In memoriam: Emilio Andrés Herrera Molina, la nobleza de un juez

DOLOR. El fallecimiento de Emilio Andrés Herrera Molina, ocurrido el 1 de agosto, enlutó al Poder Judicial, a la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino y a toda la comunidad jurídica tucumana.
DOLOR. El fallecimiento de Emilio Andrés Herrera Molina, ocurrido el 1 de agosto, enlutó al Poder Judicial, a la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino y a toda la comunidad jurídica tucumana.
Hace 1 Hs

Hay magistrados que dejan una huella en los libros. Otros, en la jurisprudencia. Muy pocos logran dejarla también en el corazón de quienes compartieron con ellos el trabajo, la docencia y la vida. El fallecimiento del Dr. Emilio Andrés Herrera Molina, ocurrido el 1 de agosto, enluta al Poder Judicial, a la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino y a toda la comunidad jurídica tucumana. Pero, por encima de todo, despide a un hombre que hizo de la Justicia una vocación de servicio y de su vida un ejemplo de integridad.

La verdadera dimensión de una persona rara vez se mide por los cargos que ocupó. Se revela en la huella que deja cuando ya no está. Y eso ocurrió con Emilio Herrera Molina.

Años atrás, cuando fue duramente cuestionado por una sentencia judicial, sucedió un hecho excepcional en la historia institucional de Tucumán. El Poder Judicial respondió con un abrazo simbólico en su defensa. Desde el Presidente de la Corte Suprema de Justicia hasta magistrados, funcionarios, empleados y personal de maestranza expresaron públicamente su respaldo. No fue un gesto corporativo. Fue el reconocimiento a un hombre cuya conducta había sembrado respeto, confianza y afecto durante toda una vida. Porque los cargos se confieren. La autoridad se ejerce. Pero el respeto se conquista.

Antes de incorporarse a la magistratura ejerció la profesión libre con una profunda vocación de servicio. Quienes lo conocieron recuerdan que muchas veces priorizaba ayudar a las personas antes que cualquier interés económico. Esa sensibilidad lo acompañó siempre. Su trayectoria lo llevó a desempeñarse como Fiscal y luego como Juez en Concepción, hasta integrar desde 1992 la Excma. Cámara Penal, Sala II, junto a los doctores Alberto Piedrabuena y Vera. Desde ese tribunal intervino en causas emblemáticas como Pablo Amin, El Khalil y Marita Verón, actuando siempre con equilibrio, prudencia y un inquebrantable compromiso con la ley. Pero incluso en los procesos de mayor trascendencia nunca perdió de vista que detrás de cada expediente había personas. Durante el juicio por la desaparición de Marita Verón tuvo una especial preocupación por el cuidado y la protección de las testigos que llegaban desde distintos lugares del país. Era su manera de entender que la Justicia también se expresa en el respeto por la dignidad humana.

En el ámbito académico reconocía con gratitud la influencia del recordado Dr. Falú, uno de sus grandes maestros. Más tarde él mismo continuaría ese legado como Profesor Titular de Derecho Penal II en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, donde generaciones de alumnos recuerdan sus clases como verdaderas lecciones de Derecho, ética y humanidad.

Sin embargo, su mayor legado no se encuentra en los expedientes ni en las aulas. Se encuentra en la memoria de quienes lo conocieron. Quienes trabajaron junto a él recuerdan al hombre antes que al juez. El saludo cordial de cada mañana, el consejo oportuno, la escucha paciente, el chiste que distendía los días difíciles y el respeto con el que trataba a cada persona, sin importar su cargo o función. Nunca permitió que la investidura desplazara la sencillez.

En ese camino jamás estuvo solo. Lo acompañó siempre su esposa, trabajadora social y compañera inseparable de toda una vida. Quienes compartieron su intimidad recuerdan que muchas de sus conversaciones giraban alrededor de las personas y de cómo la Justicia nunca debía perder su rostro humano. Esa mirada compartida fortaleció una convicción que lo acompañó hasta el final: antes que jueces de expedientes, estamos llamados a ser servidores de personas.

Quizás por eso nadie se sorprendió cuando, en uno de los momentos más difíciles de su carrera, todo el Poder Judicial decidió abrazarlo. En aquella imagen no se defendía únicamente una sentencia. Se abrazaba a un hombre cuya vida había sabido ganarse el respeto de todos. San Agustín escribió que “la medida del amor es amar sin medida”. Quienes conocieron al Dr. Herrera Molina saben que hizo del servicio, la humildad y la generosidad una forma de vivir. Hoy, cuando la sociedad reclama una Justicia más cercana y más humana, su vida recuerda que las instituciones se engrandecen cuando quienes las integran viven con coherencia, prudencia y espíritu de servicio.

Tucumán despide a un jurista de excelencia. La Unsta, a un maestro inolvidable. El Poder Judicial, a un magistrado ejemplar. Pero quienes tuvieron la gracia de compartir su camino despiden, sobre todo, a un hombre bueno. El Evangelio de San Mateo recoge una promesa que parece escrita para quienes hicieron del servicio una misión: “Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor” (Mt. 25,23).

Las sentencias permanecerán en los archivos. Sus enseñanzas vivirán en la memoria de sus alumnos. Pero su verdadero legado será siempre el ejemplo. Porque los buenos jueces dictan sentencias justas. Los grandes jueces, además, dejan discípulos, inspiran vocaciones y dignifican la magistratura con su propia vida.

Ojalá las futuras generaciones encuentren en Emilio Andrés Herrera Molina un modelo de juez y de ser humano. Porque si la Justicia contara con más hombres como él, probablemente también nuestra sociedad sería mejor. Hay personas cuya ausencia duele profundamente, pero cuyo ejemplo permanece iluminando el camino. El Dr. Emilio Andrés Herrera Molina pertenece, sin duda, a esa extraordinaria categoría de hombres que no solo honraron su profesión: honraron la vida.

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