Las alas derretidas de Jason Arday
La muerte inesperada del profesor negro más joven en alcanzar una cátedra en Cambridge puso un desenlace trágico a una vida extraordinaria y controvertida. Su historia se construyó entre obstáculos formidables, logros académicos, episodios difíciles de comprobar y acusaciones de impostura. Pero también expone el poder destructivo del racismo, el acoso público y esa “máquina del fango” que se convierte en una cacería.
Por Walter Gallardo
Para LA GACETA - MADRID
El informe de la policía contenía una afirmación irrefutable y a la vez inusual: se trataba de una muerte inesperada. Era el final de una vida controvertida, la de un joven negro de 41 años, cuyo cadáver yacía en su domicilio de Battersea, en el sudoeste de Londres, y el punto culminante, pero no definitivo, de una gigantesca polémica en la que se mezclan talento, racismo, imposturas, medias verdades y, por encima de todo, un insoportable acoso público.
Se llamaba Jason Arday y nació en un hogar humilde de Clapham. Era hijo de inmigrantes ghaneses. Su padre, cocinero, y su madre, cuidadora de enfermos mentales. Su historia es una sucesión de hechos extraordinarios, incluso sospechosos de una inverosímil exageración. De su niñez de autista a su ascenso a la cumbre académica como profesor de Cambridge, todo lo excepcional, para bien o para mal, sería parte de sus días. Según su propio testimonio, no pronunció una sola palabra hasta poco antes de cumplir los 12 años y esa palabra fue tan simple como “hola” en respuesta espontánea y casi torpe al saludo de la logopeda que lo trataba. Desde ese momento, habló, aunque con una dislexia que lo acompañaría para siempre. A esto habría que agregar que hasta los 18 sería un analfabeto funcional, de modo que debía luchar horas para leer y entender el texto de una página. Y tanto era así, aseguraba, que a la hora de ingresar en la universidad, su novia tuvo que rellenar los formularios y escribir una nota de aspirante a una plaza. Al cabo de múltiples pruebas y terapias, los médicos no dudaron en desahuciar repetidamente a su madre: “Su hijo es deficiente”, le decían. “Dentro de ese cuerpo y de ese cerebro no hay nadie”.
Al límite de lo increíble
Como si la desgracia fuera su sombra, en la adolescencia comenzaría a tener ataques de epilepsia después de que una pandilla le propinara una paliza en una parada de autobús, a lo que le seguiría un síndrome de cautiverio y un intento de suicidio. Y como si todas estas desdichas no bastaran, también superó un cáncer de testículo y, a continuación, en 2015, cinco semanas antes de defender su tesis doctoral, el destino lo pondría otra vez al borde de un nuevo abismo: un tumor en la glándula pituitaria, en la base del cerebro, lo llevaría de urgencia al quirófano. Durante su recuperación, cuando las cosas parecían estar mejorando, su memoria se empañó como un cristal. De repente los acontecimientos más inmediatos habían desaparecido. Así, al volver a leer la tesis que le había llevado treinta meses preparar, su contenido se tornaba nuevo y extraño.
¿Cómo enfrentar tantas dificultades? El deporte fue uno de sus refugios terapéuticos y de reivindicación. Sin embargo, también aquí sus anécdotas suenan superlativas. Entregado de lleno a causas benéficas, dijo haber corrido 30 maratones en 35 días, los últimos nueve con el peroné fracturado, dato que a muchos especialistas les hizo fruncir el ceño. O que corrió 600 millas en seis días, aunque luego confesaría que tardó un poco más. En cualquier caso, con estas proezas deportivas conseguiría, según aseguraba, recaudar más de cinco millones de libras para decenas de organizaciones humanitarias o viajar a países pobres de África y América para instalar pozos de agua potable. Su nombre y su rostro comenzaron a resultar cada vez más conocidos desde que transportara la antorcha olímpica durante los juegos de Londres en 2012 y se consolidarían cuando el tenista Andy Murray expresara públicamente su admiración por él al conocerlo en persona en el popular programa televisivo Surprise, Surprise. Y lo hizo con un halago que ahora vuelve a recordarse: “Su fuerza mental y su historia me sirvieron de inspiración en partidos decisivos como en la final de la ATP contra Novak Djokovic”.
De la consagración a la cacería
Sin duda, Jason Arday era alguien peculiar, notablemente talentoso, aun cuando su tendencia a la fantasía facilitara su desprestigio o caricatura. Algo nada sorprendente, habría que admitir: todas las historias de impostores se construyen mezclando en distintas dosis verdades con mentiras, situaciones con antecedentes incontestables con otras cuyas pistas se pierden en rincones oscuros, inaccesibles. Lo comprobado, y lo que nadie puede refutar, es que a los 23 años se graduaría en Educación Física en la Universidad de St Mary’s. Un primer paso para una escalada de desafíos. Obtendría luego un master en Educación y Pedagogía, lo que le abrió las puertas de la Universidad de John Moores, en Liverpool, donde se doctoró. Al mismo tiempo, sus méritos como atleta y sus campañas por la diversidad racial lo transformarían en una figura popular y admirada. En esta época le llegarían ofertas de empleo en las universidades de Durham y Glasgow, donde sus trabajos de investigación gozarían de un espaldarazo académico de prestigio. Todo junto, sin duda, iba a contribuir a que en 2023 recibiera el mayor reconocimiento de su vida, aunque más tarde se probara como un regalo envenenado: la llamada de Cambridge ofreciéndole el puesto de profesor de Sociología de la Educación. Sólo tenía 37 años y pasaba a convertirse, en ese ambiente elitista y de tradiciones centenarias, en el docente negro más joven en la historia de la universidad. Lo que creía un premio, acabó siendo su condena. Desde el primer instante sufriría un acoso asfixiante de medios conservadores y de las redes sociales. Sólo en el día en que asumió su cargo recibiría más de 200.000 correos, unos felicitándolo con sinceridad y aprecio y muchos otros de odio, con insultos centrados en su color de piel, poniendo en duda sus cualificaciones y el acento en que “unas malditas reglas de lo políticamente correcto” le permitían a un intruso desclasado el acceso en esas distinguidas aulas. No obstante, las cifras muestran la realidad: apenas 75 de las 6.180 personas que componen el claustro de Cambridge son negras; profesores titulares, sólo cinco, ahora cuatro.
La cacería sin pausas duraría tres años y daría sus resultados al ahondar en las invenciones y falsedades del propio Arday. La más intensa provendría de un ex profesor de la misma universidad cesado en 2024 por racismo. Nathan Cofnas lo denunciaría por plagio en distintos trabajos firmados por Arday, sobre todo en su tesis doctoral. Al principio, Cambridge defendió al acusado y, poco después, el pasado 5 de agosto admitió que se iniciaría una investigación basada en “nueva información”. Ese mismo día Jason Arday, ya abatido por el escrutinio despiadado, ajeno a una pretendida búsqueda de la verdad, renunciaría a su cargo. A la semana siguiente sería encontrado muerto. ¿Un suicidio? Paradójicamente, coincidiría con el lanzamiento de su biografía titulada Great and Unfortunate Things, por la que la editorial Simon and Schuster le habría pagado casi un millón y medio de libras.
La máquina del fango
¿Qué nos muestra este caso? Por un lado, hay indudablemente un fabulador, alguien que quiso construir un personaje exuberante y sobrehumano, y, por el otro, una gran parte de la sociedad inclinada hacia el odio, con unos sentimientos enfermos canalizados y amplificados por los altavoces de medios con olfato para la sangre y redes sociales alimentadas de carroña. Curiosamente, en esa misma universidad de Cambridge, en febrero de 1965, el escritor James Baldwin, negro como Arday, homosexual y defensor de los derechos civiles, tuvo que explicar los fundamentos de su raza como si se tratara de algo anormal. Se preguntaba entonces por qué la bandera que se comparte con otros no defiende con la misma lealtad a todos. O hace unos meses, en otro ámbito similar, el de Oxford, el actor Kevin Spacey decía a los alumnos a propósito de un caso similar de persecución y homicidio mediático ocurrido en Hollywood a principios del siglo pasado: “Solía pensar que la verdad vencería. Si mantienes la calma y dejas al sistema actuar, finalmente los hechos hablarían más alto que el ruido. Pero estaba equivocado. No quieren la verdad, quieren a un villano. Una vez que las acusaciones han sido divulgadas, los hechos no importan”. Acababa su discurso con una pregunta: “¿Qué ha cambiado?”
Tal vez ya es hora de decidir hasta dónde dejaremos actuar aquello que Umberto Eco llamaba “la máquina del fango”. Al propio Jason Arday se le preguntó en una entrevista reciente qué cambiaría del mundo si eso estuviera en sus manos: “Si pudiera -dijo-, pondría el mundo a girar en el eje del amor (…) Creo que la ausencia de amor en nuestra sociedad es absolutamente palpable. Percibo que la empatía y la tolerancia están completamente erosionadas”. Hoy podemos leer en su biografía un alarmante anticipo de la tragedia final; reconoce por escrito que su historia, como la de aquellos que persiguen febrilmente un sueño, puede acabar como el vuelo de Ícaro al acercarse demasiado al sol: con las alas derretidas.
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Walter Gallardo – Periodista tucumano radicado en España.







