Vivimos una época singular. Nunca antes una persona había podido influir sobre millones de otras con la sola ayuda de un teléfono celular. Sin embargo, la cuestión esencial no es cuántos seguidores tiene un influencer, sino qué valores, ideas o conductas transmite a quienes lo siguen. Hoy, una parte importante del universo de las redes sociales parece girar alrededor del culto a la imagen. El cuerpo perfecto, la ropa de moda, la comida del día, las vacaciones soñadas, el gimnasio, el último desafío viral o la selfie cuidadosamente preparada ocupan buena parte del escenario. No hay nada reprochable en cuidar la salud, hacer deporte o disfrutar de los placeres de la vida. Lo preocupante es que, con demasiada frecuencia, la apariencia termine desplazando al pensamiento y que el éxito se mida más por la cantidad de “me gusta” que por la calidad de las ideas. Una sociedad que admira más un abdomen marcado que una mente cultivada corre el riesgo de empobrecerse culturalmente. El conocimiento exige esfuerzo; la frivolidad, en cambio, suele ofrecer gratificaciones instantáneas. Y los algoritmos, muchas veces, favorecen aquello que despierta emociones rápidas antes que reflexiones profundas. Pero existe otra clase de influencers. Son menos estridentes, aunque acaso mucho más valiosos. Son quienes recomiendan libros, acercan la filosofía al público, explican la historia, divulgan la ciencia, enseñan literatura, arte o música, y despiertan la curiosidad por comprender el mundo. No buscan impresionar con su imagen, sino enriquecer con sus ideas. No exhiben una biblioteca como un elemento decorativo; invitan a abrir un libro y descubrir nuevos horizontes. Sería una magnífica noticia que las redes sociales también hicieran virales las ideas. Que una recomendación de una gran novela alcanzara la misma difusión que una coreografía; que una conferencia sobre ciencia despertara tanto interés como un video de pocos segundos; que un ensayo sobre ética, historia o medicina encontrara el espacio que hoy suele ocupar lo efímero. Después de todo, aquello que verdaderamente distingue al ser humano no es la perfección de su cuerpo, sino la capacidad de pensar, crear, imaginar e investigar. Las grandes transformaciones de la humanidad no nacieron frente a un espejo, sino frente a un libro, un laboratorio, un taller, un pentagrama o una mesa de trabajo. Quizás haya llegado el momento de preguntarnos qué clase de influencers necesita nuestra sociedad. Porque la influencia más valiosa no es la que acumula más seguidores, sino la que despierta vocaciones, estimula el pensamiento crítico y deja una huella perdurable en las personas. Jorge Luis Borges, con la humildad de los grandes, dejó una reflexión que resume esta idea mejor que cualquier discurso: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído.” Tal vez esa sea la definición más auténtica de un influencer del intelecto: alguien que no busca exhibirse, sino inspirar; que no pretende ser admirado, sino despertar en los demás el deseo de leer, pensar, aprender y crecer.
Juan L. Marcotullio
Marcotulliojuan@gmail.com






