Bolardos en las esquinas de San Miguel de Tucumán: protección, accesibilidad y polémica

El municipio instaló estos elementos en más de 110 cruces. En diferentes puntos ya fueron chocados por vehículos en accidentes viales y reconstruidos. Expertos piden revisar los casos donde puedan dificultar el paso peatonal

SANTIAGO DEL ESTERO Y MAIPÚ. Esta esquina es uno de los puntos donde los bolardos resultaron dañados por un choque.
SANTIAGO DEL ESTERO Y MAIPÚ. Esta esquina es uno de los puntos donde los bolardos resultaron dañados por un choque. FOTO DE LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

Resumen para apurados

  • La Municipalidad de San Miguel de Tucumán instaló 700 bolardos en 110 esquinas para proteger peatones, desatando una polémica con vecinos y expertos por la accesibilidad.
  • La medida integra el plan Veredas Sanas, pero expertos y vecinos denuncian que los postes obstaculizan rampas, sillas de ruedas y no reducen la velocidad vehicular.
  • Especialistas piden reubicar los bolardos conflictivos y priorizar la reducción de velocidad vial para lograr un diseño urbano que garantice la movilidad integral del peatón.
Resumen generado con IA

La instalación de bolardos en distintas esquinas de San Miguel de Tucumán abrió un debate sobre seguridad vial, accesibilidad y uso del espacio público. El municipio sostiene que la intervención busca proteger a los peatones en puntos considerados críticos, pero vecinos y especialistas advierten que, en algunos casos, los elementos quedaron ubicados cerca de rampas o sendas peatonales y pueden dificultar el paso de personas con movilidad reducida, adultos mayores, cochecitos o sillas de ruedas.

Según la Municipalidad, ya se instalaron alrededor de 700 bolardos en esquinas de Barrio Sur, Barrio Norte y algunos sectores de la periferia. La obra comenzó hace aproximadamente seis meses y alcanzó más de 110 cruces. Desde el municipio explicaron que se colocan en “esquinas de choque”, es decir, puntos donde el peatón puede quedar expuesto al tránsito que llega desde ambos cruces. “El objetivo es reforzar la seguridad del ciudadano”, indicaron desde el área consultada.

La intervención forma parte de un plan más amplio de obra pública destinado a mejorar la circulación peatonal. En ese marco, la Municipalidad señaló que se repararon más de 650 veredas, se construyeron rampas nuevas y se trabaja sobre otros sectores detectados dentro de las cuatro avenidas. Según datos actualizados al 22 de julio en el portal web municipal, el programa Veredas Sanas ya permitió sanear 651 veredas y construir 94 rampas.

SANTIAGO DEL ESTERO Y MAIPÚ. Esta esquina es uno de los puntos donde los bolardos resultaron dañados por un choque. SANTIAGO DEL ESTERO Y MAIPÚ. Esta esquina es uno de los puntos donde los bolardos resultaron dañados por un choque. FOTO DE LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

El criterio oficial

Desde el municipio remarcaron que la instalación de bolardos está vinculada a una planificación que incluye accesibilidad, reparación de veredas, construcción de rampas y demarcación de sendas peatonales. “Hay un plan de accesibilidad que contempla la apertura de veredas, la construcción y reparación de rampas y la demarcación de sendas peatonales”, explicaron.

También afirmaron que no recibieron denuncias formales por la ubicación de los bolardos. Sí reconocieron reclamos por intervenciones realizadas por particulares, como la colocación de pinchos en una esquina. En ese caso, según la versión oficial, intervino el secretario de Convivencia y esos elementos fueron retirados.

¿Qué dicen los vecinos?

Las objeciones surgieron especialmente en algunos cruces de Barrio Sur, donde vecinos observaron bolardos colocados cerca de rampas o sendas peatonales. La preocupación apunta a que una obra pensada para proteger al peatón pueda transformarse en una barrera para quienes necesitan un recorrido libre de obstáculos.

Pedro Katz, experto en Vialidad y miembro de la Comisión de Vecinos de Barrio Sur, planteó que el problema no está necesariamente en el objeto, sino en la forma en que fue ubicado. “Los bolardos, en general, se usan para impedir que los vehículos suban a la vereda, estacionen sobre ella o invadan un sector peatonal. El problema aparece cuando se colocan sin criterio y terminan como obstáculos para las personas que deben circular por la vereda o bajar por una rampa”, explicó.

Katz señaló que una rampa debe permitir el descenso y el ascenso seguro. Por eso, cuestionó los casos en los que el elemento queda inmediatamente después de la bajada. “Si inmediatamente después se coloca un bolardo, se interrumpe el paso”, advirtió.

JUJUY Y 24 DE SEPTIEMBRE. En esta esquina muy transitada, el paso peatonal quedó limitado desde la instalación de los bolardos. JUJUY Y 24 DE SEPTIEMBRE. En esta esquina muy transitada, el paso peatonal quedó limitado desde la instalación de los bolardos. FOTO DE LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

El especialista indicó que la vía pública debe garantizar una circulación continua y sin obstáculos. “Cuando se colocan objetos sobre ese recorrido, hay que analizar si cumplen una función real y si no afectan la seguridad de peatones, personas con movilidad reducida, adultos mayores o quienes circulan con cochecitos”, sostuvo.

La Comisión de Vecinos de Barrio Sur ya recibió al menos un planteo por esta situación. “Un vecino comentó que tiene un hijo con una dificultad y debe trasladarlo en silla de ruedas. Encontró justamente este problema en una rampa de descenso y ascenso, por la presencia de estos artefactos colocados en el recorrido”, contó Katz.

Una mirada urbanística

El arquitecto urbanista Gerardo Isas fue más crítico con el sentido general de la intervención. Para él, la colocación de bolardos parte de una lógica equivocada porque acepta la velocidad vehicular como un dato inevitable. “Tengo una objeción de base. La sola instalación de esos elementos presupone que va a haber aumento de la velocidad en pleno centro”, afirmó.

Isas planteó que la respuesta no debería ser colocar obstáculos para proteger a los peatones de posibles choques, sino aplicar medidas que obliguen a reducir la velocidad. “El problema no debería resolverse con obstáculos para proteger al peatón de un posible choque, sino con medidas que obliguen a bajar la velocidad de circulación”, dijo.

Desde su mirada, el uso de estos elementos puede generar una especie de defensa permanente del peatón frente al auto. “Es como si el peatón tuviera que protegerse del auto, cuando lo único que se necesita es que el auto baje la velocidad”, señaló.

El urbanista también advirtió que el impacto puede ser mayor en veredas estrechas o cerca de rampas. “La intervención debería facilitar el desplazamiento peatonal, no agregar obstáculos”, remarcó. Para Isas, el problema de fondo en el centro tucumano es el exceso de autos, el estacionamiento indiscriminado y una velocidad que definió como “inhumana”.

Cómo deberían colocarse

Los criterios técnicos indican que los bolardos deben instalarse en el borde de la acera, seguir la curvatura del radio de giro y mantener distancia suficiente para permitir el paso peatonal, pero impedir el avance de vehículos sobre la vereda. También se recomienda que tengan entre 0,75 y 0,90 metro de altura, un diámetro mínimo de 10 centímetros, diseño redondeado o sin aristas y color contrastante para asegurar visibilidad. En zonas urbanas oscuras, se aconseja sumar bandas reflectantes.

La separación entre bolardos debe permitir el paso de sillas de ruedas o peatones. En general, se considera una distancia de entre 0,90 y 1,50 metro entre cada uno. Si esos parámetros no se cumplen o si el elemento invade el recorrido de una rampa, la intervención pierde su sentido protector.

ALBERDI Y CRISÓSTOMO. Otra de las esquinas donde los bolardos tuvieron que ser reconstruidos. ALBERDI Y CRISÓSTOMO. Otra de las esquinas donde los bolardos tuvieron que ser reconstruidos. FOTO DE LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

Para Katz, la salida debe comenzar con una revisión de los casos conflictivos. “Si obstaculizan rampas o sendas peatonales, deben ser reubicados”, sostuvo. También pidió evaluar el ancho de las rampas, la pendiente y la seguridad de las superficies.

El debate, en definitiva, excede a los bolardos. La discusión de fondo es qué lugar ocupa el peatón en el diseño de la ciudad. Para el municipio, la obra forma parte de un plan de seguridad y accesibilidad. Para los especialistas, ese objetivo sólo se cumple si cada esquina se piensa como un recorrido integral, sin obstáculos y con prioridad para quienes caminan.


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