Hay expedientes que un día se cierran. Y hay preguntas que permanecen abiertas mucho después de que se apagan las luces de los tribunales. El nombre de Paulina Lebbos pertenece, dolorosamente, a esas preguntas. Con Alberto Lebbos no me une una amistad íntima. Nos hemos encontrado algunas veces, hemos conversado, hemos intercambiado palabras. Pero existe una forma de cercanía que no necesita de la amistad: la que nace cuando uno reconoce en el otro una lucha que considera justa. Y su lucha, antes que cualquier otra cosa, ha sido la de un padre. Un padre preguntando. Un padre esperando. Un padre negándose a aceptar que el tiempo pudiera transformar la ausencia de respuestas en una respuesta definitiva. He pasado buena parte de mi vida entre expedientes, juzgados, fiscalías y tribunales. Conocí la Justicia desde adentro. Conocí sus grandezas y también sus fragilidades. Sé que no puede condenarse a nadie por rumores, sospechas o clamores populares. La presunción de inocencia no es una concesión: es una de las columnas sobre las que se sostiene el Estado de Derecho. Pero existe otra columna igualmente indispensable. La verdad. Cuando una investigación acumula dudas, contradicciones o irregularidades, una sociedad tiene derecho a preguntar. Y la Justicia tiene el deber de responder con pruebas, independencia y coraje. No me corresponde decir quién fue culpable. Tampoco señalar con el dedo a quien no haya sido juzgado. Me corresponde algo mucho más sencillo: no ser indiferente. Porque conocí los pasillos de Tribunales cuando todavía era casi un muchacho. Porque fui fiscal. Porque fui juez. Porque alguna vez tuve que tomar decisiones sabiendo que detrás de cada expediente había personas de carne y hueso. Y porque aprendí que un expediente jamás contiene solamente papeles. Contiene vidas. Paulina tenía una. Alberto perdió una hija. Y Tucumán quedó con una pregunta. Tal vez por eso, cada vez que encuentro a ese padre perseverando después de tantos años, pienso que hay dolores que podrían haber destruido a un hombre y que, misteriosamente, terminan convirtiéndolo en alguien que camina. Camina porque detenerse sería aceptar el silencio. No sé cuál será algún día la última palabra judicial sobre todo lo ocurrido. Pero sí sé cuál debería ser la primera obligación de cualquier República: buscar la verdad. Sin nombres intocables. Sin condenados anticipadamente. Sin poderes capaces de torcerla. Sin miedos. Porque la Justicia que alguna vez elegí servir -y por la que también sufrí- sólo merece ese nombre cuando puede mirar de frente tanto al poderoso como al desamparado. Paulina merece verdad. Su padre merece verdad. Tucumán merece verdad. Y acaso eso sea lo único que podemos pedir quienes todavía creemos que la Justicia, aun cuando tarda, aun cuando tropieza, aun cuando parece extraviarse entre los hombres, debe seguir buscando el camino. Porque hay verdades que pueden esperar durante años. Pero nunca deberían morir.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
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