El secreto de los vinos de Amaicha no está solo en la altura

La radiación solar, los viñedos a más de 2.000 metros y una variedad criolla con más de 300 años forman parte de una identidad que, según la Bodega de Los Amaichas, tiene como protagonista al factor humano.

Hace 1 Hs

Resumen para apurados

  • La Bodega de Los Amaichas presentó en Tucumán una propuesta vitivinícola que prioriza la historia de 60 familias indígenas y la cepa criolla para valorar el origen local.
  • A más de 2.000 metros de altura, la primera bodega indígena de Sudamérica elabora uvas locales que antes salían de Tucumán, rescatando tradiciones de más de 300 años.
  • Esta estrategia posiciona a la región en el mapa vitivinícola global mediante el rescate patrimonial, prometiendo fortalecer la economía local y el turismo cultural.
Resumen generado con IA

Hay quienes buscan un vino por la cepa. Otros, por la bodega, la cosecha o los premios que acumula una etiqueta. En Amaicha del Valle proponen empezar por la historia. Cuando los visitantes llegan a la Bodega de Los Amaichas, Gonzalo Bas Nahas podría hablar de altura, de radiación solar, de polifenoles o de las características técnicas que hacen singular a un vino nacido en los Valles Calchaquíes. Pero elige otro recorrido.

Antes que explicar qué ocurre dentro de una copa, el ingeniero prefiere contar quiénes están detrás de esa botella. Habla de las familias productoras, de los viñedos que pasaron de generación en generación y de una comunidad que encontró en la vitivinicultura una forma de preservar su identidad.

“En la bodega no nos gusta tanto hablar de antocianos (pigmentos naturales), taninos o cuerpo. Nos gusta hablar de la historia que tenemos en el pueblo de Amaicha, de las 50 o 60 familias productoras que hoy están asociadas a la bodega y que entregan uva”, dice en “Encuentros LA GACETA: Vino y Territorio”. La frase  resume una idea que atraviesa toda la propuesta de la Bodega de Los Amaichas, que afirma que el vino no es solamente el resultado de una tierra determinada, sino también de las personas que la trabajan.

Un territorio

Los Amaichas tiene una característica única en Sudamérica ya que es la primera bodega del continente administrada íntegramente por una comunidad indígena y una de las pocas experiencias de este tipo en el mundo.

Ubicada en los Valles Calchaquíes tucumanos, trabaja principalmente con la producción de los viticultores locales.

Durante años, muchas de esas uvas salían de Tucumán para ser elaboradas en otras provincias. La materia prima era tucumana, pero el vino no siempre llevaba esa identidad.

“El objetivo de la bodega es elaborar la uva de los productores de Amaicha. De esta manera ellos reciben un reconocimiento por el valor enológico que tienen esas uvas”, explica Bas Nahas.

El lugar donde crecen esas plantas también tiene un papel central. Los viñedos se encuentran entre los 2.000 y los 2.200 metros sobre el nivel del mar, una condición que influye en las características finales del vino.

“La altura tiene una influencia positiva en el desarrollo de la uva y en algunos componentes que después se traducen en la calidad del vino”, señala.

La explicación técnica tiene que ver con la radiación solar. A mayor altura, los viñedos reciben una mayor exposición directa al sol, lo que favorece la concentración de ciertos compuestos presentes en la piel de la uva.

“Los polifenoles y otros componentes que están en el hollejo tienden a sintetizarse en mayor concentración a medida que aumenta la radiación solar”, detalla.

Pero para Bas Nahas, la altura es apenas una parte de la historia. Porque un vino de Amaicha no se diferencia solamente por los metros sobre el nivel del mar.

El terroir también tiene memoria

En el mundo del vino existe una palabra que intenta resumir aquello que hace único a un lugar: terroir. O terruño, en español. Para Bas Nahas, ese concepto no puede reducirse solamente al suelo o al clima.

CREADORES. Bas Nahas explicó que la singularidad de los vinos de Amaicha del Valle no depende solo de la altura, sino también de la historia de las familias productoras. LA GACETA/ Foto de Diego Aráoz. CREADORES. Bas Nahas explicó que la singularidad de los vinos de Amaicha del Valle no depende solo de la altura, sino también de la historia de las familias productoras. LA GACETA/ Foto de Diego Aráoz.

“El terroir hace referencia a distintos factores: el suelo, el clima, la radiación solar, la temperatura, el régimen de precipitaciones y también el factor humano, que es muy importante”, señala.

Y justamente ahí aparece la diferencia que la Bodega de Los Amaichas busca transmitir. “El factor humano en nuestra propuesta es muy importante porque le da la impronta a esa tradición vitivinícola que tiene el productor de Amaicha del Valle, que durante muchos años se fue transmitiendo de generación en generación”, afirma.

Son esas historias familiares las que, según el ingeniero agrónomo, resultan imposibles de copiar en otro lugar. Es que una misma variedad de uva puede plantarse en distintos territorios, pero no necesariamente tendrá la misma historia detrás.

Por eso, cuando reciben turistas, la intención no es solamente que conozcan un vino, sino que comprendan el lugar donde nació: “Tratamos de contar la historia de nuestro pueblo, que cuando se vayan se lleven el recuerdo de ese lugar donde están parados, de la bodega, de la tradición”.

Dentro de esa búsqueda de identidad aparece una variedad que durante años permaneció en segundo plano y que hoy comienza a recuperar protagonismo. La criolla chica.

Mientras el Malbec es la cepa emblema argentina y el Torrontés representa una de las grandes identidades del NOA, la criolla guarda una relación mucho más antigua con los Valles Calchaquíes.

“Es una cepa que está hace más de 300 años en el valle. Es una de las primeras variedades que se desarrollaron en nuestra región”, explica Bas Nahas.

El ingeniero destaca que diferentes investigaciones permitieron conocer mejor estas variedades, pero sostiene que para Amaicha tiene un valor especial. “Podemos decir que, de alguna manera, es nuestra variedad autóctona”, afirma.

Y añade: “Si mezclamos la historia del pueblo, los viñedos que tienen 120 o 150 años, las variedades criollas y la tradición de elaboración de Amaicha, todo eso forma parte de una estrategia para ofrecer ese vino”.

Bas Nahas está convencido de que un vino puede contar mucho más que cómo fue una vendimia o qué características tiene una variedad.

Cada vez que recibe visitantes en la bodega, deja de lado las explicaciones más técnicas y comienza por otro lado: por Amaicha, por sus familias productoras y por una comunidad que encontró en la vid una nueva manera de narrarse. Porque, al final, la diferencia no está solamente en la altura. Está en la historia que esa altura guarda.

“Cuando uno toma una copa de vino, en realidad está tomando un paisaje”, resume Bas Nahas. Y en Amaicha, ese paisaje también tiene nombres, familias y generaciones que quedaron guardadas dentro de una botella.

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