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Nunca hubo tantas formas de comunicarse. Nunca fue tan fácil pedir ayuda con un mensaje, compartir una foto o mostrar lo que ocurre en una casa en tiempo real. Sin embargo, esa sensación de conexión permanente convive con otra realidad menos visible: la de una soledad cada vez más extendida. Y pocas experiencias parecen condensar esa contradicción como la maternidad.
Durante siglos, criar fue una tarea colectiva. No necesariamente más sencilla, pero sí compartida. Había abuelas, vecinas, hermanas, tías o comunidades enteras que participaban, en mayor o menor medida, del cuidado. Ese entramado nunca fue perfecto, pero funcionaba como una red que amortiguaba el peso cotidiano de la crianza.
Hoy, en cambio, muchas madres atraviesan esa experiencia prácticamente solas. No porque no existan personas alrededor, sino porque las condiciones sociales cambiaron. Las familias viven lejos unas de otras, las jornadas laborales son extensas, los vínculos son más fragmentados y gran parte de la vida social ocurre detrás de una pantalla. Las redes sociales multiplican la sensación de compañía, aunque pocas veces reemplazan la presencia concreta de alguien que pueda sostener un bebé durante una hora, acompañar a una consulta médica o simplemente escuchar sin apuro.
En ese contexto resulta significativo que, por primera vez, Naciones Unidas haya dedicado un informe completo a la violencia contra las madres. Presentado por la relatora especial sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, Reem Alsalem, el documento propone observar una realidad que durante mucho tiempo quedó dispersa entre distintas formas de violencia, sin ser analizada como un fenómeno específico.
El informe parte de una idea sencilla: ser madre puede convertirse, en sí mismo, en un factor de discriminación. No habla únicamente de violencia física. Incluye también la pérdida del empleo tras el nacimiento de un hijo, las dificultades para desarrollarse profesionalmente, la insuficiente protección social, la violencia obstétrica, las barreras para acceder a la Justicia y la mayor vulnerabilidad que enfrentan muchas mujeres en contextos de migración, pobreza, discapacidad o conflictos armados.
Lo novedoso no es que estas situaciones existan. Muchas forman parte de investigaciones y reclamos de larga data. Lo novedoso es el intento de reunirlas bajo una misma categoría y reconocer que la maternidad produce condiciones particulares que las políticas públicas muchas veces no contemplan.
Quizás uno de los aspectos más interesantes del documento sea aquello que no puede medirse con facilidad. El informe reconoce la escasez de estadísticas sobre la violencia que atraviesan las madres. Lo que no se registra suele permanecer fuera del debate público. Y cuando un problema carece de datos, también resulta más difícil diseñar respuestas.
La soledad ocupa un lugar silencioso dentro de esa conversación. No siempre aparece en las leyes ni en los indicadores, pero atraviesa buena parte de la experiencia cotidiana de criar. No se limita a la ausencia de pareja ni distingue niveles económicos. Puede existir incluso rodeada de mensajes, grupos de WhatsApp y videollamadas.
Paradójicamente, la época que más posibilidades ofrece para estar conectados también parece haber debilitado muchas de las formas tradicionales de sostén. La tecnología acerca voces, pero no siempre construye comunidad. Permite compartir el cansancio, aunque difícilmente lo alivie. Hace visible la maternidad, pero no necesariamente la acompaña.
Por eso el informe de la ONU trasciende el plano jurídico. Invita a mirar la maternidad no solo como una experiencia privada, sino también como un fenómeno social. Porque criar nunca ocurre únicamente dentro de una casa. Siempre sucede en diálogo con el trabajo, la economía, las instituciones, los sistemas de salud y los vínculos que una sociedad es capaz -o no- de ofrecer.
En tiempos donde la conexión parece permanente, el desafío quizás no sea sumar más canales para comunicarnos. Tal vez consista en recuperar algo mucho más difícil de construir: redes reales capaces de sostener a quienes sostienen todos los días la vida de otros.







