. Pero la verdadera sacudida no vino de la pelota, sino de ese improvisado trapo que cayó al campo de juego durante el festejo: “Las Malvinas son Argentinas”. Que los jugadores no vacilaran en alzar esa bandera y mostrarla al mundo entero encendió una chispa nacionalista que creíamos apagada. Fue una luz incandescente de pura identidad. Sin embargo, en este país la gloria siempre proyecta sombras largas. Ese estallido de orgullo genuino provocó temblores en los despachos de la FIFA y el precio de nuestra insolencia se cobró en la final contra España. A la mayoría de los argentinos nos recorrió el mismo escalofrío: algo raro pasó en ese vestuario minutos antes del último encuentro. No nos van a convencer de que a un equipo entero se le acabaron las piernas de un día para el otro, ni de que el planteo rival fue tan demoledor como para borrarnos de la cancha. La historia del fútbol está llena de silencios comprados. Tal vez, dentro de diez o veinte años, la verdad salga a la luz por algún documento desclasificado por arte de magia, o por el remordimiento tardío de algún opositor a Gianni Infantino. Y cuando la efervescencia deportiva parecía decantar en la nostalgia, la causa Malvinas volvió a irrumpir hace apenas una semana, esta vez desde el norte. Las altisonantes declaraciones de Donald Trump, advirtiendo en tono amenazante al primer ministro británico sobre una revisión de la histórica neutralidad estadounidense frente al reclamo argentino, patearon el tablero geopolítico. Como era de esperarse, el gobierno nacional se subió rápidamente al caballo, capitalizando el envión con una serie de medidas de impacto inmediato. Acá es donde habitan las verdaderas luces y sombras de este renacer. Por un lado, la causa de nuestras islas está en boca de todo el mundo, sacudiendo el polvo de la diplomacia y obligando a los que no nos conocen mirar hacia el Atlántico Sur. Por el otro, asoma el peligro de siempre, que un sentimiento tan sagrado y doloroso para nuestra historia sea utilizado como moneda de cambio, ya sea para lavar culpas en los pasillos de la FIFA, como extorsión al Reino Unido por la ayuda no brindada en Irán o para surfear encuestas en la política local. Ahora que el mapa nos pone nuevamente en el centro de la escena, la pregunta es ineludible: ¿podrá este impulso afianzar un nacionalismo maduro en los argentinos y lograr la unión necesaria para hacer grande a nuestro país? La respuesta dependerá de nuestra capacidad para separar la emoción genuina del oportunismo. Las gestas deportivas y las bravuconadas geopolíticas sirven para encender la mecha, pero el fuego de una nación no se sostiene solo con chispazos. Si logramos que el reclamo por Malvinas deje de ser un refugio esporádico al que acudimos cuando necesitamos un abrazo colectivo y lo transformamos en una política de Estado inquebrantable que nos hermane más allá de nuestras fracturas, entonces sí, ese simple trapo levantado en un estadio norteamericano habrá sido el prólogo de nuestra verdadera grandeza.
Francisco Manuel Silva







