Cartas de lectores: legado de San Martín

Hace 1 Hs

Un 25 de febrero de 1778, dos años después de la creación del Virreinato del Río de la Plata y de la expulsión de los Jesuitas, nacía José Francisco, quinto hijo de Juan de San Martín, en Yapeyú, Corrientes. Juan de San Martín era un oficial militar del ejército español que desempeñó el puesto de funcionario, como teniente gobernador del departamento de Yapeyú que dependía de la región de Misiones. He aquí una curiosa ironía o paradoja de la historia: en un rincón marginal del mundo hispánico un defensor leal del imperio español había engendrado al que iba quebrar, por la vía militar, el aparato estatal de dominación española en América del Sur. La Revolución de Mayo de 1810 y la Independencia de 1816 habían entrado en una encrucijada. Y la salida a esa situación va a ser el  General José de San Martín. La guerra en el norte estaba empantanada. Era imposible empujar a los realistas más allá de la quebrada de Humahuaca. El escenario internacional, a diferencia de 1810, no era favorable. Merodeaba en el ambiente la posibilidad que España, por su cuenta, enviase un ejército al Río de la Plata. Eso fue lo que notó José de San Martín. Llega, junto a Carlos de Alvear, en 1812 a Buenos Aires. Se dedican, ambos militares, a organizar profesionalmente al ejército. En septiembre de 1811, y luego de haber servido al ejército español durante 20 años, el teniente coronel José de San Martín se traslada a Londres y antes de emprender la vuelta a las ahora denominadas Provincias Unidas del Río de la Plata, decide hacerse de un arma blanca, adquiriendo un sable shamshir usado, de origen árabe y de hoja alfanjada que lo acompañaría en toda la guerra de la independencia. El 3 de febrero de 1813 San Martín lo usaría por primera vez en la Batalla de San Lorenzo, en la que fuerzas independentistas vencieron a las tropas realistas. Fue el único combate librado por San Martín y los Granaderos a Caballo en territorio argentino. Su proyecto era más amplio: luchar contra el poder español y unir a América en una sola nación. Concibió un audaz plan: atacar a los realistas por Chile, cruzando la cordillera, luego, al Perú por mar. Pidió San Martín que se lo nombrase Gobernador Intendente de Cuyo. Desde allí, al pie de la cordillera, prepararía pacientemente un ejército capaz de atravesar las montañas y derrotar a los españoles de medio continente. Hacía falta dinero para vestir y alimentar a la tropa, fabricar pólvora y cañones, conseguir caballos y mulas. A fines de 1816, en el campamento de El Plumerillo, al noroeste de la ciudad había 5.500 hombres, 18 cañones, 1.500 caballos, 9.000 mulas cargadas con provisiones y municiones. El cruce de los Andes fue una gran hazaña pero también una obra de arte, algo minuciosa y delicadamente preparada hasta en sus menores detalles. Libera Chile. Los vencedores entraban a Santiago y eligen como Director Supremo a Bernardo de O´Higgins, patriota chileno y colaborador de San Martín. San Martín, en Chile, empieza a organizar su campaña al Perú. Llegaron buenas noticias del norte. Simón Bolívar triunfaba en el norte de América del Sur y organizaba la Gran Colombia (Colombia, Panamá, Venezuela y Ecuador). San Martín emprendió la campaña hacia el Perú en 1820, con una flota experimentada, pocos hombres (4.000) frente a 20.000 realistas. Se embarcó con la esperanza de conseguir apoyos de los pueblos americanos. No se equivocó porque estallaron movimientos de apoyo en Guayaquil y Trujillo. En septiembre de 1821, en Lima, proclamó la independencia del Perú, siendo nombrado protector. En julio de 1822 se entrevista con Simón Bolívar en Guayaquil. Llega Bolívar a Perú. Las  batallas de Junín y Ayacucho, en 1824, marcan el fin del poder español en América. Luego de su periplo, el 10 de febrero de 1824, San Martín se embarca rumbo a Europa, pero sin el sable corvo, que, según historiadores, quedó en la ciudad de Mendoza en poder de Josefa Ruiz Huidobro, a quien le confió su equipaje y papeles. En una carta fechada en París el 5 de diciembre de 1835, San Martín le encarga a su yerno, Mariano Balcarce y a su hija Merceditas, quienes se encontraban de viaje en estas tierras, que “(...) se traigan (...) mi sable corvo, que me ha servido en todas mis campañas de América, y servirá para algún nietecito, si es que lo tengo”. Dos años más tarde será entregado por el mismo Balcarce en Francia. Casi diez años después, San Martín redacta su testamento en París, el 23 de enero de 1844, en el que se puede leer que el sable corvo “le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. La relación epistolar entre Rosas y San Martín se inició a instancias del bloqueo francés en 1838 realizado en el Río de la Plata contra la entonces Confederación Argentina, y a través de una misiva, San Martín ofrecía sus servicios de combate ante la agresión externa. Luego de la muerte de San Martín el 17 de agosto de 1850, el 30 del mismo mes, Balcarce, en su carácter de albacea, se dirige a través de una carta a Rosas, dando cuenta de las disposiciones del testamento y al poco tiempo le envía el sable. Luego de la derrota de Caseros, Rosas se embarca hacia Inglaterra el 10 de febrero de 1852, llevando consigo el sable corvo. Tras la muerte de Rosas el sable queda en manos de su hija Manuelita y de su yerno, Máximo Terrero. En 1896, al inaugurarse el Museo Histórico, la familia de Rosas lo dona con la condición de que permanezca exhibido en ese museo.

Pedro Pablo Verasaluse  

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