Entrevista a Pablo e Santis: “El sueño se parece mucho a la escritura”

Acaba de publicar El Ministerio del Sueño, novela en la que los sueños anticipan el porvenir. Aquí habla sobre su última historia, brinda detalles de su método de escritura y reflexiona acerca de la soledad esencial de todo autor. “Buscar la voz para mí es fundamental”, afirma.

PABLO DE SANTIS. Esta novela “es una especie de historia de ciencia ficción, pero una ciencia ficción un poco retro”, explica el autor.
PABLO DE SANTIS. Esta novela “es una especie de historia de ciencia ficción, pero una ciencia ficción un poco retro”, explica el autor.
Hace 14 Hs

Por Flavio Mogetta

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Incluso antes de la antigüedad clásica greco-romana a los sueños se les prestaba especial atención. Basta retroceder hasta la epopeya mesopotámica Gilgamesh para encontrar sueños repletos de simbolismo y presagios. Aparecen los Oniroi e Hipnos, un poco más acá en el tiempo con el poeta latino Ovidio o ese fatal sueño premonitorio de Calpurnia la noche anterior a los Idus de marzo y la súplica desoída por Julio César para que no saliera de su casa.  
Presagios y sueños premonitorios, pero ¿qué sucedería si además existieran personas organizadas por un gobierno capaces no de eso sino de encontrar patrones aislados en los sueños que permitiesen anticipar delitos y las coordenadas espaciales de los mismos. Eso es lo que imagina el escritor Pablo de Santis en su última novela El Ministerio del Sueño, publicada por editorial Minotauro y que cuenta con ilustraciones de Carlos Barocelli.

“Es una especie de historia de ciencia ficción, pero una ciencia ficción un poco retro, ¿no? Eso que en algún momento se llamó steampunk, que era como si fuera un pasado alternativo más que más que un futuro a partir de la tecnología que tenemos. De lo que habla esta novelita muy breve es un poco la posibilidad de ver que los sueños anticipan el porvenir, pero no de que una persona determinada anticipa el porvenir a través del sueño, sino que todos de alguna manera soñamos con el porvenir, pero soñamos pedacitos. Y entonces, de alguna manera, el Ministerio del Sueño completa eso y permite ver si va a ocurrir un crimen, un incendio, etc.”, introduce Pablo De Santis.

-Aparecen entonces esos “anticipadores” contratados por el Estado para la prevención y el control de los ciudadanos.

-Es el tema de la historia y a la vez la idea de que si alguien realmente asistiera a los sueños de los demás entendería lo que siento. Al ver esos sueños ajenos todo el tiempo uno quedaría contaminado con todo ese flujo de imágenes y de sentidos misteriosos.

-Y en ese universo en el que se corre el riego de contaminarse construís una figura como la de Víctor Levit, que al desandar la historia uno entiende por qué ha aceptado ese trabajo durante el turno noche.

-Sí, es un personaje bastante solitario, un maestro de escuela que pasó a trabajar en el ministerio por su habilidad para descubrir patrones en series de imágenes. Es un personaje  muy solitario y de alguna manera toda la historia, que tiene algo de poder inicial, es fantástica por el mundo que se plantea. Tiene algo de policial, porque hay una muerte, pero todo es una especie de aprendizaje psicológico. Hay un crimen y la investigación y la resolución del crimen, todo tiene que ver con el mundo de los sueños.

-A los elementos clásicos del policial tanto de enigma como negro se le añade otro elemento sumamente misterioso como el universo de los sueños.

-Sí, de alguna manera el sueño se parece mucho a la escritura, porque uno siempre en la escritura combina cosas que ha vivido -que pertenecen al reino de la experiencia- con otras que pertenecen al reino de la imaginación. El mundo del sueño es totalmente involuntario y en la escritura tenemos cierto control. Pero en los dos casos tenemos que hacer convivir la experiencia con lo que no existe, con lo que imaginamos. Me parece que se parece bastante escribir a soñar.

-Víctor Levit es un hombre solitario y el escritor de alguna manera podría serlo.

-Sí, es solitario, pero uno siempre tiene vida familiar, social. Yo la verdad que no estoy solo nunca. El trabajo más solitario es el juicio sobre uno mismo, sobre lo que hace. Uno tiene que decidir si algo es publicable y ahí sí, creo que se siente la soledad.

-En ese universo onírico que se plantea en El Ministerio del Sueño, el Estado controla tanto lo consciente como el universo de lo inconsciente. Esa idea no deja de ser perturbadora.

-Por eso hay en la novela un pequeño grupo que se dedica a manera sabotearlo. En algún momento se menciona la palabra hipnosis, como que concentran para soñar el mismo sueño de manera de dar falsas alarmas al Ministerio del Sueño. Creo que si existiera algo parecido al Ministerio del Sueño, seguramente existiría algún grupo que trataría de boicotearlo.

-Cuando mencioné la soledad del acto de escritura no dudaste en mencionar que estás rodeado de gente. Aparece la familia, amigos y también escritores como Guillermo Martínez. No es raro encontrarlos a ambos en las dedicatorias de sus publicaciones.

-Somos amigos desde hace más de 30 años. Es un escritor que admiro,  toda su obra me encanta. Nos conocimos en un congreso en España cuando éramos jóvenes, no habíamos cumplido los 30, yo ya había leído Inferno Grande y él en ese viaje me prestó Acerca de Roderer, que me enloqueció.

-Esto también tiene que ver con salir un poco de esa soledad del escritor.

-Siento más lo de lo de la soledad, como te decía antes, con el tema de las decisiones. Ahí aparecen las inseguridades del escritor, que por más que uno haya publicado muchos libros y se dedique a esto hace años, uno siempre está dudando de lo que hace, que me parece que en otros trabajos no es así.

-Tu obra trasciende generaciones. Podemos encontrar lectores adultos y adolescentes de tus novelas.

-Eso me encanta. Cuando empecé a publicar sobre todo las novelas para adolescentes, me imaginé que eran libros que iban a terminar ahí, que se agotaba o no se agotaba la edición, y estoy muy agradecido de que esos libros sigan a través de los años. Los chicos de ahora siguen encontrando algo en  libros como Lucas Lenz y el museo del Universo, que es una novela que debe tener más de 30 años. Cambió todo el mundo, apareció la tecnología en los hogares y es una novela escrita a máquina de escribir en la que la lectura todavía encuentra algo en ese personaje.

Mencionaste la máquina de escribir. ¿Actualmente lo hacés en computadora?

-Sí, pero hace muchos años escribo una primera versión a mano, por lo menos el comienzo, y después la paso en la computadora. Uso cuadernos escolares, que a veces me compro y otras, como voy a escuelas a hablar con los chicos, me los regalan, a veces con el logo de la escuela.

-¿Te ha pasado de hacer cambios importantes en las novelas?

-Por ejemplo, La Cabalgata de las Valquirias era una novela escrita en tercera persona en la primera versión. Me gustaba la trama pero no el tono, me parecía muy frío, y la pasé a la voz del narrador y protagonista. Ahí me cerró más la novela. Buscar la voz para mí es fundamental. Me parece importantísimo cuando uno se siente seguro y siente que es una voz narrativa con convicción.

-Es en ese momento en el que aparece esa zona de incertidumbre que mencionábamos.

-Es una inseguridad con respecto al producto total, a todo lo que uno está escribiendo, pero a la vez en la corrección constante de “lo corrijo, lo corrijo, lo cambio” uno corre el riesgo de ser como ese personaje de La Peste que estaba escribiendo una novela pero no pasaba de la primera línea porque siempre la corregía y nunca llegaba a la segunda. Yo creo que los escritores tenemos la amenaza de convertirnos en ese personaje.

© LA GACETA

Perfil

Pablo De Santis (Buenos Aires, 1963) se graduó como licenciado en Letras en la UBA. Ha publicado, entre otros libros, las novelas La traducción (1998), Filosofía y Letras (1999), El teatro de la memoria (2001), El calígrafo de Voltaire (2002), El enigma de París (2007), Crímenes y jardines (2013) y Academia Belladonna (2021). Ha recibido el Premio Konex de Platino 2004, el Premio Planeta-Casamérica 2007, el Premio de novela de la Academia Argentina de Letras 2008 y el Premio Nacional de Cultura 2012.

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