La xenofobia y el racismo nunca contienen humor sino arbitrariedad, odio y violencia. Sin embargo, sus representantes, ubicándose en el papel excluyente de patriotas, dueños de presuntuosas identidades y dando por sentado que opinan desde la cúspide de las razas, suelen causar desconcierto y alguna sonrisa incrédula por las medidas que fomentan, las fantasías que difunden y la superioridad que se arrogan. Un fenómeno cavernícola con pocas novedades históricas, diríamos, pero que hoy avanza como una nube tóxica de la mano de la ultraderecha y la derecha tradicional en distintas regiones del mundo. Resultado: han conseguido envenenar el debate público y, sobre todo, la convivencia.
La idea central puede caber en una expresión: “nosotros primero”, entendido el “nosotros” como un grupo selecto de ciudadanos del país al que se refieren. Y para ser considerado ciudadano no parece bastar con los requisitos exigidos por la ley, demostrar arraigo y cariño por la tierra donde se habita, incluso haber nacido en el lugar, sino que demandaría además un riguroso examen de pureza de sangre. En ese afán, han desarrollado un manual de torpezas e iniquidades. En Italia, la Liga, antes Liga del Norte y hoy parte del gobierno de Giorgia Meloni, propuso en su momento habilitar en el transporte público espacios exclusivos para los italianos. Un apartheid en toda la regla. Por fortuna, pronto descubrirían que impulsar debates inútiles y populistas no es lo mismo que administrar un país o una región, por lo cual debieron rendirse ante una dificultad práctica insalvable: los revisores debían pedir a cada pasajero el pasaporte o el DNI en los andenes de las estaciones ferroviarias o en las paradas de autobuses, también en hora punta, empujándolos a transformar las ciudades en un caos y a actuar como improvisados agentes de frontera. A pesar de aquel fiasco, el autor de la iniciativa ha llegado lejos en su carrera política: se llama Matteo Salvini y hoy ejerce de vicepresidente del consejo de ministros. Pero por encima del personaje, ofende a la memoria colectiva que esto cuente con la simpatía de una parte de la población: los datos nos cuentan que sólo en la primera mitad del siglo XX más de 12 millones de italianos dejaron el país huyendo de la pobreza y el hambre para ser acogidos generosamente en Estados Unidos o en Latinoamérica. ¿Se trata de la famosa “teoría del espejo”?
Por su parte, en Francia, de tarde en tarde los ultras despuntan con alguna ocurrencia para hostigar al extranjero y a sus familias. Aquí va un ejemplo: promovido por los alcaldes de Agrupación Nacional, la formación liderada por Marine Le Pen, se creó hace un tiempo el llamado “bando del cerdo”, usando a este noble animal para atacar a quienes profesan determinadas religiones. Sus objetivos no podían ser más viles: en algunos municipios donde gobiernan decidieron eliminar los menús alternativos (vegetariano o sin cerdo) en los comedores escolares alegando la defensa de la “identidad culinaria nacional”. Por supuesto, lo importante era su fanatismo enfermizo y no que algunos niños se quedaran con hambre. Aun así, les pareció poco, por lo cual algunos, como el alcalde de Hayange, Fabien Angelmann, prohibieron en los mercadillos de Navidad la venta de comida que no fuera “estrictamente de tradición francesa”. Vetaron entonces los kebabs o los deliciosos dulces norteafricanos. Ya huérfanos de sensatez, enviaron a la policía local, como una suerte de armada Brancaleone, a inspeccionar los puestos de comida para certificar la “pureza identitaria”. Actualmente, y al cabo de una montaña de disparates, el partido en cuestión concentra casi el 40 % de “intención de voto” para las elecciones de 2027.
Y para preocupación de los demócratas, algo similar ocurre en territorio germano. Pese a los antecedentes históricos, el favor popular está hoy claramente inclinado hacia el partido filonazi Alternativa para Alemania. Su líder, Alice Weidel, se resiste a encontrar alguna incoherencia entre promover políticas antiinmigrantes, defender el modelo de familia más conservador, a partir de la fórmula hombre-mujer, y la circunstancia personal de estar casada con Sarah Bossard, una directora de cine originaria de Sri Lanka. Y hay más. ¿Dónde vive Weidel? Paga sus impuestos en Überlingen (sur de Alemania) mientras su distrito electoral es Berlín y su hogar se encuentra en la localidad suiza de Einsiedeln. Ejerce, según sus críticos, un tele-patriotismo. La prueba: reconoció en una entrevista con The New York Times que apenas pasa tiempo real en Alemania, aunque se trata, nada más y nada menos, del país al que pretende gobernar. Promete el mismo libreto de los populistas de derechas en toda Europa: cerrar las fronteras, dejar la inmigración en cero, en particular de musulmanes, y en voz más baja habla de deportar a los extranjeros ya nacionalizados o de segunda generación. Uno de sus mejores amigos y asistente a sus actos es el dueño de Tesla, Elon Musk, aquel del famoso saludo nazi al festejar el triunfo de Trump.
En España, el fenómeno se repite. Vox es la fuerza política que crece con un discurso xenófobo, plagado de falsedades, hipocresías y, sobre todo, de desvaríos: su líder, Santiago Abascal, sin temor al ridículo, en alguna campaña ha llegado a mostrarse montando a caballo como un guerrero emprendiendo una nueva reconquista contra los “invasores extranjeros”. Galopaba, según confesó, inspirado por Isabel la Católica, a la que suele confrontar con las feministas. Lo que se dice “un hombre moderno”. Usualmente es locuaz y de verbo agresivo, pero si de algo no quiere hablar es de su financiación: desde 2020 hasta ahora, se sabe que ha transferido 12,9 millones de euros de su partido a la fundación Disenso, cuyas cuentas se aprueban a libro cerrado y en sesiones telemáticas. Al fin y al cabo, todo empieza y acaba en él: para demostrarlo se hizo elegir presidente vitalicio de la fundación millonaria. Entre las cosas que repite a diario destacan que está dispuesto a deportar a ocho millones de personas de origen extranjero, incluidos los de segunda generación nacidos en España; o que confiscaría y luego hundiría la embarcación de Open Arms, perteneciente a la ONG que rescata en los mares a los migrantes a la deriva (desde 2015 ha salvado la vida de más de 60.000 personas); o que se está operando en Europa el llamado “gran reemplazo”, en el intento de hacer creer que hay un complot globalista para sustituir a la población blanca por magrebíes y africanos. Como aliado extorsivo del Partido Popular, Vox actualmente participa en el gobierno de tres comunidades autónomas y está en negociaciones en una cuarta, Andalucía. En los acuerdos entre ambas formaciones, se asocia al inmigrante con una amenaza para España; y en no pocos casos, con la delincuencia. Si hoy se convocaran elecciones generales, según las encuestas, juntos podrían formar gobierno.
Pero la guinda de todo este pastel la acaba de poner la propia Unión Europea. Hace años que decidió subcontratar gran parte de la gestión migratoria en acuerdos con países extracomunitarios (Turquía, Túnez o Marruecos, entre otros) para que actúen de barrera o, en ciertos casos, de fuerzas mercenarias de disuasión, dentro de un marco legal nebuloso en materia de derechos humanos. Ahora ha ido más lejos y aprobó la creación de centros de devolución de extranjeros (cárceles) fuera del espacio Schengen, siguiendo el modelo italiano de llevar a los recién llegados a Albania o el de Países Bajos a Uganda, es decir, a más de 9.000 kilómetros de distancia.
En definitiva, ¿por qué al hablar de inmigración y sus víctimas siempre nos asalta la sensación de que nunca nada cambia? Quizás la respuesta es más simple de lo que creemos. Sólo hace falta echar la vista atrás décadas o siglos para comprobar que el trato al trashumante y el concepto de exilio y sus miserias se repiten en la rueda del tiempo; que el ser humano sigue siendo su propio enemigo. En consecuencia, no habría más que concederle la razón a Shakespeare por su aguda mirada de hace más de 400 años al ponerle voz a este tema. A través de Romeo, ya condenado al destierro, nos dice: “el exilio es mucho peor que la muerte”. Y agrega después de una breve pausa: “No hay mundo más allá de las murallas de Verona; sólo el purgatorio, la tortura, el propio infierno”. Entonces y ahora.












