El US Open desde adentro, un día en el gran evento de Nueva York

La Gaceta Lifestyle pasó más de diez horas en Flushing Meadows para vivir desde adentro uno de los grandes acontecimientos deportivos de Nueva York.

El US Open desde adentro, un día en el gran evento de Nueva York
Por Sol Garcia Hamilton 13 Septiembre 2026

Resumen para apurados

  • La cronista de La Gaceta recorrió durante diez horas el US Open en Nueva York para retratar la experiencia y el ambiente del prestigioso torneo de tenis.
  • La cobertura en Flushing Meadows mostró la faceta social y deportiva que convierte a este Grand Slam en una de las mayores citas de la Gran Manzana.
  • El certamen reafirma su impacto global al combinar la alta competencia con el entretenimiento, consolidando su atractivo turístico y cultural.
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Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.

Nunca habíamos ido a un Grand Slam y, antes de salir, la preocupación era que ponernos. Sabíamos que nos esperaba un día entero caminando, pero al mismo tiempo la gente se arregla mucho. Así que elegí un pantalón de lino, una camisa liviana con estampado animal y sandalias cómodas y frescas. Fernanda eligió un outfit totalmente de negro -nunca falla- y el toque glam con zapatillas y cartera dorada.

Salimos desde Grand Central Station por la mañana y en 40 minutos estábamos en Flushing Meadows. El subte -que en algún punto se convierte en tren- va directo, sin necesidad de hacer combinaciones. Cerca de las 10 ya estábamos entrando al USTA Billie Jean King National Tennis Center para comenzar la cobertura de La Gaceta Lifestyle en el US Open.

La escala ayuda a entender esa primera impresión. El predio es el escenario del US Open desde que el torneo se mudó a Flushing Meadows en 1978 y reúne en un mismo predio los grandes estadios con numerosas canchas secundarias, lo que permite que durante buena parte del día haya partidos sucediendo en simultáneo.

El US Open desde adentro, un día en el gran evento de Nueva York

Una vez adentro, el torneo se parece menos a un estadio y más a una pequeña ciudad que durante dos semanas funciona alrededor del tenis. Hay música, restaurantes, pantallas gigantes, espacios para sentarse, negocios de Polo Ralph Lauren y lululemon, activaciones de Oura y Moët & Chandon, puestos de productos oficiales y canchas en las que siempre algo está pasando.

También hay un comentario que este año escuchamos repetirse bastante entre quienes recorren el predio. El US Open está caro. Un trago difícilmente baja de los 20 dólares, comer durante el día tampoco es barato y una gorra oficial puede rondar los 50. Mientras hacíamos entrevistas, una mujer encontró una definición bastante efectiva para resumirlo y nos dijo, entre risas: “Disneyland for the rich” (“Es Disney para los ricos”).

Con las entradas pasa algo parecido, porque no existe un único precio ni una sola forma de vivir el torneo. Los valores cambian según el día, la sesión y la ubicación, e incluso las entradas individuales están sujetas a precios dinámicos según la demanda. Una alternativa es el Grounds Pass, que permite entrar al predio y recorrer las canchas exteriores, además de acceder por orden de llegada a sectores generales del Louis Armstrong y el Grandstand, aunque no incluye el ingreso para el principal.

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Y es que los grandes partidos se juegan en un estadio que sobresale en medio de todo: el histórico Arthur Ashe. Tiene lugar para más de 23.000 personas y es el estadio de tenis más grande del mundo.

Lleva el nombre de Arthur Ashe, quien ganó el US Open de 1968 y fue el primer hombre afroamericano en conquistar un Grand Slam individual, además de convertirse después en una figura vinculada a los derechos civiles y la educación. Desde 2016, el estadio tiene además techo retráctil, una solución bastante necesaria en una ciudad donde la lluvia puede cambiar los planes en cuestión de minutos.

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Por otro lado, alrededor hay encuentros desarrollándose al mismo tiempo y canchas donde es posible estar mucho más cerca de los jugadores. Después de dar una primera vuelta por el predio, fuimos a ver un partido de juveniles en el Louis Armstrong. Este estadio es a su vez, el segundo más grande del US Open, con capacidad para 14.000 espectadores y un techo retráctil; la versión actual fue inaugurada en 2018.

Al mediodía teníamos una invitación de American Express para conocer las experiencias que la marca, cómo sponsor oficial, montó durante el torneo. Empezamos por la Fan Experience, abierta al público, donde probamos distintos juegos, sacamos fotos y personalizamos una pelota de tenis para llevarnos de recuerdo.

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Después subimos a la Card Member Lounge, destinada a socios de American Express, y probablemente ahí haya encontrado una de mis actividades favoritas del día. Después de varios días recorriendo Nueva York, diez minutos en una de las camillas de masaje del sector wellness fueron lo que necesitaba. Nunca había probado una tan intensa y por momentos realmente parecía que hubiera una persona haciendo el masaje.

También pudimos sentarnos un rato con aire acondicionado, cargar los celulares -algo indispensable- y refrescarnos mientras nos cuidamos la piel con regalitos de Medicube, Glow Recipe y 111SKIN. En el mismo espacio se podían personalizar productos de Polo Ralph Lauren y retirarlos allí mismo, sin tener que volver a hacer fila en otro sector del predio.

El US Open desde adentro, un día en el gran evento de Nueva York
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La siguiente parada fue el Centurion Lounge, dentro del Louis Armstrong Stadium, donde almorzamos con un menú curado por los chefs Kwame Onwuachi y Mike Solomonov. Había hummus con pita, pollo amba, pasta con pesto, banana pudding.

Entre los platos, el que más nos llamó la atención fue el Truffle Wagyu Chopped Cheese, una versión del clásico chopped cheese neoyorquino. El original nació en las bodegas de Harlem y el Bronx y suele combinar carne picada cocida a la plancha con cebolla y queso derretido dentro de un pan tipo hero; acá, la propuesta llevaba la idea a otro nivel con wagyu y trufa.

También probamos la Honey Deuce, la bebida insignia del US Open, un cocktail a base de vodka, limonada y licor de frambuesa que se sirve con pequeñas bolas de melón honeydew que imitan pelotas de tenis. Hasta el nombre juega con esa idea, combinando el honeydew con el “deuce”, el empate 40-40 en tenis. Con los años, el vaso souvenir y sus tres pequeñas “pelotas” verdes se volvieron parte de la imagen del torneo casi tanto como algunos de sus negocios y tribunas.

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Mientras comíamos, Aryna Sabalenka jugaba contra Linda Nosková por los cuartos de final femeninos y rápidamente la pantalla empezó a competir con el almuerzo por nuestra atención. Sabalenka terminó ganando un partido muy cerrado por 7-6, 3-6 y 7-6 para avanzar a semifinales.

Cuando salimos de American Express, la tarde quedó bastante más librada a lo que fuera apareciendo. Caminamos por el predio, probamos los yogures Fage que estaban publicitando, hicimos algunas entrevistas y entramos y salimos de distintas canchas, hasta encontrarnos con una que tenía un atractivo especial para quienes habíamos llegado desde Argentina. Horacio Zeballos, junto al español Marcel Granollers, enfrentaba a los también argentinos Máximo González y Andrés Molteni, por lo que había tres jugadores argentinos compartiendo el mismo partido. Granollers y Zeballos se impusieron por 6-3 y 6-3.

La recorrida nos dejó además uno de esos encuentros que no se pueden programar. Nos cruzamos con José Luis “Batata” Clerc, que estaba trabajando para ESPN, y aceptó enseguida conversar con La Gaceta Lifestyle. Hablamos sobre cómo cambió el tenis desde su época hasta hoy, sobre el torneo y sobre Carlos Alcaraz, mientras alrededor la gente se acercaba a saludarlo y pedirle fotos.

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En paralelo, otro partido empezó a adueñarse de las pantallas. Frances Tiafoe y Alex Michelsen jugaron durante casi cinco horas y Tiafoe terminó remontando después de perder los primeros dos sets para ganar 5-7, 3-6, 7-5, 6-3 y 7-6. Más tarde lo vimos muy cerca mientras ESPN lo entrevistaba después del partido y él saludaba a quienes se habían quedado alrededor.

Para ese momento ya estaba empezando otra versión del US Open. Cerca de las siete de la tarde baja el sol y comienza a llegar el público de la noche, y ahí también cambia la ropa. Durante el día los conjuntos están pensados para caminar y soportar el calor, pero a esa hora empiezan a verse vestidos, camisas y personas mucho más elegantes, junto con hombres parecen llegar directamente desde el Financial District.

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Uno podría imaginar que un torneo de tenis estaría dominado por ropa deportiva, pero en Flushing Meadows mucha gente va a encontrarse con amigos, comer algo y después entrar al partido principal, por lo que la sesión nocturna termina funcionando también como uno de los grandes planes sociales de Nueva York. El tenis sigue siendo el centro, aunque a su alrededor convivan la moda, la gastronomía y toda una serie de experiencias que hacen que alguien pueda disfrutar el día incluso sin conocer de memoria el ranking.

Hay, además, algo fundamental cuando se pasan tantas horas ahí. La organización hace que un predio enorme y lleno de gente resulte sorprendentemente fácil de recorrer. Hay baños por todas partes, prácticamente no tuvimos que esperar para usarlos, todo se mantiene limpio y los movimientos de un sector a otro son rápidos, algo que se agradece después de pasar desde la mañana caminando de una cancha a otra.

Alrededor de las nueve de la noche nosotras ya estábamos terminando el día, mientras una nueva multitud recién llegaba para la sesión nocturna. El partido de Carlos Alcaraz contra Ben Shelton todavía no había empezado y no todos los que estaban en el predio iban a entrar al estadio. Quienes tienen un Grounds Pass también pueden seguir los grandes partidos desde las pantallas repartidas por el complejo, y alrededor de las más grandes se empieza a juntar gente a medida que se acerca la hora. Es otra manera de vivir el partido, afuera del estadio pero todavía metido en el clima del US Open.

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Después de más de diez horas ahí entendí que mi primera experiencia en un Grand Slam había sido bastante distinta de lo que imaginaba antes de tomar el subte. Habíamos visto tenis con los mejores jugadores del mundo, una remontada de casi cinco horas y uno de los tenistas más importantes de nuestro país trabajando a pocos metros nuestro, pero también habíamos comido, recorrido negocios, probado experiencias de wellness y visto cómo el mismo lugar cambiaba completamente cuando caía el sol.

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Nueva York construyó alrededor de uno de los torneos más importantes del mundo un acontecimiento social enorme, pero basta caminar algunos metros y escuchar nuevamente el golpe de una pelota para recordar por qué todos están ahí.

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