Resumen para apurados
- Durante el Mundial en EE. UU., el periodista Bruno Farano relata cómo la exigente rutina de partidos y viajes le hace perder la noción del tiempo y del calendario tradicional.
- El cronista de LA GACETA explica cómo su agenda de entrenamientos, vuelos y conferencias en varias sedes de EE. UU. reemplazó por completo los días convencionales de la semana.
- Esta vivencia ilustra el aislamiento temporal de los periodistas en grandes eventos, donde la realidad exterior queda pausada ante las exigencias de la cobertura mediática.
“¿Qué día es hoy?”. Hace unas semanas, antes de emprender esta travesía, esa era una pregunta muy fácil de responder. Pero ahora, muchas veces (o casi siempre), tengo que mirar el teléfono.
No, no es que me haya olvidado del calendario; lo que sucede es que desde que comenzó el Mundial los días dejaron de llamarse lunes, miércoles o domingo. Siempre pienso que ahora tienen otros nombres.
Yo los distingo como “el día del entrenamiento”, “el de la conferencia”, “el del viaje” o “el del partido”. Desde hace varias semanas que así se ordena “mi semana”.
Cubrir un Mundial también significa entrar en una especie de burbuja en la que el tiempo comienza a funcionar de otra manera. No existen los fines de semana, los feriados y resulta lo mismo si es martes, jueves o sábado porque al ritmo lo marca la agenda de la Selección.
Si entrena a puertas abiertas, ese es el día del entrenamiento; si hay partido, todo gira alrededor de ese duelo. Si toca cambiar de ciudad, el viaje ocupa el centro de la escena. Esos son los motivos que hacen que el calendario deje de tener importancia, y también de esa manera, casi sin darte cuenta, empezás a perder la noción de lo que pasa afuera de esa burbuja.
En Tucumán, mientras tanto, la vida sigue. Eso es algo obvio. Hay gente que va a trabajar, los chicos van al colegio y muchos amigos se juntan a comer un asado o a jugar al fútbol. Hay cumpleaños, reuniones familiares y noticias que ocupan las conversaciones de todos los días.
Yo prácticamente no me entero de nada; o, mejor dicho, me entero muchas horas después. A veces por un mensaje y otras cuando finalmente encuentro un rato para mirar el celular con calma.
Ojo; acá pasa algo parecido. Después de recorrer Kansas City, Dallas, Miami y Atlanta, también siento que conozco muy poco de cada ciudad. No porque no quiera descubrirlas, simplemente porque el Mundial termina absorbiendo todo.
Conozco el camino que me lleva al estadio, el que conduce al centro de prensa, el súper más cercano, el recorrido de regreso al hotel y el restaurante que sabés que no falla y en el que comés sin perder demasiado tiempo. No mucho más.
Cubrir un Mundial es casi como vivir durante varias semanas dentro de un mundo paralelo. Uno en el que las distancias se miden en vuelos, los horarios en conferencias de prensa y los días en la cantidad de entrenamientos que faltan para el próximo partido.
Yo siempre imaginé que cubrir este tipo de eventos era viajar de ciudad en ciudad para ver los mejores partidos, pero hoy además entiendo que también es aprender a vivir sin el calendario de siempre. Aceptar que el tiempo ya no se organiza por semanas sino por coberturas, y que un jueves, por ejemplo, puede pasar completamente inadvertido hasta que alguien te recuerda que, del otro lado del continente, la vida siguió exactamente igual que siempre.
Mientras escribo estas líneas, no sé exactamente qué día es pero tampoco me preocupa porque entendí que el Mundial tiene su propio calendario. Es uno en el que las semanas no empiezan los lunes ni terminan los domingos, sino que arrancan cuando se abre una valija en una ciudad nueva y terminan cuando vuelve a cerrarse para salir rumbo al próximo destino.












