Estimados lectores, todos hemos pasado por esa molesta experiencia cotidiana: salimos con prisa de casa, metemos la mano en el bolsillo y descubrimos con frustración que no están los auriculares. “Tienen que estar en algún lado”, nos repetimos para calmarnos. En el bolso, entre los almohadones del sillón, en la mesa de noche. Eventualmente aparecen... o compramos otros por un par de billetes. El problema escala a dimensiones surrealistas cuando la frase “en algún lado están”, no la pronuncia un estudiante distraído buscando sus AirPods, sino el presidente del Banco Central refiriéndose a las reservas en dólares de la nación. En el análisis político y macroeconómico hay un pilar fundamental sobre el que se sostiene todo el sistema financiero e institucional: la confianza. La moneda de un país vale lo que vale la credibilidad de sus instituciones. Cuando el custodio de las divisas de un Estado trata la evaporación o el drenaje de miles de millones de dólares como si fuera un olvido doméstico, el mensaje que envía al mercado y a la ciudadanía no es de tranquilidad, sino de absoluto desconcierto. “Tratar la pérdida de reservas monetarias con la levedad con la que se busca un objeto cotidiano no desdramatiza la crisis: expone la falta de control.” Las reservas de un Banco Central no son dinero olvidado en un saco de invierno. Representan: ° El respaldo de la moneda nacional ante corridas cambiarias o financieras. ° La capacidad real de pago para importaciones clave y compromisos internacionales.° El termómetro institucional de la salud económica de un país. Como analistas de la realidad pública, nos toca hacer la pregunta incómoda: ¿dónde están realmente esas divisas? Sabemos que los dólares no “se pierden” en la nada. Se van en intervenciones cambiarias desesperadas para contener el tipo de cambio, en liquidaciones fallidas, en fuga de capitales por falta de certidumbre o en vencimientos de deuda sin plan de refinanciación. Decir que “en algún lado están” es una pirueta retórica que busca infantilizar al ciudadano, transformando un problema severo de gestión pública y drenaje de activos en un simple misterio doméstico. Si a un ciudadano común se le pierden los auriculares, el costo lo paga su bolsillo. Si a un Banco Central se le desvanecen las reservas sin una explicación técnica, transparente y auditable, la factura la paga la sociedad entera a través de inflación, devaluación y pérdida del poder adquisitivo. El debate público no puede permitirse caer en esta normalización de la vaguedad. Las instituciones exigen números exactos, balances transparentes y funcionarios que asuman la gravedad del cargo que ocupan. Esperar que los dólares “aparezcan” por arte de magia no es una estrategia económica; es una expresión de deseo. Y la política monetaria de un país no puede gestionarse con la misma lógica con la que buscamos las llaves antes de salir de casa.
Mario Véliz
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