La vida de los políticos nunca es un camino sin obstáculos, pero hay momentos en los que gobernar se vuelve más un ejercicio de equilibrio que de conducción, especialmente cuando las encuestas reflejan un descenso en la confianza pública y un menor entusiasmo social. Los estudios cualitativos coinciden en que hoy la bronca y la tristeza predominan sobre la esperanza, que la preocupación por los salarios y el consumo desplazó a la inflación como eje central y que la percepción de empeoramiento personal y económico se expande.
El oficialismo se mueve entre su impulso por cambiarlo todo, aun a riesgo de romper moldes sin medir consecuencias y la realidad que empieza a imponer sus límites. El clima emocional se ha vuelto más sombrío y resulta evidente que el Gobierno atraviesa un momento bisagra, porque son pocos los que parecen advertir que el ritmo de contrastes supera con claridad a los logros.
A un año de las presidenciales, las señales de desgaste ya funcionan como un indicador temprano de alerta sobre posibles desequilibrios. No sólo porque falten decisiones por tomar, sino porque cada una reclama al mismo tiempo la atención de otros frentes que tampoco admiten demora. Es la lógica de una espiral adversa: un problema obliga a corregir otro, la corrección genera resistencia en un tercer escenario y, mientras tanto, hay necesidad de mantener en movimiento todos los resortes del poder, tal como un malabarista que hace girar los platos al unísono sin que ninguno caiga.
La última semana del gobierno de Javier Milei condensó buena parte de esa dinámica y, aunque casi no se hablan, el Presidente bien podría mirar la experiencia de Mauricio Macri en materia de deterioro, ya que el expresidente conoció en 2018 un punto de quiebre: la inflación que no cedía, la corrida cambiaria, la devaluación, el regreso al FMI y el ajuste fueron más que una sucesión de malas noticias económicas, sino que quebraron una expectativa esperanzadora y sorprendieron al gobierno porque nadie supo calibrar la ola que se venía.
Hasta ese momento, buena parte de la sociedad aceptaba el esfuerzo porque creía que conducía a un destino mejor. Pero cuando el sacrificio empezó a crecer y el futuro prometido a alejarse por la indecisión gradualista, la esperanza se transformó en decepción. Es una advertencia que el Presidente haría bien en considerar en su ritmo de vértigo, aunque el escenario y las circunstancias sean distintos. Más allá de las diferencias, a ambos gobiernos los iguala la sorpresa, sobre todo porque los “planes B” suelen ser devorados por la realidad cada vez más rápidamente.
Los gobiernos no siempre pierden respaldo en tiempos difíciles, pero sí pueden sacrificarlo cuando la sociedad deja de ver una relación entre lo que soporta y lo que espera obtener. La economía ofrece cifras, pero la confianza se sostiene en la memoria, las expectativas y, sobre todo, en un componente emocional. Y cuando ese elemento básico se deteriora, recuperar el crédito resulta mucho más arduo que perderlo.
Durante la semana que concluye, casi todo el retroceso se concentró en el terreno político, errores no forzados muchos de ellos que, en buena medida, fueron encadenándose unos con otros:
- los renovados insultos presidenciales hacia Lula de Silva y la expulsión del embajador argentino en Brasil, disfrazada de pedido de regreso
- el proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que perdió más de la mitad de su volumen para conseguir la media sanción del Senado
- los conflictos internos que expusieron fisuras en la gestión, con Patricia Bullrich y Federico Sturzenegger en la picota y ahora, con Diego Santilli como filtro para darle prioridad al tratamiento de los proyectos
- las tensiones con aliados que complicaron la gobernabilidad, en especial con los mandatarios provinciales molestos por la llamada Ley de Tierras
- el destrato del senador libertario Joaquín Benegas Lynch, quien calificó a los aliados en el Congreso como “los tibios del medio” y enojó a varios legisladores
- el intento fallido de modificar por Decreto las regulaciones del practicaje, movida que colapsó el comercio exterior y obligó a dar marcha atrás
- los gestos comunicacionales que amplificaron el desgaste, como las ofensas de Luis Caputo hacia la Unión Industrial
- la ratificación del ministro que hizo el titular del BCRA sobre el arreglo de las deudas, sin asistencia del Estado
- la efervescencia de la calle, expresada en la protesta del jueves frente al Congreso y en la toma de posición de varios artistas populares sobre todo entre los jóvenes y en contra del rumbo del Gobierno
- la marcha desde San Cayetano de ayer y la homilía del arzobispo Jorge García Cuerva, quien criticó el modelo económico y pidió por los pobres, los desocupados y los endeudados.
En este contexto tan delicado de peloteo constante contra su propio arco y con la cuestión social instalada por la Iglesia como tema central, la única nota positiva de estos días para el gobierno nacional fue el anuncio de la visita del Papa. Fue aire fresco, pero si no se calibra adecuadamente, el acontecimiento bien podría transformarse en un factor de incomodidad extra para el oficialismo hacia noviembre y en un mayor distanciamiento con la ciudadanía. El Gobierno no debería confundirse: una cosa es el reclamo directo que expresó el pastor de la Diócesis en su homilía y otra lo que el Pontífice transmitirá en persona.
Desde que se confirmó la visita de León XIV, abundan los análisis sobre un eventual choque ideológico entre el Papa y Milei en torno a la justicia social, el ajuste o la pobreza. Es probable que esos temas aparezcan, pero difícilmente sean el eje del mensaje vaticano, ya que la Iglesia piensa con una escala temporal diferente a la de la política. El Pontífice no viene a discutir un presupuesto, sino a interpelar a una cultura y por eso, de seguro planteará cómo una sociedad se habla a sí misma y qué idea de ser humano transmite en la manera de tratarse.
No es casual que en sus primeras intervenciones el papa Prevost haya insistido en "desarmar el lenguaje", evitar la agresión permanente, construir puentes y desalentar la polarización. Para la Iglesia, las palabras nunca son accesorias porque cuando el lenguaje se degrada, también termina deteriorándose la convivencia. El reciente episodio Milei-Lula es un ejemplo inmediato de esa señal.
León XIV tampoco librará una batalla política, porque la diplomacia de la Santa Sede lleva dos mil años perfeccionando otro método: rara vez apunta a un dirigente por su nombre y apellido, ya que prefiere hablar de principios, elevar la discusión por encima de la coyuntura y dejar que cada uno encuentre allí su propio reflejo. Es una forma de decir sin decir, ya que mientras la política se concentra en el próximo mandato, la Iglesia suele pensar en las generaciones futuras.
La diferencia de método con el libertarismo va más allá de la economía y de la política, ya que mientras el ideario de Milei pone el acento en el individuo como sujeto autónomo, la Doctrina Social de la Iglesia mira a la persona y postula que es un ser irrepetible y con una dimensión espiritual que únicamente se realiza plenamente en la relación con los demás. De esa visión surgen el bien común, la solidaridad y el destino compartido, conceptos que desde la óptica presidencial suelen interpretarse como límites a la libertad individual.
Quizás el mayor desafío para el Gobierno en noviembre no va a ser escuchar críticas puntuales (o terrenales) a su gestión, sino enfrentarse con alguien que le cuestiona su modo de entender a los seres humanos, el ejercicio del poder y el uso de la palabra. Las políticas hacia los ciudadanos cambian con los gobiernos, pero la mirada sobre la persona humana trasciende coyunturas y suele perdurar mucho más. Y la Iglesia lo sabe.











