Muy cerca de Tucumán, miles de personas caminan. Van en fila, son miles literalmente y avanzan en una especie de mantra de movimiento y oración. Arrancan su andar de distintos lugares de nuestro norte argentino para emprender una ceremonia ancestral, todos con el mismo destino pero con motivos disímiles.
Los peregrinos que emprenden su caminata hacia la capital salteña representan algo más que un paisaje de nuestras tierras. Marchan para congregarse en una de las celebraciones más populares de Argentina, con más de 800.000 fieles que renuevan su pacto de fe ante el Señor y la Virgen del Milagro. Una demostración casi anacrónica que se manifiesta por estos días.
Es conocida la historia de que la devoción al Señor del Milagro se originó tras el hallazgo fortuito en 1592 de dos cajones flotando frente al puerto del Callao, uno de los cuales contenía un Cristo crucificado enviado desde España por Fray Francisco de Victoria con destino a Salta, donde permaneció guardado y olvidado durante un siglo. En septiembre de 1692, luego de que un terremoto destruyera la ciudad de Esteco, los fieles descubrieron que la imagen de la Inmaculada Concepción había caído intacta a los pies del Cristo en actitud de súplica. Poco después, el jesuita José Carrión recibió la revelación de que los sismos no cesarían hasta sacar al Cristo en procesión, hecho que finalmente devolvió la calma a la ciudad el 16 de septiembre y consolidó la histórica festividad milagrosa.
Quien maneje por las rutas nacionales 34, 9 o 68 por estos días será testigo de estos caminantes. Ellos forman filas a veces infinitas que muestran un lado humano cada vez más olvidado, a veces a propósito. Porque más allá de las creencias de cada uno, verlos andar bajo el calor o la lluvia, con sudor y sacrificio, nos recuerda que todavía nos movilizan los sentimientos. Y lo hacen de manera casi épica para unir distancias que separan montañas, valles y pueblos dispersos.
Vistos de lejos son una masa crítica que parece imposible de desarmar. Vistos de cerca nadie es igual, hay adultos, jóvenes, hasta algunos niños y ancianos. La velocidad de su andar es una constante y todos llevan sus pedidos o agradecimientos, con historias tan particulares en tiempos en los que lo material y la hiperproductividad son dogmas casi irrefutables.
A los costados de las rutas también ocurre otro fenómeno. Cientos de vecinos esperan a los peregrinos para darles algo caliente, una tortilla, un vendaje para seguir, sabiendo que han cruzado a otro igual, que no camina pero que espera y cobija. Sí, todas esas manifestaciones solidarias ocurren a pocos kilómetros y año a año crecen en cantidad.
En estas filas de caminantes el tiempo es otro. La hazaña no es llegar, porque hazaña para ellos no hay. Allí el ego, ese enemigo que tantas veces nos enceguece, no encuentra lugar a pesar de las inolvidables historias que dejan atrás cada paso. Porque la caminata colectiva no intenta demostrar algo excepcional, sino simplemente reunir el sentir de un pueblo que todavía cree que a pie también se llega.







